¿Está pasado de moda tener un ‘crush’? Apps de citas, agotamiento romántico y saturación emocional

A medida que las aplicaciones fomentan la fatiga del 'swipe', cada vez más personas parecen elegir una vida menos pendiente de las expectativas románticas

'Bridget Jones: loca por él'
Renée Zellweger en 'Bridget Jones: Loca por él'.
Universal Pictures

La narrativa tradicional del verano suele pintarse con los colores vivos del romance. La estación se vende como el momento ideal para tener un crush: esa descarga repentina de atracción que alimenta conversaciones nocturnas, canciones compartidas y expectativas casi cinematográficas. Sin embargo, en el paisaje sentimental contemporáneo empieza a abrirse paso otra idea: el agotamiento romántico. Lejos de buscar siempre a “la persona adecuada”, muchas personas parecen encontrar cierto alivio en no desear a nadie, o al menos en no convertir ese deseo en una obligación.

El cambio no nace de una sola causa. Tiene que ver con el desgaste digital, con nuevas posiciones políticas frente a los modelos tradicionales de pareja y con una mayor visibilidad de identidades como el arromanticismo. También con algo más cotidiano: la sensación de que ligar, gustar, mantener conversaciones, descifrar señales y sostener expectativas se ha convertido en otra forma de trabajo emocional.

El primer gran responsable de esa saturación es la herramienta que prometía hacer el amor más fácil: la aplicación de citas. En sus primeros años, estas plataformas parecían una revolución romántica. Rompían círculos cerrados, ampliaban posibilidades y permitían conocer a personas fuera del entorno habitual. Con el tiempo, para muchos usuarios, la emoción inicial del match se ha transformado en monotonía, decepción y cansancio.

El ciclo es conocido. Hacer swipe, gestionar conversaciones que se apagan sin explicación, atravesar el ghosting, volver a empezar, editar el perfil, cambiar las fotos, medir cada frase. Todo exige una energía que rara vez se nombra. Buscar una relación puede terminar pareciéndose a un proceso de selección infinito, con sus filtros, descartes, expectativas y rechazos silenciosos.

Ahí entra en juego la paradoja de la elección. La disponibilidad aparente de cientos de posibles parejas ha instalado una lógica de mercado en la intimidad. Las personas se comparan, se ordenan y se descartan con una facilidad cada vez más parecida a la de cualquier producto digital. Esa abundancia no siempre genera libertad. A veces produce fatiga de decisión y una sensación extraña de que ninguna opción es suficiente.

El diseño visual de las aplicaciones también ha cambiado la forma en que nos miramos y miramos a los demás. Una parte enorme del deseo queda condensada en imágenes escogidas, poses, biografías mínimas y señales de estilo. La presión por mantener una versión atractiva, coherente y deseable de uno mismo puede ser agotadora. No solo se busca gustar. También se busca parecer alguien que sabe exactamente cómo quiere ser visto.

Cuando el interés romántico depende de una decisión tomada en segundos, las interacciones pueden sentirse vacías incluso antes de empezar. De ahí la llamada fatiga de Tinder: usuarios hiperconectados que, aun teniendo acceso a más perfiles que nunca, se sienten más solos, más impacientes o más descreídos. Hemos pasado, como han señalado algunos psicólogos, de soportar demasiado en las relaciones a no tolerar casi ningún obstáculo. A veces no por frialdad, sino por puro miedo a volver a perder energía.

En algunos lugares, la distancia respecto al romance ha adquirido incluso una dimensión política. El movimiento 4B, surgido en Corea del Sur, plantea cuatro rechazos: no tener relaciones sexuales con hombres, no tener hijos, no salir con hombres y no casarse. Nació como respuesta a la desigualdad de género, a la misoginia y a los mandatos tradicionales sobre el cuerpo femenino, y ha encontrado eco fuera del país en contextos marcados por el debate sobre los derechos reproductivos.

Para quienes se acercan a ese tipo de movimientos, la ausencia de un crush no implica apatía ni falta de deseo. Puede ser una forma de autonomía. Una negativa a entrar en estructuras que muchas mujeres perciben como desiguales, agotadoras o directamente hostiles. El romance, en ese caso, deja de entenderse como destino natural y empieza a mirarse como una institución que también puede discutirse.

Para otras personas, no tener un crush no responde a una etapa ni a una protesta, sino a una forma estable de estar en el mundo. El arromanticismo es una orientación caracterizada por experimentar poca o ninguna atracción romántica. Dentro de ese paraguas existen distintas identidades, como el grisromanticismo, cuando la atracción romántica aparece de manera muy ocasional, o el demirromanticismo, cuando solo surge después de un vínculo emocional fuerte.

La sociedad ha funcionado durante mucho tiempo bajo una idea conocida como amatonormatividad: la suposición de que todo el mundo desea una pareja romántica monógama y que esa pareja es la forma principal de felicidad adulta. Quienes no encajan en ese modelo suelen ser vistos como fríos, inmaduros o incompletos. En realidad, muchas personas simplemente priorizan otros vínculos: amistades, redes de cuidado, familia elegida, comunidad o relaciones platónicas profundas.

La cultura popular empieza a dar más espacio a esas experiencias. La serie japonesa Koisenu Futari abordó precisamente la historia de dos personas que deciden vivir juntas y formar una familia sin lazos románticos ni sexuales. Su premisa cuestionaba una idea muy arraigada: que enamorarse debe ser el centro de toda vida plena.

Fotograma de la serie japonesa ‘Koisenu Futari’.
NHK

Este cambio convive con una tendencia más amplia hacia la soltería. En distintos países, también en España, cada vez más personas viven sin pareja estable durante más tiempo. A veces por elección, a veces por condiciones económicas, a veces por una mezcla de ambas cosas. El término “neosoltero” se ha usado para describir a quienes no viven la soltería como una carencia, sino como una forma de priorizar el bienestar emocional, profesional o económico.

Las razones son variadas. Algunas personas valoran la independencia de vivir solas. Otras temen que una relación absorba tiempo, amistades o aficiones. También hay quien siente que las expectativas se han vuelto tan altas —alimentadas por la comparación digital, los discursos de autoayuda y la promesa de compatibilidad perfecta— que casi nadie parece cumplirlas. La búsqueda de pareja se vuelve entonces una fuente de estrés antes que una ilusión.

Vivir sin pareja tampoco está libre de dificultades. Muchas sociedades siguen organizadas económicamente alrededor de la pareja. La vivienda, los viajes, los impuestos, los cuidados o incluso la vida social suelen ser más fáciles cuando se comparten gastos y responsabilidades. En España, además, la precariedad y el precio del alquiler hacen que la independencia no siempre dependa solo del deseo. Aun así, el estigma de la soltería se ha ido erosionando. Las figuras de la “solterona” o del “soltero empedernido” pierden fuerza frente a una imagen más compleja: la de personas que no quieren sentar la cabeza a cualquier precio.

Mientras pasa otro verano, el romance épico sigue ocupando anuncios, canciones y ficciones, pero la realidad parece más ambivalente. Hay deseo, sí, pero también cansancio. Hay ganas de vínculo, pero menos paciencia para sostener dinámicas que parecen una transacción. Hay curiosidad por conocer a alguien, aunque también una defensa creciente del derecho a no estar buscando todo el tiempo.

Quizá la llamada epidemia de soledad no sea solo una crisis de cantidad, sino también de calidad de conexión. En un mundo donde se puede deslizar el dedo por cientos de rostros en una hora, el valor de un crush singular se ha diluido. La chispa romántica, cuando se fuerza demasiado, pierde parte de su gracia.

Tal vez por eso no tener un crush empieza a sentirse menos como una anomalía y más como una forma de descanso. Un modo de recuperar tiempo, atención y deseo sin someterlos al calendario de las apps ni a las expectativas de una cultura que todavía confunde estar solo con estar incompleto. Quizá el amor necesite precisamente eso: menos urgencia, menos algoritmo y más espacio para aparecer cuando tenga sentido.

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