Leí hace unas semanas que uno de cada cuatro jóvenes españoles de entre 17 y 21 años utilizan la Inteligencia Artificial como confidente. El dato, que proviene del informe de una ONG sobre la adolescencia en nuestro país, alerta de los riesgos que esto puede conllevar.
Cuando les preguntaron a estos adolescentes por qué usaban estas aplicaciones para contarles sus problemas o buscar consejo emocional, todos contestaron más o menos lo mismo: porque no se sentían juzgados.
Ser adolescente no es fácil e intentar aconsejar a un adolescente tampoco. La adolescencia es la etapa de la vida donde hay una revolución hormonal, que no la única, y con la corteza prefrontal aún en desarrollo, las emociones están descontroladas. Es biología pura, dicen los que saben de ello, y nada peor para un adolescente que sentir cuando cuenta por lo que está pasando, que nadie le entiende y que está siendo juzgado.
Después de leer este dato, proveniente de un informe sobre adolescentes, me pregunto cuántas personas que no estén en este periodo de la vida, recurren también a estas aplicaciones basadas, así que buceo un poco en busca de información.
Lo que encuentro, entre otras cosas, es un artículo de la revista Harvard Business Review de hace unos meses donde explica cuál ha sido el cambio fundamental de 2024 a 2025 en el uso da IA Generativa, y aquí es donde me explota la cabeza, porque si en 2024 se usaba, siempre según este artículo, para la generación de ideas, en 2025 el primer puesto de “para qué usas la IA” es para terapia y apoyo personal, y aquí no hablamos sólo de adolescentes, sino que estamos hablando de de adultos.
Según los psicólogos, se ha extendido el uso de la IA como herramienta terapéutica. Las personas de todas las edades acuden a ella por varias razones, como por ejemplo (y no es menor lo que viene a continuación): la inmediatez (las citas con la IA son inmediatas, 24 horas al día, 7 días a la semana, es decir, no hay que pedir cita), la gratuidad (no cuesta lo que una consulta con un terapeuta) y la empatía que se experimenta cuando uno habla con una aplicación de IA, y es que esas aplicaciones parecen entenderte siempre, y además, normalmente están de tu parte.
La soledad (una de las principales causas que se apuntan en todos estos estudios y encuestas), una ruptura, no sentir que se pertenece a la sociedad en que uno vive, desajuste entre la vida que uno lleva y la vida que uno quiere, hay mil y una razones por las que cualquiera puede querer o necesitar entrar en contacto con un terapeuta.
Si hasta hace nada era Doctor Google el que daba respuestas a muchas de las preguntas que se formulaban en el ámbito de la salud, incluida la salud mental, ahora es la IA la que ha llegado para tomar el testigo y la Asociación de Psicología Americana (APA) ya ha alertado del problema de que la IA sustituya a un terapeuta humano.
Porque poder expresar lo que uno siente sin vergüenza y sin temor a ser juzgado puede resultar atrayente, pero hay que ser consciente de lo que está al otro lado, de lo que hay detrás de una aplicación de IA, que no es más que un sistema entrenado para reconocer patrones, aprender de la experiencia y automatizar tareas, moviéndose entre la lógica programada y el aprendizaje autónomo
La realidad es que la IA, por más que parezca otra cosa, no hace sino recopilar conocimiento que ha recibido y que entrega en función del contexto y de las preguntas. Y puede que no juzgue, pero tampoco dirá algo que no sea esperado. Es la diferencia con lo que nos diría un amigo o una persona que nos quiere, a quienes muchas veces tenemos que escuchar aquello que no nos gusta escuchar, o lo que nos diría un terapeuta, que posee las herramientas y el conocimiento para hacer un diagnóstico.
No hay soluciones simples a problemas complejos, y nada tan complejo como ser una persona. Convivir cada uno con nuestras debilidades, nuestras inquietudes, nuestras incoherencias, nuestra vulnerabilidad, ninguno nos salvamos. Ser humano es lo que tiene, y es exactamente lo que nos separa de las máquinas, perfectas ellas, nos separa precisamente el que nunca nadie, ninguno, seremos perfectos, y con ello tendremos que vivir nuestras vidas.
Y en esa imperfección, en esa emoción que nunca podrá tener una máquina reside la esencia de ser humano y el poder de conexión con los demás. Puede que no nos entendamos, pero estaremos conectados. Puede que no entendamos el mundo, pero el arte nos conectará con él. Y por mucho que aprenda cualquier aplicación sobre nosotros, siempre le faltará eso, eso que es intrínsecamente humano y no se puede explicar ni, en muchos casos, prever, precisamente porque es humano.
