Hay citas que empiezan con una reserva para dos, una mesa instagrameable y una cuenta que duele más de lo que debería. Y hay otras que empiezan con una manta, dos tuppers, una botella de agua y la pregunta de casi siempre: “¿Qué hacemos?”. La respuesta, cada vez más, se repite: algo que no cueste dinero.
No es exactamente que el amor se haya vuelto austero. Es que la vida se ha encarecido y el romanticismo también tiene que hacer cuentas. Si antes una primera cita podía incluir una copa, una cena, un taxi y quizá una segunda copa para alargar la noche, ahora hay quien calcula antes de quedar cuánto le va a costar enamorarse. O, al menos, cuánto le va a costar intentarlo.
El dating low cost tiene una escenografía cada vez más reconocible: pasear sin rumbo, compartir un café, sentarse en un parque, llevar la comida de casa, visitar una exposición gratuita, bañarse en la playa —para quienes tienen la suerte de vivir cerca del mar—, cocinar juntos o convertir una simple caminata en una primera cita. Porque hay algo particularmente romántico en no necesitar demasiado.

Nunca habíamos tenido tantas herramientas para encontrar pareja y, al mismo tiempo, parece que cada vez cuesta más encontrar el momento adecuado para hacerlo. En España, más de 4,7 millones de personas entraban cada mes en páginas y aplicaciones de citas a comienzos de 2025, un 17% más que el año anterior. Pero el crecimiento de usuarios convive con una sensación cada vez más extendida de cansancio ante el mecanismo de deslizar perfiles, conversar, quedar y volver a empezar.
La llamada dating fatigue también está empujando a algunos jóvenes hacia el cara a cara: el bar, la universidad, una fiesta, la playa. Menos catálogo y más casualidad.
Durante años hemos aprendido a confundir una cita con un plan. Una cita debía tener una hora, un lugar y, preferiblemente, una consumición. Había que hacer algo. Había que impresionar. Había que demostrar que aquella persona merecía nuestro tiempo y nuestro dinero. Pero, ¿y si precisamente lo romántico consiste en no tener que demostrar nada?
Un paseo permite algo que un restaurante caro dificulta: hablar. Un banco de un parque no obliga a mantener una conversación mientras alguien espera el segundo plato. Un picnic permite descubrir si la otra persona sabe preparar una tortilla, si lleva servilletas, si se ha acordado del agua y, sobre todo, si es capaz de reírse cuando el viento arruina la operación. El amor, de repente, tiene menos producción. También menos expectativas.

La psicóloga Alicia González, al analizar esta nueva forma de entender las citas, ha utilizado el concepto de affordating para referirse precisamente a planes románticos que no requieren una gran inversión económica. “La clave no estaría tanto en gastar menos como en cambiar el foco: buscar experiencias compartidas en lugar de convertir el dinero gastado en una medida del interés. Es decir, que una cita no tenga que parecer cara para parecer importante”.
Y eso importa en una época en la que incluso encontrar amigos empieza a tener precio. En España han aparecido plataformas que cobran por participar en encuentros y actividades para conocer gente. Algunos eventos cuestan entre cinco y 50 euros y otros modelos funcionan mediante membresías. La falta de espacios naturales para relacionarnos está generando un mercado alrededor del contacto humano.

Primero pagamos por vernos. Después pagamos por conocernos. Y quizá ahora empezamos a preguntarnos si podemos volver a hacerlo gratis. El fenómeno tiene además una dimensión generacional. Para muchos jóvenes, la economía no es una circunstancia abstracta: condiciona dónde viven, cuándo se independizan, cuánto salen y qué tipo de vida pueden permitirse. Una cena para dos puede convertirse fácilmente en un pequeño lujo. Una copa después de otra, también. Y una relación que exige mantener permanentemente un determinado nivel de consumo puede resultar agotadora antes incluso de empezar.
No se trata de romantizar la precariedad. Nadie debería convertir la falta de dinero en una virtud obligatoria. Tampoco se trata de presentar el low cost sentimental como una moda maravillosa nacida de la creatividad de una generación que ha decidido que ya no necesita nada. A veces no hay picnic porque uno prefiere el parque; lo hay porque una cena se ha vuelto demasiado cara.

Una cita barata puede funcionar como una pequeña prueba de realidad. Sin restaurante espectacular, sin cócteles, sin escaparate. Dos personas sentadas frente a frente sin distracciones donde esconderse. Impresionar con la conversación. Con el humor. Con la curiosidad. Con la capacidad de escuchar. Con una ruta bonita para caminar. Con un bocadillo preparado la noche anterior. Con saber que el otro no necesita que le compres una experiencia, sino que estés presente en ella.
González apunta, en este sentido, que el dinero dentro de una pareja no es únicamente una cuestión económica: también habla de seguridad, de compromiso y de la manera en que cada persona entiende un proyecto de vida. Las diferencias en torno al dinero pueden convertirse en una fuente de conflicto cuando uno interpreta el gasto como una demostración de amor y el otro no.
Quizá por eso una cita barata puede revelar cómo entiende el otro el dinero. Si necesita gastar para sentirse valorado. Si interpreta que pagar significa demostrar interés. Si puede disfrutar de un plan sencillo sin sentir que falta algo. Si ambos son capaces de hablar de lo que pueden permitirse sin convertirlo en una cuestión de orgullo.

Porque el problema es que el dinero se convierta en una medida del afecto. Hay además una segunda consecuencia: cuando una cita cuesta poco, también resulta más fácil decir que sí. Y quizá es más fácil decir que no. No existe la sensación de haber invertido 120 euros en una noche que ahora obliga emocionalmente a justificarla. Si el plan era caminar por el río y tomar un café, la decepción puede ser menos aparatosa. Nadie ha comprado una promesa.
El romance recupera así algo que las aplicaciones y los algoritmos habían convertido en una especie de proceso industrial: la posibilidad de que no pase nada. Porque no todas las citas tienen que terminar en pareja. Ni en beso. Ni siquiera en una segunda cita.
También eso parece estar cambiando. Las aplicaciones atraviesan una etapa de cansancio y algunos usuarios buscan conexiones menos dirigidas por la presión de encontrar inmediatamente “a alguien”. Tal vez el dating low cost sea también una respuesta al cansancio. Al cansancio de tener que convertir cada encuentro en una experiencia extraordinaria. De fotografiar la cena. De elegir el sitio correcto. De calcular si habrá química. De interpretar cada mensaje. De decidir si aquel match merece una segunda oportunidad antes siquiera de haberlo conocido.

Quizá una de las formas más contemporáneas de romanticismo sea volver a lo sencillo. Un paseo. Una conversación. Una manta extendida en el césped. Dos personas compartiendo una tortilla de patata. Y esa pregunta que antes parecía demasiado poco ambiciosa para una cita: “¿Damos una vuelta?”.
Puede que el amor no sea low cost. Puede que, simplemente, estemos empezando a descubrir que para que dos personas se gusten no hace falta que la noche sea cara. Solo que merezca la pena.

