El mundo del rock es machista; el mundo del pop es machista; el mundo del tecno es machista (y el del techno también). Los festivales de música son machistas, como lo son las ticketeras, el heavy metal, y el reguetón (este el que más, supongo). La música popular es, fue, y será machista. Ahora bien, las críticas a Amaia Montero no son (necesariamente) machistas.
Amaia Montero saltó a la fama en 1998, al mismo tiempo que La Oreja de Van Gogh sacaba a la calle su primer álbum de estudio, titulado Dile al sol. Fue una apuesta de Sony Music por una banda que sonaba y pintaba como los grandes del Donosti Sound (Le Mans, Family, La Buena Vida, Las Aventuras de Kirlian… y, si quieren, metemos a Niza; yo encantada): melodías suaves, letras naifs, pinta de tener un tío con apellido compuesto en Santander, y de que en el Casco Viejo de San Sebastián – así como en Beltza Records- no se atrevían a adentrarse. Las solistas (casi siempre mujeres) cantaban “muy despacio y muy bajito”, y se vestían con merceditas, se colocaban un broche de un gatito hecho de fieltro, y llevaban corte de pelo bob. Es decir, eran Teresa Iturrioz antes de ser ingeniera. Pero Amaia Montero estaba – y está – a años luz de Teresa Iturrioz (Teresa Le Mans) en muchos aspectos. La voz de Amaia, rasgada y algo nasal, era más comercial que la de Teresa, que es elegante hasta estornudando.

Rasgada era también la voz de Irantzu Valencia, pero se proyectaba con menos energía en las bellísimas canciones de La Buena Vida. Aquel Dile al sol apareció en topas las radios no sin la machachona insistencia de la discográfica (eso me contaron en su día dos periodistas musicales que se negaron a pinchar aquel primer disco) y Amaia Montero se convirtió en una estrella. Era lo que por aquellos entonces había que ser en el pop: mona. El público, cierto público, la bautizó como “la obesa de Van Gogh”. Cierto cantautor dijo que en la discográfica se hablaba más de cómo hacer que Amaia adelgazara que del propio disco que lanzaba en aquel entonces (2006, si no recuerdo mal). Pero Amaia no estaba gorda, solo tenía la cara redonda.
La voz de Amaia, sin ser virtuosa, tenía algo de envolvente; siempre en primer plano en las canciones, cantadas sin exceso ni birlibirloque. Por eso estaba ya lejos del Donosti Sound, término que el grueso de sus fans jamás ha escuchado. Soñaré era una canción para todo el mundo, cosa que no era – ni pretendía – ser Un actor mexicano.

Amaia, con fama de difícil, se separó del grupo en 2007, y Amaia Montero, que durante dieciocho años cantó impecable el repertorio de LODVG, el viejo y el nuevo ( a partir de A las cinco en el Astoria). Leire, más académica, nunca fue del todo percibida como “auténtica” integrante de la banda. Y lo que pasó en 2025 ya lo saben: puñalada por la espalda a Leire en cuanto Amaia asomó la cabeza en aquel concierto de Karol G, cuidada y con vestido evasé corto de la firma Maje, tan francesita, tan chic, tan “yo nunca he roto un plato”. El público se vino arriba; Amaia parecía lejos de aquel selfie disfuncional que colgó en redes, y de su mítico “Ni protagonismo ni hostias, me ha llamado gorda y punto”. Amaia Montero contra Malú… Godzilla contra Mothra: gane quien gane, estamos jodidos.

Y, tras un estreno de postín sin “vestido reveal” en el especial Nochevieja de TVE, Amaia volvió junto a sus antiguos compañeros (y sin Leire) para presentar un tema que, la verdad, se podían haber ahorrado. Fue el aperitivo de la gira que arrancó la semana pasada, y que ha sido y será polémica, porque Amaia quizás se haya recuperado del infierno (el de la salud mental, por supuesto), pero la voz se la ha debido de dejar allí, porque el debut ha dejado mucho que desear. Y es aquí donde descubro, estupefacta, que decir que Amaia ha cantado mal es machista. Si esto fuera un “category is: karaoke a las tres de la mañana”, sería el desempeño vocal perfecto, pero dudo que eso fuera lo que se le prometió a un público que ve lógico y normal que un grupo de pop se mueva en el escenario como si estuvieran tocando rock duro.
Para defender a Amaia se esgrimen los nombres más variados: Nacho Vegas, Iggy Pop, Joaquín Sabina. Lo que pasa es que Vegas es cantautor, Iggy es punk, y lo de Sabina es una vergüenza. La gente se queja cuando un concierto es malo, cuando se toca mal, se canta mal, y todo suena mal, a no ensayado o a improvisado. No quiero atacar a la mujer llamada Amaia Montero; esto va de hacer bien un trabajo por el que estás cobrando, de dar unos conciertos para los que miles de personas se han dejado un buen dinero. Esto trata de ser profesional. Antes de ponerse a vender entradas, en LODVG ya sabían lo que había. Suerte tienen de que su público quiera cantar en vez de escuchar, y suerte tiene Amaia de que un grupo con tanto recorrido ya esté por encima del bien y del mal, porque a Amy Winehouse y a Whitney Houston (que sí que eran divas, geniales y virtuosas) las abuchearon en sus conciertos por cantar solo un poco mejor que ella en esta gira. El único listo, Benegas, que ha puesto pies en polvorosa antes de que supiéramos que esta gira, así planteada, no era buena idea.
