He vivido muchos duelos. Puede que el más terrible sea el de la muerte de unos padres, aunque también se sufre con la de los buenos amigos.
No es el único pesar. Este proceso psicológico puede darse por varios motivos. Por ejemplo, cuando se acaba una relación amorosa, cuando alguien te decepciona enormemente o cuando llega una enfermedad en la que el cuerpo te pide tiempo para procesar y digerir los cambios.
Hay de varios tipos, pero todos tienen en común esa pátina reseca de tristeza. Yo no me he librado de ninguna de esas situaciones y pensaba que ya había tenido bastantes. Estaba equivocada, ahora me toca lidiar con la ausencia.
Mi hijo se ha ido a trabajar al extranjero. En España es cada vez más difícil arrancar. No hay vivienda que los jóvenes se puedan permitir sin estar hacinados y los trabajos que se ofrecen suelen ser abusivos y precarios. Por eso, algunos hacen las maletas y se alejan de sus familias.
Recuerdo mi primer contrato, con una empresa de trabajo temporal, en el que me pusieron que era ordenanza y que estaba para llevar y traer cafés, además de hacer fotocopias. No eran mis funciones. La verdad es que estaba publicando artículos en una revista y me daba igual lo que me llamasen. Sabía que era la forma de empezar y que con paciencia iría escalando puestos. Había un futuro por delante. Pero ahora ya no es así. Creo que lo peor de todo es que en la actualidad hay una generación a la que se le ha arrebatado esa esperanza.
Así que estoy convencida de que la aventura que ha emprendido es la mejor, aunque yo vaya llorando por las esquinas. El otro día vi ‘La Odisea’, la adaptación que ha hecho Christopher Nolan del clásico de Homero, y ya me lo imaginaba luchando contra el cíclope, los lestrigones, escapando de Circe o tratando de evitar los cantos de sirena… Sólo espero que tarde menos que Ulises en volver a Ítaca.
Ya es un hombre. No va a tener clases en septiembre, se acabaron los veranos eternos y la protección de sus padres. En lo que a mí respecta, sé que la aflicción que me invade no es simplemente por su partida. Soy consciente de que se ha acabado una etapa y las tornas han cambiado. Antes él me necesitaba, ahora le necesito yo a él.
En mi casa se extiende eso que llaman el síndrome del nido vacío. Le echo de menos en los más simples detalles. Ya no escucho el ruido de las llaves abriendo la puerta de entrada, no hay roces de convivencia, no hay platos en el fregadero, pongo menos Filmin y hasta se ha visto modificada la cesta de la compra. De pronto, hay un orden inquietante. El silencio me parece más profundo, el baile de las rutinas se rompe y desaparece toda la compañía que me hacía.
Los expertos dicen que este estado acarrea sensación de pérdida, soledad, vacío o nostalgia persistente. Hay que adaptarse y esperar a que se vaya transformando el vínculo.
El amor infinito es dejarle marchar, dejarle crecer, dejarle aprender, dejarle cometer sus propios errores. Es aquel que abre los brazos y permite al otro volar. No hay que cuidar sino acompañar.
En ‘Principio, medio, fin’, uno de los mejores libros que he leído este verano, la protagonista cuenta así la relación que tiene con su pequeña: “Pensamos que lo que le damos a nuestras hijas es algo así como una estafeta en una carrera de relevos. Les pasamos lo que tenemos para que ellas continúen su camino solas, pero con más herramientas, y tal vez gracias a eso puedan tener mejores vidas, tomar mejores decisiones. Nos deslizamos con ellas bajo el agua, deslizamos el dedo índice bajo la línea de una frase leída en voz alta, les enseñamos los ritmos, las respiraciones, las palabras, las técnicas, para que luego sigan escribiendo su vida ellas mismas. Pero rara vez consideramos el proceso inverso. Mientras pensamos que les estamos enseñando a leer y escribir el mundo, nuestras hijas nos están siempre, también, leyendo y reescribiendo a nosotras”.
Da igual el género. El papel que tenemos es el mismo. Nosotras, las madres, descubrimos un nuevo universo a través de sus ojos y nos vamos modulando.

