Siempre hemos usado la expresión “paliza monumental” para referirnos a las derrotas deportivas. El equipo, el jugador, recibe una monumental paliza a manos de otro u otros. Recuerdo usar la palabra pana para hablar de paliza, pero no la uso desde hace décadas; quizás sea un localismo. Quizás en la infancia y la adolescencia desconocemos el significado pleno de una paliza (deportiva o no). Luego la aprendemos en todo su significado, como tantos otros vocablos que era mejor no entender del todo. Una paliza es algo que le pasa al otro, al que está lejos. Una paliza es lo que pasa en los dibujos animados, esa nube de polvo de la que salen piernas y brazos, y de la que un personaje se escapa reptando mientras los demás siguen peleando sin saber contra quién.
En el fútbol se habla mucho de paliza (no sé si en el golf o en el curling se usa esa palabra). No ha sido el caso de la final del Mundial 2026, donde España coronó un partido bastante aburrido – al menos para mí- con un único gol que desencadenó la ira de un país entero (Argentina) y la alegría de todos los españoles, llegando a provocar un microseísmo con el gol de Ferran Torres.

A mí no me interesa el fútbol más allá de Oliver y Benji. Pero lo que lo rodea sí me parece digno de atención. Tras los encuentros importantes suelo ir a mirar las bajas de la noche anterior, muertos y heridos. La victoria balompédica (como diría Don Pantuflo) suele celebrarse dando golpes al mobiliario urbano. Contraintuitivo, pero real. La cafrería sale a las calles dando voces, rompiendo cosas, haciendo sonar el claxon. La berrea. La debacle. La caída del imperio romano tal cual se vio en la película de Anthony Mann. Actos primarios, atávicos, rituales profundamente ligados a la testosterona asalvajada.
No imagino a nadie celebrando así el triunfo en Eurovisión. El fútbol es el catalizador de la violencia de una sociedad. Si no existiera quizás estaríamos celebrando asesinatos indiscriminados como en la película de La Purga, o celebrando algún tipo de acto sacrificial de naturaleza violenta (entregarle una doncella a un dragón imaginario, cercenar la cabeza de cien recién nacidos, meter a un grupo de adolescentes en una isla a que se maten, o arrojar a los ancianos con demencia senil a los leones). Hay hombres cuya frustración vital es tan grande que basta un torneo deportivo para que saquen a pasear todos los sentimientos que no pueden ni quieren verbalizar o combatir. Y algunos de esos hombres pegan a las mujeres, aunque gane su equipo.

El incremento en las agresiones machistas tras la final del Mundial es alarmante. No es la primera vez, y no es un hecho aislado. Sucede en más países. Es por lo general al día siguiente, cuando el alcohol (o la merca o la sustancia que sea) sale del cuerpo y la frustración vuelve a la sangre. Es entonces cuando el cabestro necesita golpear algo y, como no le basta, golpea a alguien, que casualmente es una mujer, nunca un hombre de su tamaño y complexión.
Siento no compartir la creencia de que hay unos valores deportivos que representa el fútbol. La mera observación solo me transmite violencia, corrupción, y racismo. Seguro que si eres aficionado le encuentras la gracia, pero lo único que veo es eso, año tras año. Me sigue pareciendo una perfecta guarida para lo peor de la sociedad, a pesar de que lo disfruta la inmensa mayoría de la población. Me encantaría leer un ensayo al respecto; qué pena que ni Marija Gimbutas ni Erich Fromm puedan ya escribirlo.

