A los 87 Maricarmen Abascal pasó de ser una jubilada madrileña con problemas de alquiler a protagonizar una pancarta y un argumento parlamentario. Su nombre se usó hasta el límite como munición política y símbolo de una crisis que necesitaba una cara. Ahora que ha fallecido es el momento de devolverla a escala humana antes de que se disparen las conclusiones. Que su muerte demuestra esto. Que demuestra lo contrario. Que hubo culpables. Que fue utilizada. Que el sistema la abandonó. Que la Justicia se limitó a aplicar la ley. Hasta se ha escuchado por una parte de la izquierda que es “un asesinato”. Conviene bajar el volumen.

La causa médica de su fallecimiento no se ha hecho pública. Permanecía ingresada en el Gregorio Marañón desde el 23 de septiembre, el mismo día en que abandonó su casa en una camilla. Un día antes había expresado que no tenía ya fuerza. Llevaba años durmiendo mal, con pesadillas. El litigio fue, según sus palabras, como vivir “con la daga en la cabeza”.
La abuela de una revolución que no buscó
Durante la última noche en su casa cientos de personas velaron en el portal. Políticos, vecinos, activistas, actores, cámaras, policías. Todos irrumpieron en la intimidad de una mujer de 87 años para elevar su caso a categoría nacional y Maricarmen se vio en medio de una batalla contra los fondos de inversión. Fue la abuela de la revolución cuando su único deseo era volver a su piso y dormir otra vez en su cama. Quería su rutina y esa forma de orientarse que un anciano encuentra después de vivir durante décadas entre las mismas paredes. Ahora la izquierda la convierte en oportuno reclamo electoral, cuando ella misma culpó a Pedro Sánchez de su situación. “No se entera o no quiere enterarse”, expresó.
Ha muerto después de unas semanas tan extrañas que resulta difícil imaginar cómo pudo vivirlas alguien de su edad. En muy poco tiempo dejó de ser una mujer anónima para ver su nombre en una Puerta del Sol llena de tiendas y pancarta. A esa edad todo debería suceder con más calma. Maricarmen no tenía fuerzas. La imagen de una anciana saliendo en ambulancia era demasiado poderosa para no convertirse en símbolo, pero un nombre no explica un problema de semejantes dimensiones y su historia jurídica era más compleja que lo que se gritó en la calle.
El contrato de renta antigua había sido firmado por su padre en los años cincuenta. No hubo un juez que decidiera echar a una anciana porque sí, como tampoco hubo una mujer empeñada caprichosamente en quedarse con algo que no le correspondía. Lo que hubo, resumiendo en pocas palabras, fue una ley, un contrato antiquísimo, unas circunstancias personales muy duras y un sistema incapaz de encontrar una salida razonable antes de llegar a la puerta con una comisión judicial.

Maricarmen terminó convertida en el rostro de una crisis que saltó de su portal al Congreso. Su desahucio alimentó las protestas de Sol, endureció la batalla sobre la vivienda y formó parte del clima político que acabó desembocando en el adelanto electoral. Decir que ella provocó unas elecciones sería una exageración grotesca.
Proyectil en una guerra que no puede escuchar
Mientras fuera se escuchaba el ruido, a Maricarmen le comunicaron que podría regresar a casa. La propiedad y su defensa alcanzaron un acuerdo que le permitía volver al piso cuando recibiera el alta, mediante un nuevo contrato y con una renta adaptada a sus ingresos. Su abogada contó que se había puesto muy contenta. Poco después murió.
La causa de una muerte es asunto médico, no puede colarse en las necesidades narrativas de una campaña electoral. A los 87 años el cuerpo tiene sus propias fragilidades y sus propios límites, aunque no procede despachar su muerte diciendo simplemente que era muy mayor.
En España, las mujeres viven de media alrededor de 86 años y medio. Maricarmen había superado esa cifra, pero las estadísticas no miden las ganas de vivir de alguien. Llegar a los 87 no significa estar esperando a que termine la función. La sensación que deja este final es al mismo tiempo absurdo y doloroso. No hace falta santificarla, tampoco minimizar lo que ocurrió. Y menos aún seguir peleándonos sobre su cadáver utilizando su nombre como proyectil en una guerra que ella ya no puede escuchar.

