León XIV concluía este viernes su visita a España. Siete días en los que ha dejando plazas llenas, un total de 22 discursos y fotografías históricas. En una semana, el Papa ha convertido su viaje apostólico en una radiografía del país y de la Iglesia que lo ha recibido: ha hablado de paz en el Congreso, de pobreza en Madrid, de juventud en la Plaza de Lima, de redención en Brians 1, de caridad en el Raval, de belleza en la Sagrada Familia y de migración en Canarias. Y, además, ha dejado una imagen menos evidente, pero fundamental para el funcionamiento de la Iglesia como institución: la de muchas mujeres que han sostenido desde dentro una organización extremadamente compleja. Entre ellas, han estado al frente, entre muchas otras, Laura Moreno en Madrid y Enélida Hernández en Gran Canaria.
Esta visita histórica por varias razones, 15 años después de que Benedicto XVI visitase nuestro país por última vez. En primer lugar, porque es la primera vez que un Papa ha pisado por primera vez las islas Canarias. Algo que, aunque era el deseo de Francisco, nunca llegó a concretarse debido a su enfermedad. También porque León XIV ha entrado en una prisión española y ha abrazado a las internas que daban su testimonio, saltándose el protocolo. Además, el Papa ha presidido una celebración en la Sagrada Familia en el año del centenario de la muerte de Gaudí, coincidiendo con uno de los momentos más representativos de la culminación del templo. Y porque, en un país acostumbrado a mirar la religión entre la nostalgia, la sospecha y la batalla política, el Papa ha logrado hacerse escuchar, no solo como líder religioso sino como referente moral. Se consolida, así, su papel contra la polarización y la política del descrédito y la humillación, el cual ya había tomado –al contrario que muchos otros líderes europeos– cuando contestó, hace unos meses, sin pestañear a los ataques de Donald Trump.
La visita empezaba por Madrid. Después de los actos institucionales obligatorios, León XIV dejaba muy claro cuáles eran sus intenciones para este viaje –y quien sabe si también para la Iglesia que ahora dirige– entrando por en el CEDIA 24 horas, el centro de Cáritas Madrid que atiende a personas sin hogar. Y es que el Papa ha querido, durante todo este viaje, antes de encontrarse con multitudes, mirar a quienes muchas veces no aparecen en ninguna multitud. Allí recordó que, para un cristiano, “no es posible olvidar a los pobres”.

Después llegaron los jóvenes, los voluntarios, las víctimas de abusos, los presos, los migrantes, las personas acompañadas por entidades sociales, los barrios marginales, los puertos marcados por la llegada de cayucos y los centros de acogida. España ha enseñado al Papa sus grandes símbolos, pero también sus grietas: aquellas donde la Iglesia se hace presente cada día y para la cual esta visita del Papa ha servido como revulsivo y como confirmación de que están en el camino correcto. Se ha visto en las cifras: millones de personas junto al Papa en la vigilia con jóvenes, la misa del Corpus en Cibeles, el encuentro en el Bernabéu y el acto con los voluntarios en IFEMA, que han mostrado que la Iglesia española, aunque envejecida, tensionada y atravesada por debates internos, conserva una gran capacidad de movilización que ni mucho menos está agotada.
Pero a León XIV no solo le han escuchado los que han acudido a estos actos. Sus mensajes han trascendido, sus cortes se han compartido en redes sociales y repetido de forma innumerable en los medios de comunicación. En el Congreso de los Diputados, uno de los momentos más delicados del viaje, ha hablado de polarización, de paz, de diálogo y de la tentación de convertir al adversario en enemigo. Ha defendido la vida de principio a fin y ha hecho, sobre todo, un llamamiento a la coherencia muy diferente a lo que se suele ver en el hemiciclo. Y es que, en un Congreso acostumbrado a la política del ataque, el Papa ha advertido acerca del daño que pueden hacer las palabras. Ha insistido en la paz, en que la palabra “migrante” no puede convertirse en un arma arrojadiza y que la dignidad humana ha de defenderse por encima de todo.

Un discurso que servía a los partidos, por otro lado, para que cada uno hiciera –a su manera– suyas las palabras del Papa. Pero lo cierto es que, pese a que algunos no quieran verlo, lo que ha mostrado León XIV con sus palabras a lo largo de todo el viaje es una clara continuidad con Francisco, pero con un estilo distinto. Si el papa argentino se caracterizaba por su carisma y por su facilidad para dejar eslóganes en cada uno de sus viajes –desde el “¡Hagan lío” hasta el “Todos, todos, todos”–, León XIV muestra un estilo más sereno. Ha hablado con calma, pero ha dicho cosas realmente muy duras, especialmente en Canarias, donde se ha dirigido directamente a los traficantes de personas y a las víctimas de trata: “si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable”.
Ha puesto, así, nuevamente sobre la mesa la cuestión migratoria en la frontera sur de Europa. Ha reclamado tanto la dignidad del que llega como el derecho a no tener que migrar, y, sobre todo, ha puesto rostro a quienes migran, más allá de las cifras, y ha mostrado su respeto y dolor por las miles de personas que han muerto en el mar en la ruta atlántica. Con la visita del Papa, Canarias se ha resituado en el mapa internacional no como periferia española, sino como lugar donde se mide la humanidad de todo un continente.
También en Barcelona la visita ha tenido dos caras: la belleza y la herida. La Sagrada Familia ha cambiado para siempre la historia y el perfil de Barcelona con la inauguración de la torre de Jesús. Sin embargo, ese mismo día León XIV había visitado Brians 1 y a aquellos que, desde su encierro, no pueden acercarse a la belleza. Allí vimos uno de los momentos en los que el Papa se ha saltado el protocolo. Uno de ellos, porque si de algo le ha servido este viaje a León XIV ha sido para reencontrarse con Robert Francis Prevost, el misionero que fue. El hombre que se recorrió el mundo –también España– muchas veces solo en un coche, ahora lo hace con lo protocolario que su papel requiere, pero con la posibilidad, nuevamente, de improvisar sus palabras, de reír, de tocar y acercarse a la gente. Algo que, durante su primer año de pontificado no ha podido hacer.

Para la comunidad internacional, estos siete días en los que el Papa ha estado en el país, España ha funcionado como escenario europeo de tres debates globales: la polarización democrática, la migración y la capacidad de la religión para seguir hablando en sociedades secularizadas. León XIV ha llegado a un país donde la religión ya no estructura mayoritariamente la vida social, pero donde todavía tiene una red inmensa de colegios, parroquias, hospitales, comedores, proyectos de acogida, voluntarios y comunidades que esta semana han sido más visibles que nunca.
Sin embargo, parece que ha habido una realidad que el Papa no ha mencionado: la de las mujeres en la Iglesia. Sí es cierto que León XIV denunciaba en Barcelona, por primera vez, la violencia de género. Algo que, tal como subrayó el pontífice, “tiene raíces antropológicas y culturales” y que “estamos llamados” a combatir. Pero, tal como señalaban ayer desde la Revuelta de Mujeres en la Iglesia, echaban de menos que el Papa dialogase con los feminismos durante esta visita. Más aún después de haber dado carpetazo “por el momento” a la cuestión sobre el diaconado femenino.

A pesar de esto, lo que sí ha ocurrido es que han sido muchas las mujeres que han hecho posible esta visita. Más allá de las cientos de voluntarias y trabajadoras, en Madrid, Laura Moreno ha tenido un papel clave en el área pastoral y en el diseño de contenidos, especialmente en el encuentro con los jóvenes; y en Gran Canaria, Enélida Hernández, vicecanciller de la diócesis de Canarias y responsable de coordinar la jornada en la isla, ha simbolizado otra forma de liderazgo: discreto, pastoral, organizativo y profundamente arraigado en la vida real de la Iglesia.
No han sido las únicas. En los comités, equipos de comunicación, secretarías, áreas pastorales, acreditaciones, logística y voluntariado han trabajado muchas mujeres. Algunas han aparecido en pantalla, mientras que otras –la mayoría– han sostenido la visita desde atrás. Pero el resultado no se puede negar: la Iglesia en España que ha recibido al Papa no se entiende ya sin mujeres que coordinan, deciden, organizan, comunican, leen, acompañan y dan forma concreta a la misión. Este viaje, en definitiva, ha mostrado una hoja de ruta donde la solidaridad, la dignidad humana y la no polarización son la base. Queda, ahora, por ver qué queda al apagarse los focos.

