Cecilia Ramírez lleva más de quince años trabajando con comunidades indígenas. Mujer mixteca de Oaxaca, México, ha participado en proyectos educativos, ejercido como alfabetizadora en lenguas indígenas y contribuido a crear una biblioteca comunitaria para niños y jóvenes.
Ahora, desde el Foro Internacional de Mujeres Indígenas (FIMI), Ramírez celebra el reconocimiento oficial por Naciones Unidas del Día Internacional de las Mujeres y las Niñas Indígenas, una fecha que llevaba décadas conmemorándose, especialmente en América Latina. Para ella, supone reconocer el papel que han desempeñado estas mujeres para “sostener la vida, para sostener nuestra cultura, la lengua, la tierra”.
El reconocimiento, no obstante, tiene límites. Ramírez explica que la resolución posee fundamentalmente un valor simbólico y no impone obligaciones a los Estados. Eso no significa, sostiene, que los gobiernos puedan ignorarla sin consecuencias, aquellos que no la asuman ni la den a conocer estarán también retratando su posición ante una reivindicación que ha llegado ya a Naciones Unidas.

Menos financiación para las organizaciones
Convertir el reconocimiento en medidas concretas es precisamente una de las prioridades de FIMI. Entre ellas se encuentra conseguir que la financiación llegue directamente a las organizaciones de mujeres indígenas y que sean ellas quienes decidan cómo emplearla.
Ramírez defiende un modelo alejado de una relación vertical entre financiador y beneficiario. Las organizaciones establecen sus proyectos en función de sus propias necesidades y contextos, mientras FIMI aporta recursos y acompañamiento. A cambio, recuerda, las comunidades contribuyen con conocimientos ancestrales, estructuras organizativas y experiencia.
Pero el escenario se ha complicado. “Los últimos dos años la financiación ha reducido”, señala Ramírez, que asegura que el problema afecta de manera general a organizaciones dedicadas a los derechos humanos. La integrante de FIMI relaciona esta situación también con transformaciones geopolíticas y cambios de orientación política en distintos gobiernos. El resultado, explica, es un cierre de vías de financiación que obliga a las organizaciones a preguntarse cómo continuar su trabajo con recursos cada vez más escasos.
Desigualdad, violencia y cambio climático
La falta de recursos se suma a problemas que atraviesan la vida de millones de mujeres indígenas. Ramírez enumera la discriminación racial y económica, las diferentes formas de violencia y la desigualdad respecto a las poblaciones no indígenas, pero introduce además una amenaza que afecta directamente a la supervivencia de muchas comunidades: el cambio climático.
Los cambios en la tierra están alterando los cultivos y la alimentación y provocando desplazamientos. Abandonar una comunidad, explica, tiene unas consecuencias que van mucho más allá de trasladarse de un lugar a otro. “El territorio es más allá de una pieza de tierra o una delimitación territorial”, subraya. El desplazamiento afecta también a la cultura y a los vínculos sobre los que se construye una comunidad.
Ramírez aborda igualmente las prácticas que vulneran los derechos de las mujeres dentro de determinadas comunidades. Ante esos casos insiste en que deben ser denunciados y rechazados, aunque advierte contra su identificación automática con la cultura indígena. Los cambios culturales, sostiene, requieren también discusiones internas dentro de cada pueblo, sin que ello implique tolerar prácticas que dañen a mujeres y niñas.

Una nueva generación de referentes
Frente a estas dificultades, Ramírez identifica un cambio que ya se está produciendo, las niñas indígenas tienen hoy más mujeres de sus propios pueblos a las que mirar como referentes. Las primeras lideresas que impulsaron una agenda común internacional se convirtieron en modelos para generaciones posteriores.
“Un día yo quiero ser como ella, un día quisiera hablar por mi pueblo como ellas lo hacen”, recuerda Ramírez que decían algunas jóvenes al escuchar a aquellas pioneras. Ese legado, considera, ha permitido que nuevas generaciones puedan imaginarse ocupando espacios antes mucho más difíciles de alcanzar.
Pero introduce una diferencia esencial, el objetivo no debe ser únicamente el ascenso individual. “Es importante no dejar de vernos en colectivo”, afirma. Para FIMI, explica, el liderazgo cobra sentido cuando los avances de una mujer repercuten también en su comunidad.
Cuando piensa en la próxima década, Ramírez espera que los reconocimientos internacionales dejen de medirse por resoluciones y comiencen a hacerlo por sus efectos. Su aspiración es que las leyes y compromisos alcancen las comunidades más remotas y se traduzcan en educación, oportunidades y reducción de la pobreza y la desigualdad. También menciona una preocupación: la acelerada desaparición de hablantes de lenguas indígenas. Dentro de diez años, espera, muchas de las razones que obligaron a las mujeres indígenas a organizarse y reclamar un espacio propio habrán dejado, por fin, de formar parte de su realidad cotidiana.

