Mando un audio mientras me preparo el desayuno. Sin darme cuenta, me he dejado el móvil encima de la tostadora y empieza a oler a plástico por toda la casa. Me recuerda, de repente, a esa azafata en el tren rumbo a Francia que dejó su móvil en el horno al calentar un bocadillo. Vivimos corriendo como pollos sin cabeza, de un lado a otro, sin saber muy bien lo que hacemos ni dónde dejamos las cosas.
Hoy optimizar nuestro tiempo y ser veloz es considerado una auténtica virtud, una señal de identidad y de reconocimiento. Conseguir hacer miles de cosas en un día es la mejor forma de recuperar cierta autoestima e irte tranquilo a la cama.
Ya no vale con llegar a una hora concreta, sino que ahora lo que se lleva es llegar antes, para irse antes también. Si logramos cuadrar el encuentro con amigos, seguro que a alguien se le ocurrirá poner una serie de objetivos “para haberlo hablado todo”.

En 2017, en mi libro ‘Pásate al modo avión’, hablaba ya de esa sensación de vivir unas vidas aceleradas y de cómo la tecnología había sido la principal responsable de sumirnos en una carrera permanente. Amazon, Android, Apple, Glovo, Google, WhatsApp y los smartphones nos han dado la equivocada sensación de poder solucionarlo todo en tan solo unos segundos. ¿Cómo aceptar ahora que un banco o cualquier empresa nos mantenga en espera?
Una nueva forma de vida… acelerada
La aceleración ya no es una sensación, es una forma de vida, una economía personal, una estructura mental y emocional que nos condiciona a todos en nuestro día a día. Aunque el nombre de fasters no figure como tal en los diccionarios, representa a esas personas que viven cada vez más rápido, aunque se pierdan cosas y quemen etapas.
La tecnología nos convirtió en súbditos de lo instantáneo y a no dedicar más tiempo a un asunto del estrictamente necesario. Sin embargo, caemos en una paradoja a gran escala. Usamos apps a ultranza para ahorrar unos preciosos segundos y luego lo echamos todo por la borda, quedándonos enganchados a las redes durante horas.
Se suma otra curiosa paradoja y es que cuanto más queremos optimizar nuestra corta existencia, menos tiempo sentimos que nos queda. Un círculo vicioso, un vértigo que escapa ya a las propias pantallas. Hoy ese tesoro virtual y temporal establece cómo estudiamos, comemos, nos cuidamos, vestimos, nos relacionamos y, sobre todo, cómo nos sentimos realizados.

Buscadores y mensajería: culpables de nuestras penurias
Tomarse el tiempo de hablar con la familia se ha convertido en un bien raro. El otro día hice una videollamada con un amigo para felicitarle las fiestas y él siguió realizando sus tareas diarias, mientras me atendía. Es habitual oír el ruido de fondo de un teclado cuando hablas con un conocido. Las conversaciones profundas requieren reflexión, a veces incluso silencios. Una inversión que merma, gota a gota, nuestro preciado capital de veinticuatro horas. La charla pausada está en vías de agonía.
Buscadores, mensajería y redes nos han enseñado a encontrar información, resolver dudas y disfrutar en pocos segundos. Pensamos que nuestros contactos deberían ser igual de eficientes y resolutivos.
No es solo un cambio en el formato de la narrativa, es también un cambio en las expectativas. Todo lo que tarda es sinónimo de fallo. Si una anécdota dura más de un minuto, ya nos aburrimos. Si una explicación requiere contexto, no lo pediremos.

Esta cultura de la inmediatez afecta especialmente a las relaciones personales, pero también a toda la economía y, por supuesto, la diplomacia entre estados. Los veloces protocolos han acortado la entrega de los mensajes, pero también han empobrecido muchos vínculos y emociones.
El amor en modo prueba y error
Los vínculos familiares, amistosos o sentimentales tampoco se han salvado de llevarse algún rasguño en esta carrera. Tomarse el tiempo de conocer a alguien, de gustarse, de enamorarse, también parece de otra época. En una era donde reina el speed-dating (unos encuentros para solteros donde rotan en citas de máximo 5 minutos), se optimizan hasta los sentidos.
Probamos suerte con aplicaciones, unas herramientas de usar y tirar que fomentan el mismo tipo de relaciones con “poco futuro” y muchas decepciones. Ligar se ha convertido en todo un desafío. Es como salir a tomar la temperatura en el mercado y a ver si aún gusto. Una vez cumplida la misión, nos venimos pronto abajo. Si es mejor estar sola, ¿por qué complicarme la vida?
Para muchos, el compromiso amoroso supone ya una privación de tiempo. Divide el tiempo de ocio de cada miembro de la pareja en dos y siempre acaba perdiendo uno más que el otro. Pueden ser largas horas chateando o compromisos familiares los domingos a los que nadie está dispuesto. Esa sensación de perjuicio se percibe también como una pérdida de libertad que llevamos dentro.
Las prisas no son buenas ni en amor ni en cualquier emprendimiento. Suelen generar una ilusión de abundancia repentina, para dar luego paso al pinchazo del globo. Muchas conexiones digitales se traducen en pocos encuentros reales. La velocidad calma el dolor, pero impide proyectar algo de valor.
Comer y vivir como si no hubiera un mañana
El fenómeno fast está entre nosotros desde hace muchas décadas. Se sienta cada día en cientos de millones de mesas. No solo se trata de fast food, sino también de fast eating. De comer mientras andamos, mientras respondemos mensajes o estamos trabajando. Alimentarse ha pasado de ser un ritual, a ser un mero retraso o trámite.
Incluso cuando queremos elegir opciones saludables, lo hacemos con prisa, lo subimos a TikTok como si cuidarse fuera otra tarea en la lista. La comida instagrameada parece sana y todo lo que quieras, pero está sobre todo hecha para responder a una misión concreta y ser cómoda. La comida rápida promete más tiempo libre, pero en realidad nos roba presencia y conciencia de lo que nos llevamos a la boca.
Hoy comer sin reloj, ni notificaciones ni depender de una hora fija para pedir la cuenta es pura fantasía en nuestras vidas modernas. Incluso durante estas navidades, algún familiar habrá dejado la mesa antes de tiempo, aludiendo a conflictos de calendario.
Moda exprés y marcas que enamoran
Siempre digo que nos enamoramos de las marcas que nos facilitan la vida y, por ende, nos ahorran tiempo y esfuerzo. La moda también se ha visto trastornada por toda esta ajetreada dinámica, pero ha adaptado su estrategia. Ofrece nuevos espejos y una nueva gama. Tendencias cada vez más efímeras a golpe de virales en redes y colecciones que duran semanas.
Armarios en los que ya no cabe ni un alfiler, pero que nos dejan con ese sentimiento de “no tengo nada”. Vestirse es también un vehículo de la identidad que sucumbe a la sociedad del consumo compulsivo. En caso de cometer un error en una compra, se podrá luego enmendar con alguna plataforma que dará una segunda oportunidad a nuestras prendas.
La industria de la belleza también se ha visto afectada por el fenómeno fast. El fast beauty y sus rutinas exprés prometen transformaciones rápidas y resultados inmediatos. Queremos ver cambios ya, sin largos procesos. Algo que también coincide con las ansias de estar en gran forma. Pretendemos conseguirlo con tan solo realizar unas sencillas rutinas. Este autocuidado es curiosamente una nueva fuente de estrés organizativo.
Ocio, juegos, series y la ansiedad de no llegar a todo
El ocio es otra de las facetas que ha ido tomando cada vez más protagonismo. Los fasters son también esos speed watchers o consumidores de series en alta velocidad, visionando capítulos a x2 o a x3, donde no se entienden ya los diálogos ni se captan bien todas las escenas.
¿Cómo voy a perderme la última entrega de esta serie y quedarme fuera de la conversación colectiva en la oficina? La mayoría de las plataformas de streaming, así como YouTube o Instagram, ofrecen ya esa opción de acelerar los vídeos hasta los límites de lo comprensible. Como aceleramos habitualmente los audios de nuestros amigos, los actores hablan ya todos como el pato Donald, aunque nos dé la risa. Esa reciente locura por las series provoca también una tremenda crisis del descanso, erosionando las horas de sueño aparentemente improductivas.
Una educación que, cada vez más, preocupa
Todo este pique no se detiene en casa, sino que sobrevuela colegios, institutos y hasta los anfiteatros. El rendimiento de los estudiantes, su capacidad de concentración y el propio sistema de educación están en horas bajas. Se enseñan temas y conceptos que, en breve, ya no servirán de nada. Los jóvenes lo saben porque ya solo confían en el mantra de la IA.

Es ley de vida, heredamos los hábitos de nuestros padres, sean buenos o malos. Multitarea y dispersión constante, tanta conexión digital desde el desayuno hasta la hora de la cena alteran la convivencia entre padre e hijos, incluso los fines de semana. Si los progenitores están pegados a sus pantallas, lo mismo pasará con su progenitura.
Al llegar el lunes a la escuela, no entienden cómo el profesor les pide concentración y escucha. La atención es hoy el bien más escaso en las clases. Un problema que sufren los formadores a diario en las aulas. Aprender requiere tiempo, algo que las nuevas generaciones no están dispuestas a gastar en la escuela. De hecho, ya no quieren trabajar en un mismo puesto y durante años como sus padres. Prefieren una vida más precaria, viajar todo lo que pueden, “hasta que les dé la pasta”.
El juego, el tiempo sin objetivo concreto, el aburrimiento necesario para dejar espacio a procesos creativos, han desaparecido de sus rutinas. La autonomía o la imaginación que se desarrollan en esa época quedan severamente mermadas, y no únicamente durante su transición formativa, sino en la continuación de sus trayectorias.
Muchos jóvenes quieren “ser alguien ya”. Sueñan con vivir una vida de rico, viviendo entre Miami y Dubái, conduciendo deportivos como sus referentes digitales y no otorgan ninguna credibilidad ni respeto a sus educadores.
“El desarrollo personal es a la filosofía, lo que el pádel al tenis” oí decir a Julia de Funès, una filósofa francesa. Efectivamente, lo mismo pasa con los adultos que pretenden crecer espiritualmente, y por la vía rápida, aplicando los consejos de coaches online, sin tener que entenderlo todo en profundidad.
Este fin de año, un buen momento para frenar en familia
Quizá estas fechas repletas de encuentros familiares sean el momento perfecto para detenernos. Se puede empezar por hacer juntos, y desde el buen humor y la guasa, una lista de nuestras tareas absurdamente aceleradas.
Preguntarse realmente cuánto tiempo ahorramos con esos supuestos atajos, pero, sobre todo, cuántas emociones nos perdemos por el camino. Sin hablar del número de sitios que nos obstinamos en visitar, aunque sean lugares equivocados.
Tampoco se trata de idealizar un pasado lento, donde se hacían menos cosas por castigo, sino recuperar un ritmo más humano. Reivindicar que, en las cosas más sencillas y menos compartidas en redes, están realmente las virtudes de la vida.
Aprender a disfrutar sin cronómetro, a comer sin pantalla, a descansar sin culpa. La lentitud no es retroceso. Es resistencia a una dictadura de una existencia optimizada, pero totalmente aséptica.
Pronto “estar liados” será cosa de pobres; si no es económicamente, seguro que emocionalmente.


