La ironía histórica, esa forma con la que el azar parece ordenar los hechos, ha querido que la muerte de Antonio Tejero Molina, a los 93 años, coincida con la desclasificación de nuevos documentos oficiales sobre el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Dada su avanzada edad, su fallecimiento sigue el curso natural de la vida. Que ocurra justo cuando el Estado abre archivos que pueden arrojar nueva luz sobre aquel día impide cerrar un capítulo que hoy debería quedar clausurado.
Esa imagen fija en la memoria nacional y repetida hasta la saciedad en documentos y archivos -el tricornio, el brazo en alto, los disparos resonando en el hemiciclo del Congreso- no se disipará con su desaparición física. Volverá una y otra vez, convocada por cada nuevo papel desclasificado y por cada testimonio que resurja.

Malagueño y forjado en la disciplina férrea
Nació el 30 de abril de 1932 en Alhaurín el Grande (Málaga). Creció en un ambiente de Guerra Civil e inmediata posguerra. Su padre, maestro de profesión, terminó vinculado al ámbito militar poco antes de su nacimiento, circunstancia que influyó decisivamente en el entorno en el que el joven Antonio se formó.
Ingresó en la Guardia Civil con apenas 19 años, en los años más cerrados del primer franquismo. Su educación castrense estuvo impregnada de los valores dominantes en el régimen: disciplina férrea, sentido jerárquico de la autoridad, concepción centralista del Estado y primacía de lo militar sobre lo civil. Con el tiempo ascendería a teniente coronel. Quienes lo trataron en esa etapa lo describen como meticuloso, orgulloso del uniforme y profundamente convencido de su misión institucional. Algunos superiores destacaron su “inteligencia natural”; otros lo consideraron rígido y excesivamente ideologizado.
Tejero encarnó un perfil de oficial forjado en el franquismo. Es decir, disciplinado, severo en las formas, austero en lo personal y convencido de que España debía preservarse frente a lo que él interpretaba como amenazas internas. Sus valores giraban en torno a la unidad territorial de España, la defensa del orden público desde parámetros tradicionales, la desconfianza hacia el pluralismo político y el catolicismo practicante.
Era directo, incluso brusco, pero correcto en el trato cotidiano. Su vida privada no estuvo marcada por escándalos personales ni ostentación. Se casó con Carmen Díez Pereira, hija de guardia civil y maestra. El matrimonio tuvo seis hijos -tres hombres y tres mujeres-, a los que educó con su misma disciplina y como una identidad corporativa.

Varios de sus hijos y nietos siguieron carreras militares o en la Guardia Civil. Uno de sus hijos optó por el sacerdocio y defendió públicamente la figura de su padre en distintos momentos. La familia, numerosa y cohesionada, nunca renegó de él, aun siendo consciente del peso histórico y controvertido de su apellido. Para sus nietos fue, sobre todo, un abuelo de hábitos rutinarios, reservado, amante de las sobremesas largas y del orden cotidiano.
Asalto al Congreso
A las 18:23 horas del 23 de febrero de 1981, durante la sesión de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo en el Congreso de los Diputados, Tejero irrumpió en el hemiciclo al frente de un grupo de guardias civiles armados. “¡Quieto todo el mundo!” La frase, que quedó grabada en la memoria colectiva, precedió a los disparos al techo y al secuestro de los diputados durante más de 17 horas.
El golpe contó con la implicación de otros mandos militares como Jaime Milans del Bosch y Alfonso Armada. La intervención televisada del Rey Juan Carlos I, defendiendo la Constitución, fue decisiva para desactivar la intentona. La imagen de Tejero, con su bigote espeso, el tricornio y la pistola en mano, quedó asociada para siempre al fracaso del golpe y, paradójicamente, al fortalecimiento posterior de la democracia española.

Fue condenado a 30 años por rebelión militar, aunque cumplió aproximadamente quince años y nueve meses. Pasó buena parte de su condena en el castillo de Figueres, donde durante un tiempo fue su único interno. En prisión descubrió dos nuevas ocupaciones. Estudió Geografía e Historia, aprendió idiomas y se aficionó a la pintura.
Sus últimos años
La pintura se convirtió, tras su salida, en una de sus actividades habituales y en una fuente complementaria de ingresos. Sus cuadros, casi siempre paisajes y retratos dedicados, fueron adquiridos principalmente por simpatizantes. Tras recuperar la libertad, optó por un perfil bajo en Madrid, aunque pasó largas temporadas en especialmente en Torre del Mar y posteriormente en Valencia. Su rutina era casi invariable. Levantarse temprano, café con leche en la misma cafetería, paseos y veranos en el Club Náutico.
Quienes lo trataban en esos años lo describían como un hombre austero, poco hablador fuera de su círculo íntimo, pero educado. En verano reservaba mesa fija con su familia; en invierno apenas se dejaba ver. Su última aparición pública relevante fue en 2019, durante la exhumación de Francisco Franco.
En 2023 presentó una denuncia contra Pedro Sánchez, al que acusó de “traición a España” por sus negociaciones para ser investido con apoyos de partidos independentistas y otros que él consideraba “maniobras antiespañolas”. En esa demanda, que presentó ante la Fiscalía en octubre de 2023, alegó que Sánchez estaba poniendo “en peligro la integridad de la patria” y que sus acuerdos contravenían el juramento constitucional de defender la unidad de España.
En sus últimos años residió en la Comunidad Valenciana, donde su salud fue deteriorándose progresivamente. Sus continuos ingresos hicieron circular rumores constantes en los últimos meses. Finalmente, falleció el miércoles 25 de febrero.
Antonio Tejero representa el último gran intento de involución autoritaria durante la Transición y el contraste entre una cultura política heredada del franquismo y el nuevo marco constitucional. Paradójicamente, el fracaso del golpe consolidó la democracia española. El 23-F fortaleció el consenso constitucional y aisló definitivamente las tentaciones golpistas. La ironía de morir coincidiendo con la apertura de los archivos no va a alterar los hecho, pero sí a moldear su recuerdo. El debate histórico continuará, pero ya sin su presencia física. Solo con documentos, testimonios y memoria.
