La habitación propia

El verano que nos enseñó a desear

¿Cuál es la relación entre el despertar del deseo femenino y la llegada del verano? Calor, sal y vacaciones parecen ser los ingredientes que la literatura necesitaba para que autoras como Edith Wharton incendiaran el verano con sus novelas

El verano que nos enseñó a desear
El verano que nos enseñó a desear
Montaje: kiloycuarto

Llega el verano, hace calor y una protagonista empieza a mirar de otra manera a alguien que hasta entonces le resultaba invisible dentro del reparto de su vida; una casualidad un tanto sospechosa la de que el deseo de una mujer solo pueda estallar cuando sube la temperatura. Podríamos pensar que se trata de una coincidencia meteorológica, pero la realidad es que el verano funciona como una especie de espacio en el que se permite que un personaje femenino sienta algo que mantenía en modo silencio durante el resto del año.

Edith Wharton publicó en 1917 Estío, una novela que hoy nos parece completamente aceptable pero que en su momento provocó un escándalo considerable, porque contaba sin rodeos el despertar sexual de Charity Royall, una joven atrapada en un pueblo asfixiante de Nueva Inglaterra que encuentra en un arquitecto llegado de la ciudad la excusa perfecta para experimentar con su propio cuerpo durante la temporada estival. Wharton fue la primera mujer en ganar el Pulitzer y, sin embargo, cuando pensamos en su obra solemos recordar antes otras novelas que esta pequeña bomba rural donde el calor funciona como cómplice de la protagonista, empujándola hacia una libertad que la sociedad de su época le negaba en cualquier otra estación del año.

Edith Wharton publicó en 1917 Estío
Edith Wharton publicó en 1917 Estío

Unos años más tarde, al otro lado del Atlántico, Colette escribía El trigo tierno, una novela donde dos adolescentes que veranean juntos en la costa bretona descubren el deseo de una manera bastante explícita, porque Colette nunca tuvo intención de suavizar nada. Ella entendía que la adolescencia y el verano comparten una misma textura, esa sensación de estar a punto de convertirse en otra persona sin saber muy bien en quién, y construyó una novela donde el despertar sexual femenino viene acompañado de una curiosidad entomológica hacia el propio cuerpo, muy lejos de la vergüenza.

Françoise Sagan tenía dieciocho años cuando publicó Buenos días, tristeza en 1954 y consiguió escandalizar a media Francia con una protagonista adolescente que pasa el verano en la Costa Azul manipulando a los adultos que la rodean, experimentando con su propia sexualidad y descubriendo el placer sin ningún gesto de arrepentimiento. Para Sagan, el verano era ese momento en el que sus personajes hacían aquello que el resto del año la sociedad les tenía prohibido, y escribió una novela que sigue funcionando setenta años después como manual de instrucciones sobre el deseo, algo que todavía hoy sigue resultando extraño cuando quien desea es una mujer.

‘Panza de burro’, de Andrea Abreu.
Editorial Barrett

Y llegamos hasta la actualidad, donde el tropo sigue vivo aunque haya cambiado de geografía y de acento. Andrea Abreu publicó en 2020 Panza de burro, una novela ambientada en un verano canario marcado por la precariedad económica y el calor volcánico, donde dos niñas descubren juntas los primeros vértigos del deseo. Abreu demuestra que el tema del despertar veraniego sigue teniendo mucho que decir cuando su narrativa se instala en un barrio popular donde el calor es una condena y el deseo entre dos niñas se cuenta sin ningún filtro.

Todas estas autoras, escribiendo en idiomas, países y momentos históricos completamente distintos, eligieron el verano como punto de partida en el que se sale de la rutina y se llega a un territorio en el que las reglas son otras. La estación en la que el tiempo se estira, en la que el aburrimiento obliga a mirar hacia adentro y en la que el cuerpo, liberado de abrigos y de horarios, empieza a hacerse preguntas.

Más allá de estas veraneantes ilustres, la literatura del deseo femenino lleva escribiéndose desde hace mucho más tiempo del que el canon nos ha querido contar, y no se ha hecho solamente bajo la premisa del calor. Anaïs Nin llevaba décadas explorando el placer propio en sus diarios íntimos cuando todavía se consideraba material prohibido. Más cerca en el tiempo, Sara Torres en El pensamiento erótico propone una relectura del deseo alejada de los esquemas heredados, demostrando que esta genealogía sigue viva y está mutando con cada generación de escritoras que sigue escribiendo sobre el deseo y sobre lo que siente sin tapujos.

Pensar el deseo sin pedir permiso: Sara Torres y la política íntima del erotismo
Pensar el deseo sin pedir permiso: Sara Torres y la política íntima del erotismo. Montaje; kiloycuarto
Montaje: kiloycuarto

Miranda July fue un paso más allá con A cuatro patas, una novela que sigue a una artista de mediana edad que emprende un viaje por carretera y termina detenida en un motel durante semanas, reinventando por completo su relación con el propio cuerpo, con el matrimonio y con un deseo que normalmente se silencia, pasados los cuarenta. July se convierte en altavoz y escribe sobre la menopausia, la obsesión y la reinvención sexual en la edad adulta, con el objetivo de demostrar que el despertar del deseo no tiene fecha de caducidad. Por otro lado, Henar Álvarez aporta su propia vuelta de tuerca con Ansia, una novela que desnuda el deseo femenino desde el humor y la incomodidad, totalmente alejada del cliché del romance. En esta novela, Henar Álvarez plantea qué significa hoy ser una mujer libre, errática e imperfecta.

Ya sea a través de la autoficción, del diario íntimo, de la novela coral o de la simple observación del cuerpo, las escritoras siempre han encontrado y encuentran la manera de narrar el deseo más allá del enfoque del clásico “amor de verano”. Al final, la literatura del deseo femenino no habla solo de sexo ni de vacaciones, habla de la libertad de ocupar la propia vida con todas sus consecuencias, y esa conversación lleva siglos abierta.

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