Tal es la situación que la vuelta al cole es la única normalidad, aunque engañosa, a la que pueden aferrarse los más de 13.000 niños de Ceuta que regresan hoy a las aulas después de un verano robado. Han sido unas vacaciones de encierro en las que muchos dejaron de bajar solos a la calle, de encontrarse con sus amigos o de moverse libremente por su ciudad. La pandilla se trasladó a WhatsApp, TikTok y los videojuegos; las pantallas sustituyeron al parque, la playa y las tardes fuera de casa. Hoy vuelven al colegio. Pero lo harán entre vigilantes, policías, padres que ya no permiten a sus hijos recorrer solos el camino de siempre y una pregunta que se repite en los hogares: ¿estarán seguros?
Los colegios en los que hemos preguntado intentan transmitir relativa normalidad. Fuera de sus puertas, el testimonio es bastante más crudo. “El impacto psicológico sobre la población es brutal”, avanza Desiré Rodríguez, directora del centro de terapias infantiles y adolescentes Anda Conmigo Ceuta y madre de dos niños de cinco y seis años. Habla, por tanto, desde los dos lados de esta crisis, como profesional que trabaja con menores y como una madre que también tiene que decidir cómo proteger a sus hijos.

“Hemos cambiado la manera de vestir para evitar el acoso”
Lo primero que describe es el ruido. “Es insoportable. Sirenas de Policía y bomberos a todas horas, gritos…”. Una banda sonora de emergencia que los niños llevan escuchando desde finales de julio y que, según explica, ha terminado penetrando en su vida. Después está la insalubridad. “Las calles están sucias, hay zonas con un hedor insoportable porque hay personas haciendo sus necesidades en la calle”.
Y por encima de todo, el miedo. “Sobre todo entre las niñas y las mujeres. Nos sentimos intimidadas. Muchas hemos cambiado incluso nuestra manera de vestir para evitar que nos increpen o nos acosen. Yo llevo un spray de pimienta a todas partes”.
No es una sensación que pueda desligarse de lo que está ocurriendo en la ciudad. La Fiscalía de Ceuta ha advertido de que desde el comienzo de la crisis se registra prácticamente una agresión sexual diaria. Varias violaciones y nueve con víctimas menores. Desiré dice que existen episodios que nunca llegan a denunciarse. “Hay más agresiones de las que conocemos oficialmente”, asegura. Relata el caso de una violación grupal reciente a una menor de la que afirma haber tenido conocimiento. Su descripción de Ceuta es la fotografía emocional de una ciudad en la que, dice, “las mujeres tenemos miedo”.
Para los adolescentes, el daño es mayor y aún están por ver las secuelas. “Han perdido la libertad que ya habían adquirido. Hasta este verano podían salir con sus amigos, ir solos al instituto, quedar, regresar a casa o bajar a la calle sin necesitar permanentemente a un adulto. Esa autonomía forma parte del desarrollo de un adolescente. No es un capricho. Es la manera en que aprende a separarse de sus padres, tomar decisiones, relacionarse con sus iguales y construir su propia identidad”, explica Desiré.
Factura en la salud mental
“Ahora todo eso se ha acabado. Han perdido autonomía, libertad y socialización. Y se nota. Hay irritabilidad, desánimo, ansiedad… Esto va a pasar factura en la salud mental”. Durante agosto, buena parte de esa vida social se refugió detrás de una pantalla. WhatsApp, TikTok y los videojuegos permitieron conservar el contacto, pero no pueden sustituirlo.
“Un adolescente necesita estar con sus iguales, salir, moverse, tener sus espacios. No podemos pensar que porque están hablando por el móvil están socializando de la misma manera”. El colegio, el lugar del que cualquier niño desea escapar cuando empiezan las vacaciones es ahora el espacio donde algunos podrán recuperar algo parecido a la vida anterior.
Pero ni siquiera allí desaparece el problema. “Dentro estarán protegidos. ¿Y fuera?”. Rodríguez señala una de las contradicciones del dispositivo preparado para este comienzo de curso. Los centros tendrán vigilancia y se ha reforzado la presencia policial en accesos y rutas escolares, además de establecerse apoyo psicosocial. Pero la preocupación de los padres empieza cuando sus hijos cruzan la verja en dirección contraria.
En algunos institutos, cuenta, las familias han dado instrucciones para que sus hijos no salgan durante el recreo. “Los padres no quieren que estén en la calle. Pero eso también tiene consecuencias. Los adolescentes necesitan ese rato para desconectar, desfogarse, moverse y relacionarse. Estamos intentando protegerlos y, al mismo tiempo, les estamos privando de cosas que necesitan”.
Nadie habla de los niños con autismo
Eso es lo que convierte esta crisis en algo especialmente difícil para las familias. No hay decisiones gratuitas. Encerrar protege de un riesgo y crea otro. Desiré lo ha comprobado también en su trabajo. La inseguridad obligó a cerrar temporalmente Anda Conmigo. “Todo lo que habíamos avanzado durante un año lo hemos desandado”. Le preocupan especialmente los niños con trastornos del espectro autista. “Necesitan rutinas, anticipación y entornos relativamente previsibles; exactamente lo contrario de lo que Ceuta les ha ofrecido durante estas semanas. Están sufriendo muchísimo con este caos y nadie habla de ellos. Los cambios, los ruidos, no poder mantener sus terapias, quedarse en casa… Todo les afecta mucho más”.
La normalidad que hoy intentan recuperar tiene, además, peculiaridades difíciles de encontrar en cualquier otro comienzo de curso. En el CEIP Rosalía de Castro, en la barriada de La Libertad, sus aproximadamente 250 alumnos llegan a un centro que ha necesitado una limpieza extraordinaria después de las intrusiones sufridas durante el verano. Desde hace días hay vigilancia las 24 horas. Desde el colegio nos explican que las familias han llamado preguntando si puede garantizarse la seguridad de los niños. Muchos padres que antes los dejaban ir solos los acompañarán ahora hasta la puerta.

En el CEIP Juan Carlos I, en Los Rosales, la crisis dejó un rastro más visible. Desde el propio centro nos relatan que encontraron “instalaciones con basura, suciedad e incluso heces después de haber sido utilizadas durante la emergencia. Se han limpiado y desinfectado y el colegio que está preparado para recibir a sus alumnos”. Los padres, sin embargo, también han trasladado su inquietud.
En el José Ortega y Gasset, trabajadores del centro aseguran que todavía este fin de semana había alguna persona durmiendo junto a uno de sus accesos. Y en el Príncipe Felipe la distancia entre la normalidad oficial y la realidad cotidiana se mide prácticamente en metros. El colegio, situado cerca de la frontera y de instalaciones utilizadas para alojar a migrantes, acogió durante el verano a unos 120 adolescentes. Su directora, Rocío Salcedo, ha denunciado que hay personas que continúan durmiendo con colchones junto a los accesos de Infantil y Primaria y que hacen allí sus necesidades. “El olor es insoportable”. Algunas madres ya le han comunicado que no llevarán de momento a sus hijos. La directora reclama que la limpieza se realice a primera hora de la mañana, porque hacerlo por la tarde sirve de poco si durante la noche vuelven a ocuparse los alrededores.
Hay un caso que todavía indigna más a los padres. La nueva Escuela Infantil Nuestra Señora de África debía recibir a 152 niños menores de tres años. No lo hará. A 15 o 20 metros del edificio se está habilitando un campamento para alojar a alrededor de 900 migrantes que continúan sin refugio. La proximidad provocó las protestas de familias y trabajadores y finalmente la Ciudad ha activado un plan de emergencia para repartir a los pequeños entre otras escuelas infantiles.

Cerca de algunos centros también se ha normalizado durante estas semanas la presencia de efectivos militares. El Gobierno ha reforzado la protección de los accesos y del transporte escolar y ha anunciado atención psicológica. La seguridad es hoy una parte del material de esta vuelta al colegio. Pero Desiré Rodríguez insiste en que el problema no termina colocando un vigilante en una puerta. “Hay tristeza. Muchísimo desánimo. La gente siente que está desprotegida. La presencia de militares y policías también genera mucho desasosiego a los menores”.
Desiré considera que las administraciones han antepuesto la atención a quienes cruzaron la frontera a las necesidades de los residentes. “La población ceutí importa menos que los invasores. Es una percepción compartida por una ciudad que lleva más de un mes sometida a una presión insostenible. Soy hija de militar y amo esta ciudad. Y me da muchísima pena verla así”.
Hoy llevará a sus dos hijos de cinco y seis años al colegio. Como miles de padres ceutíes, intentará transmitirles que volver a clase es algo normal, aunque casi nada alrededor lo parezca. Si los padres tienen que mirar con miedo la calle, cambiar sus horarios, cerrar deprisa la puerta, dejar de permitirles salir solos y llevar un spray de pimienta en el bolso, ningún discurso puede convencerles que nada ocurre. Desiré se pregunta qué ocurrirá si terminan acostumbrándose a vivir con miedo. “Cada noche siguen entrando nuevo inmigrantes al amparo de la niebla sin que nadie haga nada por impedirlo”.

