Nostalgia colectiva, emoción, presión… La vuelta de Amaia Montero a los escenarios reunía todos los ingredientes para ser uno de los mayores acontecimientos del pop español reciente. Sobre todo, porque reabre una puerta que creíamos cerrada desde hacía casi dos décadas, su reconciliación artística con La Oreja de Van Gogh.
Cada cierto tiempo reaparecían rumores sobre un posible regreso al grupo, fotografías ambiguas o mensajes nostálgicos que alimentaban una posibilidad que parecía imposible y, precisamente por eso, irresistible. En julio de 2024 apareció inesperadamente junto a Karol G en el estadio Santiago Bernabéu para cantar “Rosas”. Aquel cameo tuvo un impacto emocional enorme. El público sintió que Amaia podía volver de verdad. El mundo cultural vio en ese momento el detonante del regreso definitivo.

El anuncio oficial llegó en octubre de 2025 y las entradas se agotaron en horas. La gala arrancó el 9 de mayo con un concierto en Barakaldo ante 30.000 personas. Amaia apareció en el centro del escenario subida a una plataforma elevada, con un mono rosa brillante. Emocionada, vulnerable y consciente de lo que significaba ese escenario. En varios momentos habló abiertamente de los años difíciles. “Bajé al mismísimo infierno, pero aquí estoy”, reconoció.
Catarsis colectiva
Hubo una respuesta emocional gigantesca del público con miles de voces coreando clásicos como “20 de enero”, “Cuéntame al oído” o “Deseos de cosas imposibles” en un ambiente casi catártico. Muchos medios describieron el concierto como una reconciliación colectiva con la memoria sentimental del pop español.
También aparecieron críticas técnicas. Algunos asistentes y críticos señalaron desafinaciones, nervios evidentes y cierta fragilidad vocal en momentos del concierto. Eso abrió un debate bastante duro en redes sociales sobre si Amaia estaba preparada para afrontar una gira tan exigente después de años complicados a nivel personal y profesional.
Lo más significativo quizá ha sido cómo ha reaccionado ella a esa presión. Lejos de desaparecer o cancelar conciertos, respondió con un comunicado muy sereno donde negó sentirse derrotada y reivindicó el derecho a volver desde la vulnerabilidad. Explicó que había aprendido a protegerse del ruido exterior y aseguró sentirse feliz, fuerte y orgullosa de lo vivido en Bilbao.
Amaia no ha vuelto convertida en una estrella, sino exponiendo sus cicatrices, nervios y sensibilidad. Sus últimas declaraciones transmiten claramente una sensación de reconstrucción personal y de mayor estabilidad respecto a los años más duros que ella misma ha descrito públicamente. El hecho de verbalizarlo delante de miles de personas ya indica una posición menos defensiva y más reconciliada con lo vivido.
Menos frágil ante la crítica
Desde fuera nadie puede diagnosticar su estado psicológico real, y menos aún convertir una reaparición pública en una prueba concluyente. Lo que sí se percibe es que Amaia ha vuelto con voluntad de exponerse, capacidad para desnudar su alma y una actitud menos frágil frente a la crítica.
Que se haya cuestionado la continuidad de la gira dice mucho menos sobre la viabilidad real del tour que sobre el nivel de expectación y de dureza que la rodea. Después de casi dos décadas fuera de La Oreja de Van Gogh, habíamos idealizado su retorno. Había demasiada presión emocional. Sin embargo, pasamos muy rápido de “el regreso más esperado del pop español” a analizar cada fallo vocal casi como una prueba definitiva sobre su estado personal.
El público pide vulnerabilidad y autenticidad, pero muchas veces tolera mal verlas en directo. No significa que la gira vaya a ser fácil. Una cosa es regresar emocionalmente y otra soportar 30 o 35 conciertos con la presión acumulada, la exigencia vocal y la conversación en redes. El gran desafío probablemente sea psicológico y energético: protegerse de una exposición feroz mientras vuelve a acostumbrarse a un escenario gigantesco.
Mucha gente no espera perfección técnica. Lo que desea es reencontrarse con una voz ligada a una etapa emocional de su vida. Eso no elimina la exigencia profesional, pero sí cambia bastante la naturaleza del vínculo entre artista y público.
