Hay algo de Tita Cervera en Mata Mua, la joya de la Corona Thyssen. La misma mezcla de exuberancia, misterio y melancolía. Como el paisaje imaginado por Gauguin, la baronesa ha construido durante décadas un universo suspendido entre el artificio y la intuición, entre el lujo y la nostalgia, convirtiéndose ella misma en una prolongación viviente de ese cuadro que coleccionó y terminó encarnando.
La gran dama de la vida cultural española acaba de superar a sus 83 años uno de sus momentos más delicados. Su inesperado ingreso hospitalario, conocido esta semana, ha alertado al ámbito social y cultural español, tanto por el estado de salud de la baronesa como por el simbólico reencuentro familiar alrededor de su figura después de años de desencuentros. La empresaria y mecenas, que fue trasladada de urgencia a una clínica de Barcelona a causa de una neumonía severa, está ya fuera de peligro y recuperándose en su residencia de la Costa Brava.

La inquietud que ha despertado este episodio de salud nos lleva a repasar la fascinante vida de Tita Cervera, una biografía que recorre épocas, clases sociales y mundos aparentemente incompatibles sin llegar nunca a instalarse del todo en ninguno. Reina de la belleza en la España gris de comienzos de los sesenta, viuda de un actor de Hollywood, esposa del barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza, coleccionista de arte, negociadora con ministros, protagonista habitual de la prensa del corazón y figura decisiva en la historia cultural española contemporánea, Tita se ha encontrado siempre en el punto exacto donde se cruzan el dinero, los afectos, el prestigio y el espectáculo.
Esta mujer de melena rubia cuidadosamente despeinada, teatral y, sobre todo, negociadora feroz, modificó el mapa de la cultura del España. Y lo sorprendente es verla inaugurando un museo por la mañana y por la tarde ocupando en las páginas del corazón.
Su llegada a la élite cultural
Su historia comienza en la Barcelona de la posguerra, en una familia acomodada y cosmopolita donde el arte ya formaba parte de su vida cotidiana. Su padre, ingeniero y empresario, coleccionaba pintura catalana. Su educación transcurrió entre colegios internacionales, idiomas y una idea muy europea de la sofisticación. Mucho antes de convertirse en “la baronesa Thyssen”, Tita ya había aprendido cómo moverse entre élites sin parecer intimidada por ellas.
En 1961 ganó el título de Miss España. Aquella victoria fue mucho más que un episodio de belleza nacional. En la España franquista, los certámenes funcionaban como una puerta de salida hacia una modernidad aspiracional y glamourosa. La joven catalana pasó de las fotografías de agencia a los circuitos internacionales, y de allí a Hollywood.

Su matrimonio con el actor Lex Barker, el Tarzán elegante del cine americano, la introdujo en una vida nómada y brillante entre California, Italia y Suiza. Durante esos años aprendió el lenguaje internacional de las celebridades: las fiestas, los hoteles, los fotógrafos, la necesidad de representar siempre una versión mejorada de sí misma. También conoció la fragilidad de ese mundo. Barker murió en 1973 y dejó a Tita frente a una realidad menos cinematográfica. La incertidumbre económica, la dependencia de relaciones masculinas poderosas y la conciencia de que la fama, por sí sola, no garantiza estabilidad.
Años después, apareció en su vida Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza. El barón Thyssen pertenecía a una de las grandes sagas industriales europeas y poseía una de las colecciones de arte privado más importantes del mundo. Con él, Tita encontró riqueza, posición social y un sistema entero de poder cultural.
Negociadora implacable
Durante un tiempo se la presentó como una esposa decorativa, una figura glamurosa al lado del gran coleccionista. Sin embargo, Tita comprendió que España necesitaba símbolos culturales modernos y que la colección podía convertirse en uno de ellos.
La llegada del Museo Thyssen a Madrid en los años noventa exigió una implacable negociación política, económica y sentimental. En aquella maniobra confluyeron el Estado español, las ambiciones internacionales de la familia y la habilidad personal de Tita para moverse entre ministros, alcaldes, aristócratas y empresarios. Ella supo ofrecer legitimidad cultural europea, algo que España deseaba desesperadamente tras décadas de aislamiento.

Sin ella es difícil imaginar el actual “triángulo del arte” madrileño. El Prado representaba la tradición histórica; el Reina Sofía, la modernidad crítica; el Thyssen aportó una continuidad internacional que España no tenía. Y aunque el protagonismo institucional recayera muchas veces sobre el barón, quienes participaron en aquellas negociaciones reconocen desde hace años que Tita fue una pieza fundamental para convencer, seducir y desbloquear acuerdos.
Pero la verdadera transformación de su vida llegó con la muerte de Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza en 2002. A partir de entonces dejó de ser la guardiana sentimental de un legado masculino para convertirse en una figura patrimonial autónoma. Ya no era simplemente “la viuda del barón”. Era la propietaria moral, mediática y económica de una parte sustancial del universo Thyssen.
Entre el afecto y la herencia
En esa etapa emergió otra dimensión de su personalidad, la madre. La relación con su hijo Borja Thyssen pasado por reconciliaciones, conflictos públicos y disputas judiciales. Como ocurre en muchas grandes familias patrimoniales, el afecto quedó mezclado con la herencia, la representación y el poder. En el universo Thyssen, las obras de arte nunca fueron únicamente obras de arte, eran símbolos de pertenencia. Discutir por un cuadro equivalía también a discutir por el lugar que cada uno ocupaba dentro de la familia. Las gemelas Carmen y Sabina, nacidas en 2006 por gestación subrogada, completaron un retrato familiar singular. Carmen es la principal sucesora en la gestión del patrimonio y la colección de arte.

El rasgo más humano de Tita es probablemente la imposibilidad de separar la vida privada de la representación pública. Todo en ella parece haber ocurrido ante los demás. Sus matrimonios, sus peleas familiares, sus operaciones financieras, sus apariciones sociales, incluso sus emociones. Durante décadas, España asistió a la construcción de su personaje casi en tiempo real.
Y, sin embargo, debajo de esa exposición constante aparece una figura mucho más resistente de lo que sugieren las crónicas menos generosas y con una capacidad única para no rendirse nunca. Ella misma lo ha repetido en varias entrevistas recientes, especialmente al hablar del futuro museo de Barcelona, quizá el proyecto más íntimo de su vida. Después de haber repartido su historia entre Madrid, Málaga, Suiza o la Costa Brava, quiere cerrar el círculo en su ciudad natal.

Madrid, Málaga, Sant Feliu de Guíxols, Andorra y ahora Barcelona forman parte de un mapa sentimental y artístico que lleva su firma. Tita entendió mejor que muchos dirigentes públicos que un museo es una máquina de prestigio, turismo, identidad y memoria.
Su historia está llena de ambigüedades y quizá por eso sigue fascinando. Porque nunca encajó del todo en un papel fijo. Demasiado sofisticada para ser solo un personaje de revista del corazón y demasiado mediática para ser aceptada plenamente por cierta élite cultural. Ahí reside precisamente su singularidad histórica, en haber convertido su propia vida, con todas sus contradicciones, en una de las grandes narraciones sociales y culturales de la España contemporánea.

