Chicas malas, manipuladoras, frívolas, jerárquicas… Dan mucho juego en la pantalla. Ahí está, por ejemplo, Euphoria, la serie de televisión que volverá en abril con su tercera temporada. Es cierto que sus dinámicas están exageradas, pero este cliché no nace de la nada. En la vida real, los casos de bullying entre adolescentes aparecen casi siempre con el mismo reparto: una líder carismática, un séquito que refuerza su poder, una víctima a la que se acorrala y la humillación o la exclusión como castigos.

El cine suele caricaturizar esta crueldad como algo seductor y divertido. La chica mala es guapa, segura e ingeniosa y, al final, a modo de moraleja, aprende, cae o madura. Nada de esto se reproduce en el mundo real, donde el acoso entre chicas adopta las formas más sutiles: exclusión, difusión de rumores, ridiculización, ciberacoso o manipulación emocional. Son agresiones menos visibles que los golpes, pero igual o más dañinas.
Cuando la adolescencia se convierte en territorio enemigo
A menudo, las acosadoras reproducen modelos aprendidos, convirtiendo la adolescencia en un campo de batalla social. En España, el 12,3 % del alumnado afirma que él o un compañero sufre acoso escolar, ya sea presencial, ciberacoso o ambos, según una encuesta de la Fad Juventud y Mutua Madrileña. Más de la mitad de quienes padecen ciberbullying no piden ayuda; tampoco lo hace el 38 % de las víctimas de acoso cara a cara.
La escuela, tradicionalmente espacio de socialización y protección, se ha transformado para muchas adolescentes en el escenario donde la violencia entre iguales se reproduce de múltiples formas y a edades cada vez más tempranas. Las chicas participan con mayor frecuencia en formas indirectas de bullying, como difundir rumores, excluir o ridiculizar, y muestran también una prevalencia ligeramente superior como víctimas, especialmente en secundaria. El fenómeno no es nuevo. Casi cualquier mujer que recuerde su adolescencia puede identificar a una “chica mala” que se burló de ella o la dejó fuera. En otros casos, al mirar atrás, reconocerá que fue ella quien ejerció esa crueldad. ¿Por qué esta violencia aparece tan ligada a la amistad?
El cerebro adolescente y la crueldad emocional
Las redes sociales amplifican estas dinámicas, pero no las inventan. La clave está en el cerebro adolescente. La psicóloga Martha Deiros Collado lo explica en The Smartphone Solution: “Las adolescentes viven una montaña rusa emocional porque su corteza prefrontal, encargada del autocontrol y la toma de decisiones, aún está en desarrollo. Carecen de frenos biológicos para amortiguar emociones intensas”.
A esto se suman diferencias de género en la crianza. Desde pequeñas, muchas niñas reciben el mensaje de que la ira o la agresividad abierta no son femeninas, mientras se refuerza la idea de que deben ser cariñosas, empáticas y emocionalmente conectadas. En ese terreno relacional, una mirada, un comentario o un silencio pueden interpretarse como amenaza o rechazo.
Además, a diferencia de los chicos, educados en la idea de que puede haber muchos ganadores, las chicas crecen con la percepción de que el liderazgo femenino es escaso. Cuando sienten su estatus amenazado, cierran filas. “No planifican la crueldad como una partida de ajedrez, pero perciben intuitivamente las vulnerabilidades”, explica la autora. Atacar la apariencia, la popularidad o los logros de otra chica puede convertirse en una forma de recuperar control y pertenencia.

Las adolescentes lo llaman amienemigas. La psicología lo denomina “agresión relacional”: un tipo de violencia centrada en dañar el sentido de pertenencia social. Incluye el chisme, la ley del hielo, el menosprecio camuflado de broma y la amistad condicional. “Es como usar las relaciones como armas de destrucción masiva emocional”, escribe la investigadora australiana Linda Stade.
Este comportamiento está tan normalizado que aún se justifica con frases como “son cosas de chicas”. Sin embargo, el barómetro de Fad Juventud muestra que más del 20 % de las adolescentes sufre esta victimización relacional en algunos centros, y que entre el 15 % y el 25 % padece ciberacoso vinculado a la apariencia o la difusión de imágenes humillantes.
El chismorreo, su peor temor
La importancia que las chicas conceden a la amistad genera un miedo intenso al rechazo. En una encuesta de la app adolescente We Are Luna, más de un tercio reconoce que le cuesta hacer nuevas amistades y una de cada tres señala el chismorreo como su peor temor. Casi la mitad de sus preocupaciones giran en torno a encajar.
La adolescencia marca el inicio de la autonomía. Cuando fallan los recursos emocionales, la seguridad personal se resquebraja. Para algunas chicas, la necesidad de control deriva en conductas autodestructivas: trastornos alimentarios, autolesiones o mutilaciones. Las cifras son alarmantes: el 34,7 % de los jóvenes afirma haberse autolesionado alguna vez y un 16,5 % lo hace con frecuencia, según Fad Juventud.
Una consecuencia es la soledad, una de las principales fuentes de malestar emocional. Afecta al 87,5 % de los jóvenes, especialmente a mujeres entre 20 y 24 años. Aunque la mayoría afirma tener redes de apoyo, solo dos de cada tres las utilizan. Las chicas comparten más su malestar, pero también se sienten más juzgadas.
La OMS advierte de que los cambios físicos, emocionales y sociales de la adolescencia, junto con factores como la violencia o el abuso, aumentan la vulnerabilidad a los problemas de salud mental. A nivel mundial, uno de cada siete jóvenes entre 10 y 19 años sufre un trastorno mental, la mayoría sin diagnóstico ni tratamiento. A corto plazo, este tipo de acoso genera ansiedad, depresión, vergüenza persistente, baja autoestima y mayor riesgo de conductas autolesivas. A largo plazo, son experiencias que pueden afectar a la identidad, las relaciones adultas y la regulación emocional.
Romper el mito de que “las chicas son así”
La trabajadora social Katie Hurley, autora de No More Mean Girls, lo resume con claridad: en una cultura obsesionada con el éxito, es urgente enseñar que la empatía y la compasión importan más que la popularidad. Y eso empieza por no normalizar la crueldad femenina como algo inevitable. Expertas como Linda Stade proponen enseñar a niñas y adolescentes a intervenir cuando alguien es atacado, desactivar situaciones de tensión y acompañar a quien queda fuera. “Apoyar hace que la víctima sea vista. No está sola”, dice.
Las amistades son complejas, pero no tienen por qué ser violentas. Con buenos modelos, educación emocional y conversaciones incómodas pero necesarias, las chicas pueden aprender a relacionarse sin hacerse daño. Y quizá entonces, la figura de la chica mala deje de parecernos tan entretenida.


