El balconing, práctica pensada por y para oligofrénicos, es lo que abre la temporada estival en España. Más eficiente que el calendario zaragozano – que sigue sin fallar un día – el balconing nos anuncia la llegada del buen tiempo y de la gentuza del norte. La Federació Balear de Balconing lleva la cuenta de los accidentes ocurridos por esta práctica, y los organiza por país y resultado, siendo el ganador Alemania, al que Inglaterra sigue de cerca. No puedo sentir la más mínima compasión por los cafres afectados por este deporte no olímpico, aunque recuerdo con algo de pena y rubor a la novia de un fallecido inglés que pidió que en España se pusieran carteles en los balcones advirtiendo de los peligros de esta actividad. Mal vamos si hay que advertir de algo tan obvio en un cartel. No se arroje usted a los pies del tren, no se apunte a los ojos con un soplete, no intente tragar un sable de los de metal, no meta los dedos en la licuadora en marcha. No sea usted bruto, que parece un niño de teta.
El auge de prácticas de mal gusto es el sida de los destinos turísticos. Las grotescas imágenes que recibimos desde Málaga, Sevilla, Barcelona… son el reflejo de una sociedad no solo decadente, sino también sin gracia. Cafres ha habido toda la vida, pero no en este porcentaje ni con esa necesidad de salir a quemar las calles. ¿Qué está pasando en la vida de la gente para considerar que el único ocio posible es alcoholizarse hasta morir? Las primeras generaciones del botellón sustituyeron a las que bebían varios días a la semana, pero menos. El ocio noventero consistía en que los menores de edad se reunían en alguna plaza y bebían, sentados en el suelo, hasta desfallecer. De las pocas veces que pasé por allí vi imágenes dantescas de gente que ahora tiene hijos a los que permite todo, porque “nosotros también fuimos jóvenes”, esquivando todo rastro de maduración o responsabilidad sobre sus actos o los de su prole. ¿En qué momento no madurar se convirtió en algo normal y bien visto? ¿Por qué fue? Algo tiene que ver con la perspectiva nihilista del futuro, con ese saber que lo tuyo no va a ir a mejor. Y se alcoholizan los de siempre, los que menos tienen. Ellos y Ernesto de Hannover.
Las melopeas que se ven en algunos de los lugares mencionados no son ni remotamente normales. Al concepto de vacaciones salvajes se suma la catetada infernal de las despedidas de soltero/a. Gente más ordinaria que un collar de chistorras se une para celebrar que se acaba la diversión (pobre concepto del matrimonio, por otro lado) y para ello deciden abochornar a todos los viandantes. En la variante masculina, por algún motivo que no me explico, la diversión consiste en humillar públicamente al novio. La despedida se concibe como un espacio de trasgresión y barbarie en la que todo está permitido. Un estado que recuerda a aquella Isla del Placer a la que es arrastrado Pinocho antes de convertirse en burro. Una pena que en la vida real no haya transformación y todo se convierta en una metáfora ballardiana de los errores del sistema. Para tener turismo de calidad hay que tener gente de calidad, y para tener gente de calidad hace falta educar en el respeto y en la dignidad. Y para educar hace falta, primero, tener algo en la cabeza y, segundo, subir la exigencia en las instituciones educativas, esas que convenientemente se han convertido en guarderías de los 3 a los 26 años, ahora que incluyen carrera y posgrado. Pobres de los vecinos que ven cómo se acerca la horda invasora un año más. El turismo es un gran invento, pero no así.

