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El ‘girl tax’ del verano: la factura estética que llega con el calor

El verano como factura estética: cuánto cuesta ser mujer cuando llega el calor. Depilación, uñas, pelo, SPF, ropa interior invisible, vestidos, sandalias, retoques…

Fotografía: Kiloycuarto
Fotografía: Kiloycuarto

El verano tiene dos estaciones. La meteorológica y la bancaria. La primera empieza cuando el termómetro supera los 30 grados. La segunda, cuando una mujer abre la aplicación del banco y descubre que, antes incluso de haber pisado la playa, ya ha pagado un pequeño rescate económico por el simple hecho de enseñar más piel. Porque el calor también derrite la cuenta corriente. Y, casi siempre, la nuestra.

En teoría, el verano consiste en ponerse un vestido ligero, unas sandalias y salir a disfrutar. En la práctica, ese vestido suele llevar detrás una larga cadena de gastos invisibles: depilación, pedicura, manicura, peluquería, retoque del color, protector solar para la cara y otro para el cuerpo, sujetador invisible, ropa interior sin costuras, maquillaje resistente al agua, tratamientos para domar el encrespamiento o las ojeras, aceite para el pelo, sérum after sun… Y esa sandalia que sustituye a la del verano pasado porque, misteriosamente, siempre decide romperse en junio.

Nadie obliga a comprar todo eso. Pero tampoco hace falta. Basta con haber crecido durante décadas rodeadas de imágenes que nos enseñan cómo debería verse una mujer en verano.

Cortesía Parfois

La ‘pink tax’

Existe un concepto muy conocido: la pink tax o tasa rosa, ese sobreprecio que durante años han soportado muchos productos dirigidos específicamente al público femenino, desde maquinillas de afeitar hasta cosméticos prácticamente idénticos a sus equivalentes masculinos. El fenómeno ha sido estudiado y denunciado hasta la saciedad. En demasiadas ocasiones, que un producto sea “para mujer” significa, sencillamente, que cuesta más.

Pero hay otra tasa mucho más difícil de medir. Podríamos llamarla la girl tax del verano. No aparece en ninguna ley, en ningún recibo ni en ninguna declaración de Hacienda. Sin embargo, existe. Está en la cita de última hora para hacerse la pedicura antes de las vacaciones, en el protector solar específico para evitar manchas, en el vestido que compras porque el del año pasado “ya está demasiado visto” y en esa interminable lista de pequeños gastos que, uno a uno, parecen insignificantes, pero juntos convierten el verano en una factura inesperada. Y basta hacer una suma rápida para comprobarlo.

Empecemos por lo básico. Una manicura semipermanente ronda entre 20 y 30 euros. Una pedicura puede añadir otros 20 o 30. Si toca renovar ambas antes de las vacaciones, ya estamos cerca de los 50 euros. La peluquería añade otro capítulo. Un simple retoque de raíces puede costar entre 35 y 80 euros, mientras que unas mechas o un balayage fácilmente superan los 100. Después llega la depilación. Cera, láser o cualquier otro método. Porque, nos guste o no, la presión estética sobre el vello corporal alcanza su máxima expresión precisamente cuando las mangas desaparecen y los bañadores sustituyen a los pantalones. Y entonces aparece el protector solar. No uno. Varios. Uno facial, porque el corporal engrasa demasiado. Otro corporal. Otro específico para niños si los hay en casa. Un stick para el contorno de ojos. Un protector para el pelo. Y suma y sigue.

La Asociación Nacional de Perfumería y Cosmética cifra el gasto en productos de belleza y cuidado personal en España en más de 11.000 millones de euros anuales, con un consumo medio superior a los 220 euros por persona. Además, las mujeres utilizan de media muchos más productos cosméticos al día que los hombres, reflejo de unas expectativas estéticas claramente diferentes.

Y aún falta el armario. Porque el verano también parece exigir una renovación estética completa. El vestido blanco. El vestido para la cena. Las sandalias planas. Las sandalias “un poco arregladas”. El bikini. El segundo bikini “por si tarda en secarse el primero”. La ropa interior invisible para que no se marque bajo los vestidos de lino. El sujetador adhesivo. Y, cómo no, el bolso de rafia. Porque resulta evidente que el del invierno no puede sobrevivir a agosto.

Si uno hace una suma razonable, sin entrar siquiera en marcas de lujo, una puesta a punto estival puede superar fácilmente los 300 o 400 euros antes del primer chapuzón. Y eso sin contar vacaciones. Sin hoteles. Sin vuelos. Sin helados. Solo mantenimiento estético.

Pero, ¿responde al gusto personal o a una expectativa colectiva que hemos interiorizado? Porque pocos hombres sienten que, para poder ponerse un pantalón corto, necesitan invertir previamente en una pedicura, una depilación integral, una hidratación específica para piernas, un vestido nuevo y un sujetador sin tirantes. La presión estética nunca desaparece, pero en verano alcanza su temporada alta. Paradójicamente, cuanto menos tejido cubre el cuerpo, mayor parece ser el trabajo necesario para enseñarlo.

Algunas voces hablan ya de la makeup tax: ese coste invisible que muchas mujeres asumen porque una apariencia más cuidada sigue asociándose a una mayor profesionalidad, credibilidad o éxito laboral. La belleza es ya una inversión casi obligatoria.

Lo más llamativo es que esta factura rara vez genera conversación. Comentamos el precio de la gasolina, nos indignamos con la factura de la luz, calculamos cuánto cuesta llenar el depósito antes de salir de viaje… pero apenas hablamos del dinero que muchas mujeres destinan simplemente a cumplir con un estándar de presentación que parece mucho más exigente cuando llega el calor.

Quizá porque se ha normalizado. Quizá porque siempre ha estado ahí. Quizá porque hemos aprendido a considerar estos gastos como pequeños caprichos individuales cuando, en realidad, responden a una presión colectiva extraordinariamente rentable.

Les planteo una reflexión. Si mañana desaparecieran todas esas expectativas sociales, ¿seguiríamos comprando exactamente lo mismo?

Porque tal vez el girl tax del verano no consista en pagar por unas uñas bonitas o por un protector solar de cincuenta euros. Consista, sobre todo, en pagar para que nadie note el enorme esfuerzo —económico, de tiempo y de energía— que hay detrás de esa apariencia de “naturalidad” que cada verano seguimos vendiendo como si saliera gratis.

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