Con la inmensidad del océano Atlántico como telón de fondo y el aroma inconfundible de las strelitzias —las icónicas aves del paraíso que adornaban el altar—, el Papa León XIV se ha despedido este viernes de España. La Explanada Portuaria de Los Llanos, en Santa Cruz de Tenerife, se transformó en una inmensa catedral al aire libre para acoger la celebración de la Eucaristía en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Ante una multitud que desbordó las previsiones, el pontífice puso el broche de oro a un viaje apostólico marcado a fuego por el drama migratorio y la exigencia de una humanidad compartida.
La brisa del puerto tinerfeño mecía el mantel del altar, primorosamente confeccionado para la ocasión por las monjas del monasterio de Santa Clara de La Laguna. De sus manos salieron también las casi 40.000 formas consagradas que daban cuenta de la magnitud del evento. Frente a ese mar de fieles, el Santo Padre pronunció una homilía con un hondo calado existencial y social, utilizando la propia línea del horizonte como gran metáfora moral: “Frente a nosotros el mar evoca el infinito, y así lo hace también el cielo; pero infinito es sobre todo el deseo que une el corazón de Dios a tantos corazones humanos”.

León XIV, que horas antes había mirado a los ojos a los supervivientes de los cayucos en el campamento de Las Raíces, quiso dejar claro que la insularidad geográfica jamás puede justificar el aislamiento espiritual o político. En una de las frases más potentes de la jornada, resonando a través de la megafonía del recinto portuario, el Papa sentenció: “Ningún ser humano es una isla; la ubicación geográfica de esta diócesis y los desafíos pastorales que la comprometen atestiguan que hemos nacido para el encuentro y que no hay obstáculo, distancia, peligro o amenaza que pueda impedir a cada uno su viaje”.
Un toque de atención al modelo turístico
Pero el pontífice no limitó su mensaje a la frontera sur. En un giro que interpeló directamente al motor socioeconómico del archipiélago, León XIV alertó sobre el agotamiento vital que produce una sociedad orientada exclusivamente al lucro. Hablando a una isla que recibe anualmente a millones de visitantes, el Papa lanzó una advertencia directa al modelo turístico: “Qué importante es, especialmente para quien se deja orientar por el Evangelio, no reducir todo a comercio y beneficio”.
Citando el magisterio ecológico de su predecesor, recordó el grave desequilibrio que sufren quienes viven “en una prisa constante que a su vez las lleva a atropellar todo lo que tienen a su alrededor”, y pidió a los canarios que interpreten su histórica vocación a la acogida turística desde el encuentro real entre personas, deteniendo el ritmo frenético para “valorar cada persona y cada cosa” con la máxima de “disminuir las necesidades insatisfechas y reducir el cansancio y la obsesión”.

Ese llamamiento a frenar la maquinaria implacable del mundo para escuchar a los “pequeños” cristalizó magistralmente cuando el Papa reivindicó la figura de las personas más frágiles de la sociedad. Insistiendo en su mensaje de Arguineguín, pidió desterrar cualquier atisbo de paternalismo a la hora de abordar la migración: “La gracia más grande es que nos dejemos evangelizar por aquellos a quienes socorremos, que reconozcamos la misteriosa sabiduría de Dios escrita en su misma carne”, proclamó, recordando que aquellos que han sobrevivido a la intemperie atesoran una sabiduría de la que el acomodado primer mundo tiene aún mucho que aprender.
Una coreografía litúrgica con acento canario y migrante
El eco de esa Iglesia universal y diversa se materializó en una coreografía litúrgica cuidada hasta el último detalle, donde el acento canario se fundió con los rostros de la migración. A los pies de la imagen de Nuestra Señora de la Candelaria descansaban dos relicarios de un valor incalculable: los del Santo Hermano Pedro —en el año en que se conmemora el cuarto centenario de su nacimiento— y el de San José de Anchieta, los dos grandes misioneros isleños que un día partieron hacia América.
Durante la oración de los fieles, las voces de las islas se intercalaron con las de quienes llegaron buscando refugio. Así, junto a laicos laguneros y consagrados, el mundo escuchó rezar a Hannah Isabel, originaria de Filipinas, a la venezolana Tibisay, y a Abibo, un joven católico de Guinea Bissau acogido por la Fundación El Buen Samaritano.

El momento del Ofertorio tiñó el altar de color, tradición y universalidad. Varias familias se acercaron con las ofrendas, destacando un herreño y un gomero portando el vino, acompañados por una tinerfeña y un palmero ataviados con celo con los trajes típicos de sus respectivas islas. Junto a ellos caminaba la Madre Irma Cecilia, llegada expresamente desde Colombia como superiora general de las Hermanas Betlemitas, demostrando que la semilla del Hermano Pedro sigue viva en doce países del mundo.
Cuando llegó el momento de la Comunión, la cuidada logística vaticana y diocesana desplegó una imagen inédita en la explanada de Los Llanos. Alrededor de 300 ministros extraordinarios se desplegaron desde las catorce carpas eucarísticas distribuidas por todo el recinto. Para que los fieles pudieran localizarlos entre la inabarcable multitud que abarrotaba el puerto, cada ministro se situaba bajo un impecable paraguas blanco que ondeaba sobre las cabezas, dibujando un mapa de puntos de luz en medio de la asamblea.
El adiós a España
Finalizada la liturgia, el Papa León XIV quiso plasmar su agradecimiento inmortalizando la histórica jornada con un regalo imperecedero. El cáliz con el que celebró la Eucaristía, a diferencia de los históricos vasos de la Catedral lagunera utilizados por los concelebrantes, no regresará a Roma. El pontífice se lo entregó personalmente al obispo nivariense, monseñor Eloy Santiago, para que quede custodiado en la diócesis como testimonio perpetuo del día en que el sucesor de Pedro abrazó el dolor y la esperanza de las Islas Canarias.
“¡Abran a todos este mar de amor! Es mi deseo y mi oración para ustedes y para todos aquellos que encuentren en su camino”, se despidió el Papa, bendiciendo por última vez a una tierra que hizo suya.
Tras la celebración, visiblemente emocionado y agradecido por las incesantes muestras de cariño, el pontífice emprendió su último trayecto en suelo español hacia el Aeropuerto Internacional de Tenerife Norte-Los Rodeos. Allí, a primera hora de la tarde, una solemne y cálida ceremonia de despedida presidida por el Rey Felipe junto a las autoridades canarias oficializó su partida en avión de vuelta a Roma. El Papa se marcha, pero sus palabras siguen resonando con la fuerza de los alisios en los muelles de Canarias: un exigente y doloroso examen de conciencia que Europa ya no podrá fingir que no ha escuchado.

