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La industria de la moda busca resistir sin renunciar al cambio

En la Global Fashion Summit de Copenhague, el sector ha asumido que su futuro dependerá menos de promesas verdes que de su capacidad para adaptarse

Cortesía Philippa 1970
Cortesía Philippa 1970

Durante buena parte de la última década, la sostenibilidad ha sido el idioma aspiracional de la moda. Se hablaba de fibras recicladas, de algodón orgánico, de compromisos climáticos a 2030 y de una nueva conciencia del consumidor. Las marcas han aprendido a contar una historia más limpia de sí mismas, aunque el sistema que sostenía esa historia —producción acelerada, excedentes, descuentos permanentes y cadenas de suministro tensas— cambiara mucho menos de lo que sugerían las campañas.

En Copenhague, ese lenguaje parece haber envejecido. La última edición de la Global Fashion Summit, celebrada del 5 al 7 de mayo de 2026, ha reunido a más de mil representantes de marcas, retailers, ONG, fabricantes, inversores, innovadores y responsables políticos bajo el lema Building Resilient Futures. La palabra “resiliencia” funciona como el término que permite a la industria hablar de sostenibilidad sin sonar ingenua. También permite admitir algo más incómodo… que el cambio ya no depende solo de valores, sino de supervivencia empresarial.

La sostenibilidad, en una encrucijada

El encuentro ha tenido menos asistentes que en otros años, aunque la Global Fashion Agenda lo interpreta como una “recalibración” más que como una retirada. La organización destaca más de 450 presentaciones dirigidas entre innovadores y decisores, además de mesas cerradas centradas en infraestructura circular, adaptación climática en regiones proveedoras y regulación armonizada. Ese cambio de escala importa porque la sostenibilidad se mide ahora por la capacidad de convertir una idea en sistema (es decir, quién paga la transición, quién asume el riesgo, qué ocurre con los proveedores, cómo se recicla a escala y qué pasa con todo aquello que la moda produce pero no consigue vender).

La moda opera en un mercado más débil, más caro y más vigilado. El informe The State of Fashion 2026, elaborado por Business of Fashion y McKinsey, proyecta para este año un crecimiento global de la industria de nuevo en niveles bajos de un solo dígito. En la encuesta a ejecutivos del sector, el término más repetido para describir este año ya no es “incertidumbre”, sino “difícil”; el 46% de los encuestados esperaba que las condiciones empeoraran, frente a un 25% que creía que mejorarían.

Agencia EFE

La moda siempre ha sido una industria entrenada para embellecer la ansiedad. Pero esta vez la ansiedad viene con cifras. El informe Fashion CFO Agenda 2026, de Boston Consulting Group y Global Fashion Agenda, sitúa la sostenibilidad en un lugar que hasta hace poco parecía ajeno al vocabulario verde, la mesa del director financiero. Según el citado documento, las disrupciones climáticas ya han contribuido a picos de precio de hasta el doble en materias como el algodón y la lana, mientras que las tasas vinculadas a la responsabilidad ampliada del productor podrían erosionar alrededor de un 4% de los beneficios netos de las empresas de moda para 2030.

Ese dato cambia el tono de la conversación. La sostenibilidad deja de ser una cuestión de reputación para convertirse en una cuestión de margen. Ya no se trata solo de parecer responsable ante una consumidora informada; se trata de anticipar costes, evitar sanciones, proteger el suministro y mantener la licencia social para operar en un mercado que tolera cada vez peor el desperdicio.

Cortesía Teresa Helbig

Europa está acelerando ese giro. A partir del 19 de julio, las grandes empresas de la Unión Europea tendrán prohibido destruir ropa, accesorios y calzado no vendidos. Las medianas compañías deberán seguir el mismo camino en 2030. La Comisión Europea calcula que cada año se destruye entre el 4% y el 9% de los textiles no vendidos en Europa antes de ser usados, lo que genera alrededor de 5,6 millones de toneladas de CO₂.

Pocas normas explican mejor el final de una época. Durante años, el excedente fue una externalidad discretamente gestionada: se almacenaba, se rebajaba, se destruía o se desplazaba lejos de la mirada del consumidor. Ahora empieza a convertirse en un problema legal, logístico y narrativo. Lo que una marca no venda ya no podrá desaparecer sin consecuencias. Tendrá que ser revendido, reparado, donado, remanufacturado, reciclado o, idealmente, no producido en primer lugar.

El volumen del problema es difícil de romantizar. En la Unión Europea se generan cada año 12,6 millones de toneladas de residuos textiles; solo la ropa y el calzado representan 5,2 millones de toneladas, unos 12 kilos por persona. Además, menos del 1% de los textiles se recicla a escala mundial en nuevos productos textiles. Son cifras que convierten la circularidad en algo más que una estética de marca: la convierten en una infraestructura pendiente.

 

La startup japonesa Synflux ganó el Trailblazer Award por un algoritmo de inteligencia artificial aplicado al patronaje que, según la compañía, puede reducir el desperdicio textil hasta un 66% y el consumo de tejido hasta un 15% sin alterar el diseño ni la calidad de la prenda. No es una imagen tan seductora como un vestido de alfombra roja, pero quizá sea más representativa del momento: la innovación que interesa ahora es la que promete ahorrar material, dinero y fricción regulatoria.

La moda, por supuesto, seguirá necesitando deseo. Sin deseo no hay industria. Pero la idea de deseo está cambiando. Durante décadas, lo nuevo fue su principal combustible. La novedad justificaba el consumo, marcaba temporadas, ordenaba jerarquías culturales y convertía el armario en una forma de actualización permanente. Ahora, la novedad empieza a convivir con otra pregunta, qué merece existir.

Esa pregunta no siempre resulta cómoda para una industria construida sobre el exceso. Tampoco es fácil para el lujo, que durante años convirtió la escasez en relato mientras participaba de un sistema global de producción, transporte y visibilidad cada vez más expansivo. La resiliencia obliga a mirar detrás de la superficie: al algodón que sube de precio, al proveedor que absorbe la presión, al residuo que ya no se puede destruir, a la fábrica expuesta a olas de calor o inundaciones, al consumidor que compra menos pero pregunta más.

El riesgo, como ocurre con cualquier palabra que la moda adopta con entusiasmo, es que “resiliencia” se convierta en un nuevo barniz. Una forma más sofisticada de seguir haciendo lo mismo con otro vocabulario. Pero también puede significar algo más serio: aceptar que la sostenibilidad no será creíble mientras no modifique el centro del negocio.

El tono de la cumbre de de Copenhague no anunció fue menos triunfalista (no habló de la salvación de la moda), más técnico, menos complaciente. Hubo menos promesas abstractas y más conversaciones sobre financiación, escalabilidad, proveedores, regulación y datos.

La moda ha sido muchas cosas a la vez… cultura, industria, espectáculo, identidad, deseo. Ahora también tendrá que ser una disciplina de adaptación. Y, en ese desplazamiento, la sostenibilidad ya no basta como relato. Tendrá que funcionar como sistema.

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