Opinión

Morir tan cerca

CEUTA (ESPAÑA), 31/07/2026.- Una inmigrante en la playa junto al paso fronterizo del Tarajal en Ceuta este viernes, donde se han registrado violentos enfrentamientos en los perímetros fronterizos durante su intento de acceder desde Marruecos hacia Ceuta y Melilla. EFE/ Reduan Dris
Una inmigrante en la playa junto al paso fronterizo del Tarajal en Ceuta este viernes.
EFE/ Reduan Dris
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Nos dicen, nos insisten a quienes no nos gusta el deporte, que este enseña la muy concreta lección de que el esfuerzo sirve para algo. Si entrenas más que ayer, o corres unos segundos más rápido hoy o perfeccionas miles de veces un mismo gesto la recompensa quizá no sea inmediata, pero llegará. Nunca he comulgado del todo con esa forma de entender el mundo basada en la confianza casi infantil de que el trabajo recibe un premio correspondiente, y puede que por eso la muerte de Faten Ben Amar me resulte tan devastadora.

Tenía diecinueve años; desde mi edad, casi una cría. Jugaba en el Magreb Atlético Tetuán y la consideraban una de las jóvenes promesas del fútbol femenino marroquí. No murió en un accidente de tráfico con su deportivo de lujo, ni fulminada súbitamente sobre el terreno de juego, las muertes habituales que roban esas jóvenes vidas; Faten intentaba alcanzar Ceuta a nado. Su club explicó después que buscaba un futuro mejor, una oportunidad distinta, una vida que creyó posible al otro lado del mar. Quién y por qué la empujó a ello es algo que debería despejarse cuando antes.

Ese mismo cuerpo que entrenaba para que le abriera una puerta en el deporte, Faten lo utilizó como pasaporte. Todos los años de disciplina, sacrificio, de partidos, de esfuerzo y de ilusión desembocaron en la desesperada decisión de confiar su destino a unas brazadas en ese Estrecho que no perdona errores ni deja de cobrarse cada precio que exige.

Y, hartos como estamos de escuchar el lenguaje de la geopolítica para entender un fenómeno complejo, con mil razonamientos racionales y jurídicos, ninguno de ellos explica por qué una chica de diecinueve años, con un equipo, unas compañeras y un horizonte deportivo, decide echarse al agua. Es posible que solo se entienda desde la euforia colectiva, la inmortalidad que se abraza a los diecinueve años, el puro desconocimiento del peligro, la confianza que sobra y el cálculo que falla. Pero antes de que Faten se convierta en una mera cifra, quisiera recordarla con su nombre, su edad, su rostro único. Imagino a esa chavala acostumbrada a levantarse para entrenar, que confiaba en el siguiente partido, a la que habían enseñado que el futuro podía ganarse con constancia. ¿A quién tendría como referente? ¿A Lamine Yamal, quizás, otro chaval de diecinueve años, con sus mismas raíces, reluciente ganador de un Mundial que se disputó apenas ayer?

Los nombres cambian, las edades cambian, los países de origen cambian. Ya nos hemos acostumbrado a que en la frontera sur de España (y de Europa; no olvidemos ninguno de estos dos datos) viva así, en una tensión insoportable. Llegarán más intentos de cruce, más cuerpos recuperados. Unos días de conmoción. Después, silencio. Como el verano trae incendios o el otoño lluvias devastadoras, cada cierto tiempo alguien morirá en el intento de alcanzar nuestras costas.

No deberíamos acostumbrarnos nunca.

Y claro, por supuesto que existen razones legítimas para controlar las fronteras o para ordenar la inmigración. Y obviamente, se deben tomar todas las medidas necesarias para ello. Lo que no puede permitirse es que por miedo, por autopreservación, perdamos la capacidad de estremecernos cuando una vida se quiebra ante de nuestros ojos.

Se llamaba Faten Ben Amar y muy pronto nos olvidaremos de ella.

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