Con la llegada masiva de migrantes a las costas de Ceuta, ha vuelto a destacarse el concepto de “guerra híbrida”, un mecanismo de conflicto utilizado esencialmente por estados autoritarios para desestabilizar a estados rivales mediante técnicas de conflicto no convencionales, que evitan el uso de Fuerzas Armadas para avanzar intereses estratégicos.
Países como Corea del Norte, Rusia o Bielorrusia son, junto a Marruecos, algunos de los ejemplos más destacados en el uso de esta estrategia. La “guerra híbrida” pasa por el uso de herramientas de presión económica, migratoria, ataques cibernéticos o campañas de desinformación para debilitar al rival. La consecuencia inmediata es fomentar agitación y división social en el enemigo, sin la necesidad de entrar en un escenario de guerra convencional.

Desde comienzos del siglo XXI, la OTAN y la UE han denunciado este mecanismo como un concepto para describir acciones “por debajo del umbral de guerra” de actores como Rusia, Irán, Corea del Norte o China. En 2021, Bruselas calificó como “ataque híbrido” el uso instrumental de migrantes por parte del régimen bielorruso en la frontera con Polonia y Lituania.
Las técnicas de Kim Jong Un
Uno de los dictadores que mejor ejemplifica esta táctica es Kim Jong Un, el líder coreano que combina un programa nuclear y balístico junto a campañas de propaganda y ciberataques para presionar a Corea del Sur y su alianza con Estados Unidos. Con cada ensayo de disparos de misiles o pruebas de armas atómicas, se renuevan las amenazas apocalípticas contra su vecino del sur y se busca reforzar la narrativa interna de país asediado, que busca con sus amenazas obtener relajaciones de las sanciones económicas impuestas por Washington.

Vladimir Putin es, sin duda, otro de los grandes actores que opta por la “guerra híbrida” en los conflictos en los que forma parte directa o indirectamente. De hecho, durante el procés independentista en Cataluña se acusó al Kremlin de fomentar campañas de propaganda para debilitar internamente a España durante tiempos de alteración civil.
La desinformación de Putin
Moscú ha combinado el uso de fuerzas regulares, mercenarios, milicias locales, operaciones de inteligencia, campañas de desinformación, injerencia electoral y presión energética en países como Georgia, Ucrania, Siria o estados de África. En Europa y EE UU, el Kremlin ha impulsado campañas de desinformación y operaciones de influencia en redes sociales y medios, buscando polarizar sociedades, erosionar la confianza en las instituciones y debilitar a la OTAN.

Rusia también optó por el uso del gas y el petróleo como herramientas de presión sobre países dependientes, lo que transformó el mercado energético en un campo de batalla político. Esta combinación hace de Rusia uno de los grandes “exportadores” globales de guerra híbrida. Durante los primeros compases de la invasión en Ucrania, la mayoría de países europeo optaron por no adquirir recursos energéticos rusos como respuesta.
Su gran aliado Aleksandr Lukashenko, dictador de Bielorrusia, demostró que los flujos masivos de inmigrantes son otro potente mecanismo de “guerra híbrida”. Minsk facilitó la llegada masiva de refugiados de Oriente Medio, que fueron redirigidos a las fronteras de Polonia, Lituania y Letonia y generaron una crisis humanitaria y reputacional para la Unión Europea. Lukashenko opera como un brazo de extensión de los intereses de Rusia frente a Europa, que permite el despliegue de tropas y armamento de Moscú en su territorio soberano, respalda sus narrativas y fomenta la desestabilización regional.

Antes del rey Mohammed VI de Marruecos, el dictador libio Gadafi ya abrió las puertas para fomentar crisis migratorias hacia Europa. Durante su mandato, ejerció de “gendarme” que ponía en constante peligro las fronteras del sur europeo, facilitando el envío de embarcaciones con migrantes cuando buscaba concesiones diplomáticas y económicas. Durante décadas, Libia combinó apoyo a grupos armados en África y Oriente Medio, ataques terroristas imputados a su aparato de seguridad y una política energética con la que premiaba o castigaba a socios europeos.
Con la reciente llegada masiva de inmigrantes a Ceuta, Marruecos demostró cómo desarrolló en los últimos años una estrategia de diversas “armas” -incluido el escándalo de espionaje con el uso del software israelí Pegasus– para defender sus intereses, especialmente en torno al Sáhara Occidental. Con la relajación de los controles fronterizos, como ya ocurrió en 2021, el reino marroquí logra poner en jaque en cuestión de horas a España. La gran incógnita ahora será comprobar qué interés estratégico busca avanzar Marruecos en una crisis que ya ha desatado todas las alarmas en la Unión Europea.

