Primeras damas

Mary Lincoln, la primera dama que sobrevivió a la Casa Blanca

La Guerra Civil, la muerte de sus hijos, el asesinato de Abraham Lincoln y un juicio sobre su cordura convirtieron su paso por Washington en una de las historias más trágicas de una primera dama

Mary y Abraham Lincoln.
Mary y Abraham Lincoln.
KiloyCuarto

Mary Lincoln estaba sentada al lado de su marido cuando le dispararon. Era la noche del 14 de abril de 1865. Abraham Lincoln había decidido acudir al Ford’s Theatre de Washington para ver una comedia después de cuatro años de Guerra Civil. La Confederación estaba prácticamente derrotada. El general Robert E. Lee se había rendido cinco días antes y, por primera vez en mucho tiempo, parecía posible imaginar una vida que no estuviera dominada por la guerra. Entonces John Wilkes Booth entró en el palco presidencial, disparó a Lincoln en la cabeza y huyó. Mary estaba allí. A la mañana siguiente, el presidente murió.

Para cualquier otra primera dama habría sido una tragedia capaz de dividir su vida en dos. Para Mary Lincoln fue un golpe más dentro de una existencia en la que la muerte parecía llegar siempre antes de que hubiera terminado de llorar la anterior. Había perdido ya a dos hijos. Perdería después a un tercero. Había sido acusada de gastar demasiado mientras el país combatía una guerra, sospechosa de simpatizar con los enemigos de su marido y ridiculizada durante años por una opinión pública que parecía oscilar entre observarla y juzgarla. Después de abandonar la Casa Blanca todavía tendría que enfrentarse a algo más: su propio hijo lograría que un jurado la declarase incapaz y la internara contra su voluntad.

Una mujer del Sur en la Casa Blanca de la Unión

Mary Todd nació en Lexington, Kentucky, en 1818, dentro de una familia acomodada y políticamente conectada. Recibió una educación excepcional para una joven estadounidense de su época, con formación académica y conocimientos de francés. En 1839 se trasladó a Springfield, Illinois, donde conoció a un abogado alto, de aspecto poco convencional y ambiciones políticas llamado Abraham Lincoln. Se casaron en 1842 y tuvieron cuatro hijos: Robert, Edward, William y Thomas, conocido como Tad. Edward murió en 1850 con solo tres años.

Cuando Lincoln ganó las elecciones presidenciales de 1860 y la familia llegó a Washington, Mary se encontró en una posición especialmente complicada. Había nacido en un estado esclavista y varios familiares suyos terminaron luchando por la Confederación. En una capital obsesionada con descubrir espías y deslealtades, aquellas conexiones bastaron para alimentar rumores sobre la esposa del presidente. Las acusaciones de simpatizar con la Confederación carecían de fundamento, pero la acompañaron durante la guerra. Mary Lincoln era, en cierto modo, una representación doméstica del propio conflicto estadounidense: una mujer de Kentucky, con familiares a ambos lados de la contienda, instalada en la Casa Blanca mientras su marido intentaba impedir que el país se rompiera definitivamente.

El pecado de comprar

Mary llegó además a una residencia presidencial deteriorada y decidió redecorarla. Lo que podría haber sido una tarea relativamente inocua terminó convirtiéndose en uno de los grandes escándalos de su etapa como primera dama. Compró alfombras, muebles, porcelanas, cortinas y otros elementos para renovar los salones oficiales. También gastaba importantes cantidades en ropa. La prensa descubrió rápidamente un personaje irresistible: la mujer que compraba mientras los soldados morían.

Mary Ann Lincoln.
Wikipedia

Había un problema real. Mary superó presupuestos y su afición por las compras fue imprudente en un momento políticamente desastroso para cualquier ostentación. Pero existía también otra contradicción. A las primeras damas se les exigía que la residencia presidencial representara adecuadamente al país y, al mismo tiempo, se las castigaba si aquella representación parecía demasiado cara. Mary nunca consiguió resolver esa tensión. Cuanto más intentaba construir una imagen presidencial adecuada, más parecía confirmar la caricatura creada alrededor de ella.

Y, sin embargo, la mujer reducida durante décadas a sus vestidos también hizo otras cosas. Visitó hospitales de soldados heridos y apoyó iniciativas de ayuda relacionadas con las personas que escapaban de la esclavitud y llegaban a Washington durante la guerra. En 1862 aportó dinero a la Contraband Relief Association, vinculada a su amiga Elizabeth Keckly, una antigua mujer esclavizada que se convirtió en modista de Mary y en una de sus personas de mayor confianza. Aquella parte de su actividad recibió mucha menos atención que sus facturas.

Willie

En febrero de 1862 ocurrió lo peor. Willie Lincoln, de once años, enfermó y murió probablemente de fiebre tifoidea. Mary quedó devastada. El funeral se celebró en la propia Casa Blanca y ella fue incapaz de asistir. Su dolor se convirtió en una presencia constante. Empezó a interesarse intensamente por el espiritismo y llegó a celebrar sesiones en la residencia presidencial intentando encontrar algún tipo de contacto con el hijo que había perdido.

Hoy resulta fácil convertir ese episodio en una extravagancia. En el siglo XIX, sin embargo, el espiritismo estaba mucho más extendido de lo que puede parecer desde el presente, especialmente en una sociedad que estaba perdiendo a cientos de miles de personas durante la Guerra Civil. Mary no era la única estadounidense buscando una forma de hablar con los muertos. Quizá simplemente tenía más muertos con los que quería hablar.

La última noche

Tres años después, la guerra estaba terminando. El 14 de abril de 1865, Mary y Abraham Lincoln acudieron juntos al teatro. Booth disparó al presidente poco después de las diez de la noche. Lincoln fue trasladado a una casa situada frente al teatro, donde murió a la mañana siguiente. Mary había visto el asesinato a pocos centímetros de distancia.

No asistió al funeral de su marido. Permaneció todavía varias semanas en la Casa Blanca antes de abandonarla en mayo. Salió de allí con deudas, dos hijos y una identidad imposible de separar del hombre asesinado que acababa de convertirse en mártir nacional. A partir de entonces, cualquier comportamiento suyo sería observado a través de esa tragedia.

Asesinato de Abraham Lincoln. De izquierda a derecha: Henry Rathbone, Clara Harris, Mary Todd Lincoln, Abraham Lincoln y John Wilkes Booth.
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El juicio de Mary Lincoln

Su situación económica empeoró y en 1867 intentó vender públicamente parte de la ropa que había adquirido durante sus años en Washington. La iniciativa fue humillante. La misma sociedad que la había criticado por comprar aquellos vestidos volvió a ridiculizarla cuando intentó venderlos. Después llegó otra muerte. Tad, su hijo menor, falleció en 1871 con 18 años. De los cuatro hijos de Mary y Abraham Lincoln, solo Robert llegaría plenamente a la edad adulta.

Y fue Robert quien protagonizó el episodio más controvertido de la última etapa de la vida de su madre. En 1875 promovió un procedimiento judicial para determinar si Mary estaba capacitada para administrar su vida y sus asuntos. Un jurado concluyó que no y fue internada contra su voluntad en una institución de Illinois. Permaneció allí varios meses. Mary movilizó a amigos y abogados, consiguió salir y continuó combatiendo legalmente aquella declaración. Más tarde viajó a Europa y pasó temporadas fuera de Estados Unidos.

Desde el presente sería irresponsable intentar diagnosticarla. Los testimonios hablan de episodios de ansiedad, miedo, comportamientos erráticos y una salud física deteriorada, pero también proceden de una época en la que los límites impuestos a las mujeres —y especialmente a las viudas— eran muy distintos de los actuales. Lo que sí sabemos es la cantidad de pérdidas que había acumulado. Había enterrado a tres hijos y a su marido. Había presenciado un asesinato. Había vivido una guerra desde la residencia presidencial. Y después tuvo que defender ante un tribunal su derecho a gobernarse a sí misma.

La primera dama incómoda

Mary Lincoln murió en 1882 en Springfield, en casa de su hermana Elizabeth. Durante mucho tiempo su memoria quedó atrapada en un catálogo de defectos: gastaba demasiado, era difícil, emocional, supersticiosa, inestable. Algunos de aquellos problemas fueron reales. Otros crecieron bajo la mirada de una prensa que parecía mucho más interesada en juzgar su temperamento que en comprender las circunstancias extraordinarias de su vida.

Eso es precisamente lo que hace interesante volver a ella. Mary no transformó el cargo mediante una gran causa política. No construyó un mito estético como Jackie Kennedy ni creó una maquinaria social como Dolley Madison. Su importancia es diferente. En ella se ve el precio de la exposición.

La primera dama estadounidense ya se había convertido a mediados del siglo XIX en una figura de la que el público esperaba elegancia, patriotismo, maternidad ejemplar, economía doméstica, hospitalidad, serenidad y silencio político. Todo al mismo tiempo. Mary Lincoln incumplió demasiadas de aquellas expectativas. Compró cuando debía ser austera. Lloró cuando debía mostrarse fuerte. Se interesó por los muertos cuando se esperaba que siguiera recibiendo a los vivos. Tuvo problemas económicos después de haber habitado la residencia más poderosa del país. Y terminó siendo juzgada públicamente incluso por su propia capacidad mental.

Quizá por eso su historia conserva una incomodidad que otras biografías de primeras damas han perdido. Abraham Lincoln salió de la Casa Blanca convertido en uno de los grandes mitos de Estados Unidos. Mary salió de ella intentando sobrevivir. Y tardamos mucho más en preguntarnos qué significaba eso.

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