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Mariel Hemingway y su legado familiar: “Les quiero, pero no quiero ser como ellos”

Hablamos con la actriz nominada a un Oscar y nieta del célebre escritor, en su nueva faceta de defensora de la salud mental y el bienestar personal

Hay muchas cosas memorables sobre Mariel Hemingway (California, 1961): debutó en la actuación con apenas 14 años (en Lipstick, un papel protagonista junto a su difunta hermana Margaux), fue nominada al Oscar por Manhattan (que rodó junto a Woody Allen un par de años después) y ha firmado ocho libros hasta la fecha, hablando abiertamente sobre su pasado lidiando con el TOC y trastornos alimenticios. Porque si por algo destaca la nieta del célebre escritor y premio Nobel de Literatura Ernest Hemingway ha sido por ir un paso por delante de su generación y de lo que se requería de ella, como un ejemplo de pensamiento independiente y, sobre todo, la importancia de reivindicarse y hacerse valor por encima de las circunstancias. 

En concreto, las suyas pasan por un largo estigma familiar que creía congénito (desde suicidio o el alcoholismo de su abuelo y sus padres, hasta la depresión y esquizofrenia de sus hermanas) pero que ha logrado superar haciendo de su resiliencia un ejemplo para otras personas. Cara a cara, si algo queda de manifiesto es su compromiso para inspirar y ayudar a los demás, algo que ya se percibe con su sola presencia y que se confirma con su cercanía, carisma y sentido del humor. 

Hoy retirada de la actuación y el mundo del modelaje, la mediana de las hermanas Hemingway alterna su tranquila vida en Los Ángeles y su rol de madre (la modelo y actriz, Dree Hemingway, y la artista Langley Fox), y recientemente abuela, con su faceta de embajadora y líder de su programa wellbeing para mujeres de alto rendimiento, con un importante foco en la salud mental. Por ello, el pasado jueves 14 recibió la camiseta de honor del Real Sporting Club de Gijón, en el mismo Molinón, donde habló sobre la importancia del entorno, los hábitos vitales y normalizar este mensaje, en este caso, en el terreno deportivo. “Es crucial. Que alguien que adolescentes y jóvenes idolatran haga una declaración y normalice esta conversación, es absolutamente relevante para que esto sea parte de la sociedad y las nuevas generaciones”, dijo en conversación con la presidenta y el director ejecutivo de la Fundación Robert F Kennedy, precursores y co-organizadores del evento. 

El resto nos lo contó en persona, en una charla privada entre la recepción posterior en el estadio y el debate sobre salud mental que lideró en el Instituto de Educación Secundaria Jovellanos a la mañana siguiente.

Esta es tu primera visita a Gijón, pero tienes una gran relación con España

Así es, me encanta España. Siento una gran afinidad por ella, creo que por mi abuelo [Ernest Hemingway].

Precisamente este año se cumple el centenario de Fiesta, que también marca el inicio de su relación con este país. ¿Cuál es tu vínculo personal con esta herencia?

Bueno, obviamente, mi abuelo sentía una gran afinidad por España, y también hablaba de ello, lo profundizaba; ya sabes, en sus libros sobre las corridas de toros, pero también hablaba de la luz de aquí. Creo que hay algo muy, muy diferente en la luz de España y en cómo, no sé, la topografía es realmente bonita. También creo que él apreciaba de verdad a los españoles de una forma que realmente honra quiénes sois como cultura. Quizá por eso siempre me he sentido muy a gusto aquí. Incluso cuando aterricé, pensé: “Solo hay unos pocos lugares en el planeta en los que me siento en caso, como cuando llego a Idaho [donde creció]. Siempre que llego a España, pienso: ‘Oh, esto podría ser mi hogar algún día”.

Pero ahora mismo, tu vida está en Los Ángeles

Sí, estoy en Malibú. Es decir, no me puedo quejar… Tengo una casa preciosa con vistas al mar.

Precisamente allí has desarrollado un programa dirigido a mujeres de alto rendimiento que sufren agotamiento, entre otras cosas. ¿Cómo surgió esa idea?

Vengo de una familia maravillosa, pero también de una familia que sufrió mucho por la adicción, la depresión y todo tipo de problemas relacionados, así que me he pasado la vida tratando de averiguar qué hacer para acabar como ellos. Les quiero, pero no quiero ser como ellos. Así que pasé mis primeros años de adultez intentando averiguar: ¿Sigo a este gurú? ¿Hago esa dieta? ¿Hago caso a los médicos?, etc, hasta que finalmente me di cuenta de que yo era mi mejor maestra. Así que, aunque he escrito libros sobre ello, pero sentí que debía compartirlo con las mujeres, porque creo que hay un camino más sencillo. Eso no quita que a mí me cueste mucho tiempo aprender las cosas, así que me llevó unas cuatro décadas en total (risas).

Mi intención siempre fue ofrecer a las mujeres un atajo para darse cuenta de que no están rotas, de que no necesitan seguir buscando fuera de sí mismas. Bueno, no solo a las mujeres, sino también a los hombres. Y con el tiempo, mi intención también es poder hablar de las relaciones con los hombres y también los niños.

Entiendo el foco especialmente para las mujeres, teniendo en cuenta la carga extra de las tareas del hogar y familia, dado que que vivimos en una cultura que glorifica tener que llegar a todo y el éxito mediante el consumo. ¿Cuál es tu planteamiento acerca de esto?

Es que vivimos en una cultura que quiere que sientas que no tienes lo suficiente, que eres insignificante, que estás destrozado, que necesitas su ayuda… En cambio, no hemos animado realmente a la gente a darse cuenta de que ya están viviendo sus mejores vidas. Simplemente no lo saben. Luego está el hecho de que, culturalmente, también quieren que sientas que te falta algo, aunque en realidad, si te mantienes lo suficientemente presente y aprendes los rituales de la respiración (beber suficiente agua, tomarte tiempo para la quietud, estar con los pies en el césped un día, etc) empezarás a darte cuenta de que en realidad no te pasa nada. Nuestros cuerpos retienen cosas. 

Por eso, al final del día muchas veces es como si hubiera una versión ‘editada’ de nosotros mismos; un narrador que entra en escena y se impone, pero normalmente, eso ocurre porque suele haber un trauma o algo que nos pasó en la infancia y que malinterpretamos. Claro que cuando eres un niño, decides pensar: “Hay peligro, y para mantenerme a salvo, tengo que hacer lo que sea. Tengo que hacerme pequeño, tengo que actuar, tengo que ser una buena persona…”. Y estos son los traumas que pueden definirte hoy si no los trabajas.

¿Cómo funciona tu programa ese sentido?

Lo primero es que todo mi programa, el que imparto ahora online, trata realmente de ir más allá de esa versión narrada y editada de uno mismo. Para poder, ya sabes, encontrar esa ‘señal’ que, generalmente, reside en el cuerpo. Por ejemplo, personalmente trabajo mucho con [el reconocido psiquiatra] Dr. Amen que, desde hace años, empezó a escanear el cerebro. De hecho, toda su teoría se basa en que, si no sabes lo que le ha pasado al cerebro, es como ese trauma infantil. Y si algo te pasó de pequeño, vas a seguir repitiendo patrones porque así es como sobrevives (y así es como se ha protegido el cerebro a sí mismo, en definitiva). 

Al final, todo se reduce a los hábitos y también a lo que comes, si duermes lo suficiente… Pero si uno además junta el no afrontar esas emociones, estas se acumulan en el cuerpo. Eso es lo que es el envejecimiento, incluso la enfermedad; no soy médico pero estoy convencida de ello. También es importante ser conscientes, cada uno con su cuerpo, y decir: “Oh, vale, sé lo que es mejor para mí”. Porque tú sabes lo que es mejor para ti, pero yo no lo sé.   

Tu visita de hoy representa un compromiso, conjunto con la fundación RKF (con la que llevas trabajando ya casi dos años) para fomentar una cultura del cuidado y la escucha, y también a compartir la responsabilidad hacia el bienestar mental y emocional. ¿Cómo de importante es prestar atención a este bienestar emocional, no solo como individuos sino también como sociedad? 

Muy importante, obviamente. A veces el bienestar es tan importante como todo tu estilo de vida, o incluso más; simplemente más allá de lo que consumes, y más cómo te sientes y cómo lo expresas. Creo que esto es realmente clave. Tal y como has dicho antes, hoy en día todo parece pasar por el consumo. Ya sabes, las redes sociales dicen: “Compra esto y estarás bien”. Vale. Sin embargo yo tengo un programa para estar bien y es gratuito. Y la verdad es que animo a la gente a hacer cosas que son totalmente gratis como salir al aire libre, conectar con la naturaleza, ver el amanecer y el atardecer… Eso solo, por ejemplo, ya ayuda al ritmo circadiano. Yo siempre digo que, desde la perspectiva holística, tenemos disponibles siete ‘doctores’ las 24 horas del día: Doctor aire, doctor tierra, doctor sol, doctor agua, doctor ejercicio, doctor alimentación y doctor descanso. 

De hecho, yo creo que la mayoría de las cosas que puedes hacer por tu bienestar que no cuestan dinero, pero desafortunadamente, vivimos en este tipo de sociedad, así que tenemos que luchar contra ello. Tenemos que luchar contra pasar demasiado tiempo haciendo esto [hace scroll down con su móvil]; a estar expuesto a la luz azul y leer lo que lees. Y, ojo, yo también soy culpable, pero hay que ponerse límites y decir: “Vale, esto es genial, es herramienta estupenda, pero no controla mi vida”. Las redes presentan muchas oportunidades, pero tenemos demasiada información por lo que hoy es más más importante que nunca aprender a estar presente.

¿Cómo crees que el estigma de las redes sociales, desde la validación al bulling y otros comportamientos nocivos, afecta al bienestar colectivo? 

Es altamente preocupante porque lo primero, todo pasa por la inmediatez; si alguien te envía un mensaje, o tú les envías uno, y no te contestan en, no sé, cinco minutos, te quedas como: “¿Qué coño pasa?” (risas). Ahora tenemos una necesidad de respuesta inmediata increíble, y hay motivos para preocuparse, desde luego, pero sin embargo no enseñamos los límites. Y no es que nada de esto vaya a desaparecer, ¿no? La IA no va a desaparecer. No solo eso, sino que todo está diseñado para darte lo que ellos creen que quieres, ¿no? Y luego estudiar tu algoritmo y te mandarte productos, ¿sabes?. Parece que esto lo vemos separado del bienestar mental, pero no lo es; es lo mismo. Así que en esa ecuación me preocupan especialmente los niños. Esto es una causa válida de ansiedad porque se comparan con una versión falsa de alguien a quien le han retocado esto y lo otro, ya sabes, con filtros que no eran reales… Y no estoy diciendo que solo los adolescentes usen filtros, pero sabes lo que quiero decir: es importante saber dónde está la realidad, y enseñárselo a los hijos. No solo niños, sino también a los jóvenes adultos, porque van a ser los increíbles usando esta herramienta, pero necesitan saber dónde están los peligros. Y también necesitan salir al aire libre.

¿Qué crees que le sigue faltando a la sociedad para que esto forme parte de un debate más amplio, como una conversación seria sobre salud mental? 

Lo primero, intentar mirar sin juzgar. Porque todos tenemos un bagaje. Quiero decir, si miras a un niño pequeño, por ejemplo, que acaba de llegar al mundo y está observando las cosas, solo siente curiosidad y mira a su alrededor. No se ha visto corrompido por este mundo, no ve a una persona gorda y piensa: “Oh, es gordo y eso es feo”. De hecho, seguramente vea a una persona sin hogar y quiera jugar con ella. No se ha visto corrompido por el mundo y su situación. Pero, si lo piensas, los adultos todavía tenemos esa conexión.

También me preocupa enormemente que en los EEUU ya no hay programas deportivos en nuestras escuelas públicas. Han desaparecido. Por eso la mayor parte de Estados Unidos es obesa, y los niños son obesos. Cuando yo era pequeña, recuerdo que no solo teníamos clase de gimnasia, sino que competíamos y hacíamos un montón de actividades al aire libre. Ahora eso se ha perdido, y eso está mal como sociedad. Ya no es solo un tema de validación, como comentas, sino de la importancia de sentar nuestras prioridades. 

Ficciones como Adolescencia [la premiada serie de Jack Thorne] están siendo capaces de llegar con su mensaje hasta, por ejemplo en el Reino Unido, al Parlamento y a cambiar la legislación. Recientemente, Australia también ha prohibido el uso de dispositivos a los menores de 16 años. ¿Crees que es necesario que los gobiernos se adapten a esa situación? 

Bueno, en general no soy muy partidaria de que el gobierno se entrometa en mi vida personal, pero sí creo que tiene que haber límites.

Cuando miras a Finlandia o los países escandinavos, donde los niños son muy felices, te preguntas: «¿Por qué son felices?». En parte, porque salen a jugar al aire libre y no les dejan tener pantallas hasta los 15 años. Así que hay que darse cuenta de que, en cierto modo, eso funciona. También ocurre en las escuelas Waldorf, donde enseñan, por ejemplo, jardinería.

Hoy he leído algo muy interesante, que decía que los trabajos del futuro ni siquiera existen aun. Porque habrá que cubrir unas necesidades de las que aun no conocemos nada y, creo que, se tratará de responder a cuestiones como ¿qué resiliente eres? o ¿cómo puedes adaptarte a diferentes situaciones y ser más flexible?… Claro está, que esto lo he leído en el móvil.

En un apunte más positivo, creo que hay un debate mucho más amplio y sano sobre la salud mental, sobre todo entre los jóvenes, versus las generaciones previas, donde la salud mental, especialmente en España, era algo casi tabú. Esto es gracias a cómo las nuevas generaciones han normalizado la conversación en torno a este tema. Sé que mañana vas hablar a varias clases de un instituto, ¿cómo te has preparado para ello?

Bueno, creo que simplemente los jóvenes están mucho más dispuestos a abordar esos temas. Por eso, me estoy dedicando a ayudarles a llegar tan lejos como puedan. En este sentido, espero que el simple hecho de compartir mi experiencia les resulte esclarecedor. Espero poder llegar a su lado más caprichoso y a su inocencia de una manera que les ayude a comprender que es importante ser conscientes.

Aunque bueno, también van a ver a una anciana ahí arriba y seguramente pensarán: “¿Tengo que escucharla?” (risas) 

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