Los documentos desclasificados del 23-F no solo reabren una herida política y militar de la Transición. También obligan a mirar el golpe con una luz menos simplista. Lo que aflora en los manuscritos analizados no es únicamente la imagen de una asonada improvisada, ni la de un único núcleo conspirador moviéndose en la sombra. Lo que aparece, más bien, es un ecosistema de opciones, tanteos, hipótesis de intervención y esquemas de actuación que conviven, se pisan y, en algunos casos, parecen competir entre sí.
Eso es precisamente lo que vuelve tan relevantes estos documentos desclasificados del 23-F: muestran una lógica de planificación. Una forma de pensar el poder, la ocupación de instituciones, el control de comunicaciones y la neutralización de actores políticos como si se tratara de un tablero. Hay análisis de viabilidad. Hay clasificación de escenarios. Hay listas. Hay cronogramas. Hay objetivos. Y hay, sobre todo, una idea persistente: la de que una operación de fuerza necesitaba envoltorio político, coordinación militar y control del relato.
Los dos manuscritos publicados por La Moncloa —uno más extenso y con apariencia de documento de trabajo estructurado, otro más breve y con formato de apuntes o índice de revisión— encajan entre sí. El primero desarrolla una arquitectura operativa y política. El segundo funciona como una guía, una cronología y una especie de mapa de conceptos, nombres y operaciones. Leídos juntos, los documentos desclasificados del 23-F dibujan una imagen inquietante: la de una planificación que no se limita al asalto, sino que contempla el antes, el durante y el después.

Un mapa de conspiraciones, no una sola trama
Una de las claves más llamativas de los documentos desclasificados del 23-F es que no presentan una única vía de ruptura. Desde sus primeras páginas aparece una panorámica de operaciones en marcha que separa varias familias: operaciones civiles, operaciones militares y operaciones mixtas cívico-militares. Esa clasificación ya es una declaración de intenciones. El manuscrito no parte de una narración lineal, sino de una cartografía de posibilidades.
En ese esquema aparecen además subdivisiones ideológicas en el plano civil —democristiana, mixta, socialista, liberal— y, en el militar, categorías como tenientes generales, coroneles y espontáneos. La palabra no es menor. “Espontáneos” sugiere actores con voluntad de acción, pero sin una estructura de mando plenamente consolidada, o al menos sin el mismo grado de cobertura institucional que otras fórmulas. El documento parece distinguir, por tanto, entre operaciones con respaldo de jerarquía y operaciones de arrastre, basadas en el hecho consumado.
Esa visión multipolar de la amenaza es una de las aportaciones más valiosas de los documentos desclasificados del 23-F. Porque desplaza la lectura del golpe como episodio aislado y lo sitúa en un clima de presión acumulada, con distintas salidas autoritarias en discusión, algunas con más viabilidad que otras.
La obsesión por medir la “viabilidad” del golpe
Otra constante de los documentos desclasificados del 23-F es la evaluación comparada de escenarios. La unidad documental no se limita a describir ideas; las sopesa. Las pone a prueba. Las clasifica en función de su viabilidad política y militar. Esa mentalidad de análisis estratégico recorre varias páginas y revela una forma de trabajo muy distinta a la del arrebato.
Entre las fórmulas valoradas figura la de una operación “civil con complemento militar”, una expresión especialmente significativa. La clave aquí no sería un golpe militar puro, sino una intervención con cobertura política, o al menos con un marco civil que permitiera presentar la operación como salida de orden y no como ruptura desnuda. En ese apartado aparecen referencias a credibilidad, apoyos y papel de la Corona, lo que indica que la cuestión de la legitimidad estaba en el centro del cálculo.
También se analiza una opción de ideología liberal, pero el texto la trata con un diagnóstico que parece muy negativo, con viabilidad prácticamente nula. Esta parte resulta importante porque muestra que el manuscrito descarta líneas de acción, no solo las enumera. Es decir, no estamos ante una lista de rumores, sino ante un intento de priorización.

En el caso de los tenientes generales, los documentos desclasificados del 23-F dibujan una hipótesis de intervención institucionalizada, vinculada al deterioro de la situación política y a una posible salida de coalición tras la dimisión de Suárez. La idea no parece ser la de una dictadura militar clásica al estilo latinoamericano, sino la de una operación de tutela del sistema. Ese matiz es crucial para entender el clima de la época: la presión autoritaria no siempre se formulaba como demolición frontal del marco constitucional, sino también como “corrección” del rumbo bajo apariencia de orden.
Con los coroneles, la lectura cambia. El manuscrito les atribuye capacidad potencial, pero menor incidencia inmediata. Se aprecia la idea de que podrían esperar una situación más degradada o irreversible y que, aun así, necesitarían una salida política que diera cobertura a la acción. Vuelve a aparecer, de fondo, la pregunta por la legitimidad.
Y con los “espontáneos” el texto es todavía más explícito en su lógica de arrastre. Los documentos desclasificados del 23-F sugieren que un núcleo decidido podría actuar primero y confiar en adhesiones posteriores de sectores de las Fuerzas Armadas o de la Guardia Civil. Es la teoría del golpe que se legitima a posteriori si triunfa en las primeras horas. También es la parte donde aflora con más crudeza el riesgo de guerra civil o de desorganización de mandos si la operación fracasa.
Del análisis político al diseño operativo
Hay un momento en que el manuscrito deja de ser un documento de valoración y se convierte en un documento de planificación. Ese tránsito es una de las piezas más delicadas de los documentos desclasificados del 23-F. A partir de ese punto ya no se discute solo qué opción es más viable, sino cómo podría ejecutarse una operación concreta.
El texto avanza hacia una fórmula mixta cívico-militar y la vincula a un horizonte temporal que, según la lectura del manuscrito, se proyecta hacia la primavera de 1981. Esa referencia, en el contexto histórico del 23-F, adquiere un peso enorme. No se trataría solo de intuiciones genéricas sobre una crisis, sino de una planificación con calendario.
Además, los documentos desclasificados del 23-F muestran que el problema central no era únicamente “tomar” el poder, sino ordenar el día después. Hay reflexiones sobre qué hacer a continuación, cómo posicionarse respecto a la Corona, qué tipo de reacción sería posible y qué objetivos políticos debían neutralizarse. En algunos pasajes aparece incluso una formulación muy dura respecto al Rey, lo que sugiere que dentro de estas hipótesis no existía una única actitud hacia la institución monárquica. También aquí hay escenarios, no un bloque monolítico.
Ese elemento es decisivo en términos de investigación periodística: los documentos desclasificados del 23-F no hablan solo de un asalto, sino de una disputa por la arquitectura del poder en un momento de extrema fragilidad institucional.
Comunicaciones, claves, enlaces: la infraestructura invisible
Si algo muestran con nitidez los documentos desclasificados del 23-F es la importancia atribuida a la información y a las comunicaciones. El manuscrito incluye referencias a centros de recepción de información, reactivación de contactos, uso de sobrenombres, contraseñas y redes. Esa capa de preparación aparece como una infraestructura previa, casi clandestina, sin la cual la operación perdería coordinación.
No es un detalle menor. En cualquier intento de ruptura del orden constitucional, el control de las comunicaciones no es accesorio: es la condición de posibilidad de la simultaneidad, de la sorpresa y del relato. Y en estos documentos desclasificados del 23-F la simultaneidad aparece de forma reiterada. Hay menciones a actuaciones coordinadas, a grupos de tamaño sección y compañía, a mandos de enlaces y a una modalidad de ejecución basada en señales o consignas.

Ese entramado de enlaces y claves aporta una conclusión incómoda: la lógica del manuscrito no es la de una explosión caótica. Es la de una operación planificada con estructura de mando, aunque la autoría concreta, el grado de ejecución real y la conexión exacta con los hechos del 23-F deban analizarse con extremo rigor y sin saltos de interpretación.
La matriz de objetivos: Estado, medios y personalidades
La parte más impactante de los documentos desclasificados del 23-F llega cuando el manuscrito enumera objetivos. Ahí desaparece cualquier ambigüedad de tono y aparece una matriz de acción. El texto habla de neutralización de comunicaciones de los principales órganos con capacidad de decisión y de ocupación de objetivos fundamentales.
En esa lista figuran instituciones estratégicas del Estado, centros de mando militar, sedes políticas y de seguridad, y medios de comunicación. Se mencionan, entre otros, la Zarzuela, los cuarteles generales de Tierra, Marina y Aviación, las Cortes, Presidencia, Interior, la Dirección General de Seguridad, el Gobierno Civil, Capitanía, Exteriores, TVE, RNE y la Dirección General de la Guardia Civil. La lógica es evidente: cortar mando, cortar comunicaciones, cortar capacidad de respuesta y dominar la voz pública.
Los documentos desclasificados del 23-F van más allá. Incluyen distribución de comandos por grupos y subgrupos, con asignaciones específicas. Y, en paralelo, aparecen referencias a la detención o neutralización de “personalidades” y una lista de cargos y nombres políticos y sindicales. La combinación de instituciones y personas revela una concepción clásica de control del poder: desactivar la cadena de mando estatal y descabezar la respuesta política y social.
Desde una perspectiva de periodismo de investigación, esta es una de las piezas más reveladoras de los documentos desclasificados del 23-F. Porque permite reconstruir no solo una intención abstracta de “golpe”, sino la anatomía concreta del control que se pretendía ejercer.
Madrid como teatro de operaciones: patrullas, rutas y puntos de concentración
El manuscrito no se queda en grandes objetivos. Desciende al terreno. Y ahí los documentos desclasificados del 23-Fmuestran un grado de detalle que impresiona. Aparecen itinerarios de patrullaje en Madrid, con referencias a ejes urbanos, accesos y rutas de circulación. También se señalan puntos de concentración para reservas y lugares previstos para concentrar detenidos, diferenciando incluso entre militares y civiles.
Ese nivel de concreción sugiere dos cosas. La primera, que el documento se pensó desde una lógica urbana real, con conocimiento del terreno. La segunda, que la operación contemplaba no solo el golpe inicial, sino la gestión de sus consecuencias inmediatas: movimiento de fuerzas, retaguardia, custodia de detenidos y control de zonas.
Los documentos desclasificados del 23-F incorporan además un cronograma por horas, con referencias del tipo D, H-2, H, H+ y comunicados por radio en distintos momentos de la secuencia. Esa estructura temporal es fundamental. Significa que la operación se pensaba como una cadena de fases: preparación, salida, ocupación, comunicación y consolidación. El control del tiempo, como el de las comunicaciones, era parte del plan.
Un alcance que no se limita a Madrid
Aunque Madrid aparece como centro neurálgico, los documentos desclasificados del 23-F también apuntan a una dimensión territorial mucho más amplia. En las páginas finales del manuscrito se encuentran referencias a regiones militares, regiones aéreas, departamentos marítimos y cuarteles generales, así como a enlaces, suplentes y apoyos internos.
Esa parte introduce además nombres de operaciones y claves —como “MARTE” y “DIANA”— y menciones a la UME en contextos de coordinación y mando. Más allá de la interpretación exacta de cada término, lo importante es la estructura: el documento no se limita a un golpe de mano en el Congreso o a una acción puntual de la Guardia Civil. Se mueve en una lógica de articulación nacional o, al menos, de previsión de reacción territorial.
También resulta significativa la ampliación de objetivos hacia infraestructuras críticas y control social: medios de difusión oral y escrita, energía, agua, combustibles, embajadas y centros de poder local. Los documentos desclasificados del 23-F muestran así una concepción integral del control: no bastaba con ocupar instituciones; había que asegurar suministros, información y presencia en el territorio.
El segundo manuscrito: cronología, clima y “Operación HALCÓN”
El segundo PDF, más breve, es menos espectacular en apariencia, pero muy útil para interpretar el conjunto. En él, los documentos desclasificados del 23-F ofrecen una especie de guion de trabajo con cronología de últimas fases, contactos por regiones, jefes de comandos y responsables, además de una secuencia D-3, D-2, D-1 y D (acción).
Ese esquema refuerza la lectura del primer manuscrito: había una preocupación por ordenar el tiempo y encadenar tareas previas al momento decisivo. No es una nota improvisada, sino un recordatorio o índice de una planificación por fases.

Pero quizá lo más interesante del segundo texto es la mención a “calentar ambiente” y las preguntas sobre quién preparó el clima de rumores y bulos sobre acciones inminentes. En términos de investigación, este detalle es oro puro. Porque introduce una dimensión de preparación psicológica o política. Los documentos desclasificados del 23-F no solo describen movimientos de unidades o objetivos de ocupación; también sugieren una lucha por el clima público, por la percepción de inevitabilidad o de caos.
En ese mismo manuscrito aparece citada de forma directa la “Operación HALCÓN”, junto a notas sobre listas, papeles de la UME y referencias a González del Yerro. La reiteración de esos nombres y conceptos en ambos textos es un indicio fuerte de conexión documental. No prueba por sí sola autoría ni ejecución, pero sí coherencia interna del universo conspirativo que reflejan estos papeles.
La gran revelación: el golpe como proyecto de Estado paralelo
La lectura de conjunto de los documentos desclasificados del 23-F deja una conclusión de fondo. Lo que aparece en estos manuscritos no es solo el diseño de una irrupción armada. Es el boceto de un Estado paralelo en fase de proyecto. Un Estado que identifica centros de decisión, redacta cronogramas, organiza comandos, clasifica enemigos, prevé comunicados, define rutas y contempla el control de infraestructuras, información y territorio.
Esa es, probablemente, la revelación más inquietante de estos documentos desclasificados del 23-F. Porque desplaza el relato desde el gesto espectacular del 23 de febrero hacia una cultura conspirativa más amplia, más técnica y más persistente. Una cultura que no se explica solo por la nostalgia autoritaria de unos pocos, sino por la percepción de crisis, la lucha por la legitimidad y la búsqueda de una solución de fuerza con distintos disfraces políticos.
