Un ventilador gira despacio en el salón mientras una madre finge no haber escuchado la discusión entre las hermanas o el comentario desafortunado de la suegra es ya, de tanto repetirse, un cliché con nombre propio dentro de la literatura sobre familias que se ahogan en el calor y en el silencio. Pero como buen cliché, esconde una verdad como una casa, nunca mejor dicho: no hay escenario que desnude mejor a una familia que unas vacaciones que se suponen relajantes y acaban siendo una sangría, y no precisamente esa que tanto refresca, más bien una que acaba calentándose encima de la mesa mientras todo el mundo finge que no ha pasado nada.
Virginia Woolf ya lo sabía en 1927, cuando escribió Al faro y metió a la familia Ramsay en una casa de verano en las Hébridas para hacerles esperar diez años a que se decidieran a visitar el faro que le da título al libro. En esa espera caben muchos sentimientos encontrados: el duelo, las expectativas que una madre deposita en sostener a los demás hasta reventar por dentro, la manera en que los hijos absorben la dinámica familiar y la devuelven, años después, convertida en algo diferente. Woolf narró que no hacía falta que pasara nada para que pasara todo, y sentó las bases de un subgénero de novelas familiares de verano que casi un siglo después seguimos necesitando leer, quizás porque nos reconforta comprobar que ninguna familia, ni en la realidad ni en la ficción, se libra de las fricciones estivales.
Lo de encerrar en un espacio del que no pueden escapar durante varios días a un grupo de personas que se quieren o se quisieron, o están obligadas a quererse, es una premisa sencilla, en la que toda lectora se puede encontrar, pero que desata un laberinto de posibilidades. Piscina, aburrimiento y esa sensación de tener una olla en el fuego a punto de hervir, provocando que estalle algo que llevaba fermentando desde hace demasiado tiempo.
La familia que desde fuera parece perfecta y que, como todas las familias que parecen perfectas, esconde luces y sombras es la que protagoniza Qué fue de los Lighthouse, de Berna González Harbour. Una muerte, una herencia y un reparto desigual desatan en la casa de verano con jardín la tensión de una familia a la que le ha importado siempre el qué dirán. Hay algo innegable en el éxito de este tipo de literatura y no es tanto el giro final, que también, sino el placer un poco malvado que esconde el “mal de muchos…” al reconocer en esos personajes los mismos silencios incómodos que una arrastra de sus propias comidas familiares, esos que se disimulan sirviendo más vino o preguntando si mañana va a llover.

Pero no todas las casas de verano guardan un cadáver o un mal rato; algunas simplemente guardan el paso del tiempo. Marta Jiménez Serrano lo demuestra en Los nombres propios, una novela que arranca precisamente en la casa del pueblo, ese territorio donde la protagonista pasa los veranos de la infancia junto a sus primas, entre juegos, secretos pequeños y la presencia constante de la abuela sosteniendo la casa y a todos los que la habitan. Años después, cuando Marta regresa de adulta a ese mismo lugar y la abuela ya no está, la novela consigue convertir la ausencia en el verdadero protagonista del espacio. La casa sigue en pie, los veranos siguen llegando, pero falta la persona que le daba sentido a todo el ritual, y esa falta se cuela entre las paredes con una fuerza sobrenatural capaz de derrumbarlas.
Y luego está Mariana Enríquez con su estilo peculiar. En Nuestra parte de noche, la protagonista no es exactamente una casa de vacaciones sino Puerto Reyes, la finca familiar donde una secta centenaria persigue la inmortalidad a través de rituales que quitan el sueño de verdad. La historia arranca con un viaje por carretera en el verano entre padre e hijo que sirve como una huida, pero también como un momento de intimidad y tensión donde el padre intenta moldear y proteger a su hijo.
Si bien parten de estilos completamente diferentes, muchas lectoras pueden encontrar en estas novelas retazos de situaciones familiares que han podido vivir, queriendo así devorar la lectura. En la vida real una puede evitar a la tía incómoda escondiéndose en la cocina con la excusa de preparar el café, pero en estas novelas nadie se libra de la conversación pendiente, ni siquiera cuando esa conversación ya no puede tenerse porque la persona con la que tenía que tenerla ya no está.
La narrativa familiar es un tema recurrente para las escritoras contemporáneas, aunque no es ninguna novedad. Que hoy sea precisamente esta tradición, la de mirar de cerca lo que ocurre dentro de una casa, la que produce algunas de las novelas más comentadas de cada temporada, dice bastante sobre quién ha estado observando de verdad a la familia todo este tiempo mientras los demás miraban hacia otro lado.
Así que si este verano vuelves a la casa del pueblo, o a la de la playa, o a cualquier lugar donde tu familia lleva reuniéndose desde antes de que tú existieras, siempre queda el consuelo de saber que ya lo escribió alguien antes, porque ya pasaba. El faro de Woolf, la casa del pueblo de Jiménez Serrano, la finca maldita de Enríquez y los Lighthouse de González Harbour, son el punto de partida para llenar la maleta entera de un género que nos apela directamente y sobrevivir a cualquier reunión con parientes, aunque solo sea leyendo a escondidas en el baño hasta que se pase la sobremesa.

