La sobreexposición a las noticias y a determinadas imágenes puede generar inseguridad en la infancia. Escuchar sus preguntas, adaptar la información a su edad y ofrecerles seguridad es fundamental para ayudarles a comprender un mundo que todavía están aprendiendo a conocer.
En las últimas semanas, hay una preocupación que aparece con frecuencia cuando hablamos de infancia: cómo explicar a nuestros hijos las cosas que suceden en el mundo. Las guerras, las imágenes que vemos en televisión, las noticias que escuchamos en casa o la incertidumbre sobre el futuro pueden generar preguntas que no siempre sabemos responder.
Y es que hoy vivimos en una sociedad en la que la información está constantemente presente. Escuchamos la radio mientras desayunamos, consultamos las noticias en el teléfono y comentamos con otras personas aquello que nos preocupa. A veces, los niños están ahí, escuchando conversaciones que no estaban dirigidas a ellos o viendo imágenes cuyo significado todavía no pueden comprender.
¿Qué hacemos entonces? ¿Se lo explicamos todo? ¿Evitamos hablar de determinadas cuestiones delante de ellos? ¿Cómo podemos protegerlos sin ocultarles la realidad?
Lo primero que debemos entender es que los niños necesitan sentirse seguros. Su dependencia de los adultos es enorme y, durante la infancia, están construyendo la confianza que les permitirá relacionarse con el mundo. Cuando perciben que aquello que sucede fuera puede poner en peligro su vida cotidiana, pueden aparecer miedos que no siempre saben expresar.
Un niño puede escuchar una noticia sobre una guerra y preguntarse si algo parecido puede ocurrir en su ciudad. Puede oír hablar de la muerte y pensar que sus padres podrían desaparecer. Puede percibir la preocupación de los adultos y concluir que algo terrible está a punto de suceder.
Por eso, lo primero que debemos hacer es cuidar la información que reciben. No se trata de ocultarles lo que ocurre, sino de comprender que no necesitan saberlo todo y que, sobre todo, no necesitan saberlo todo a la vez.
No nos adelantemos a sus preguntas
A veces, los adultos tenemos tanta necesidad de explicar y anticiparnos que terminamos trasladando a los niños preocupaciones que todavía no tenían.
Un niño de cinco años no necesita conocer todos los detalles de una guerra ni comprender las consecuencias económicas de una crisis internacional. Necesita entender aquello que afecta a su mundo cotidiano. Saber qué va a ocurrir mañana, quién le llevará al colegio o si podrá seguir haciendo las cosas que forman parte de su día a día.
Tenemos que ser muy cautos con la cantidad de información y con las palabras que utilizamos. La madurez de un niño no le permite ordenar siempre lo que escucha, contextualizarlo o distinguir entre aquello que está sucediendo y lo que podría suceder.
Por eso, cuando nos pregunten por una noticia, debemos responder de forma sencilla, con información adecuada a su edad y sin añadir detalles innecesarios. Y, si no preguntan, no tenemos por qué anticiparles todas las cuestiones difíciles que pueden ocurrir en el mundo.
Esto no significa mentirles. Significa adaptar la realidad a sus posibilidades de comprensión.
A veces utilizo una imagen muy sencilla para explicar esta idea: no podemos servir a un niño un filete crudo y esperar que se lo coma. Tenemos que cocinarlo, prepararlo y acompañarlo de aquello que le permita alimentarse. Con la información ocurre algo parecido. La realidad puede ser compleja, pero nuestra tarea consiste en hacerla comprensible.
La incertidumbre debe sostenerla el adulto
Hay una cuestión fundamental que no deberíamos perder de vista: los niños necesitan sentir que los adultos pueden hacerse cargo de las dificultades.
No tenemos que saberlo todo ni podemos garantizar que nunca vaya a ocurrir nada malo. Pero sí debemos transmitirles que estamos ahí, que pueden contar con nosotros y que no tendrán que afrontar solos aquello que les preocupe.
Si una familia tiene que cambiar de casa, por ejemplo, habrá que explicarles qué va a suceder y cómo afectará a su vida cotidiana. Pero no es necesario trasladarles todas las dudas económicas, las conversaciones pendientes o los escenarios que los adultos todavía estamos intentando resolver.
La incertidumbre es nuestra responsabilidad. No podemos pasarles ese peso a los niños.
Si preguntan qué va a pasar, debemos responder con honestidad, sin prometer aquello que no podemos garantizar. Podemos decirles que todavía no conocemos todos los detalles, pero que estamos ocupándonos de ello y que les iremos explicando los cambios que les afecten.
La seguridad no consiste en hacerles creer que nada malo puede ocurrir. Consiste en ofrecerles un lugar desde el que afrontar lo que ocurre.
Y aquí también debemos prestar atención a nuestro lenguaje corporal. Podemos decirles que estén tranquilos, pero si nuestra voz, nuestros gestos y nuestra actitud transmiten una angustia constante, ellos percibirán esa contradicción. No necesitamos fingir que nunca tenemos miedo, pero sí procurar que nuestras preocupaciones no se conviertan en una amenaza permanente para ellos.
Escuchar no significa tener todas las respuestas
Cuando un niño nos cuenta algo que le preocupa, muchas veces queremos resolverlo inmediatamente. Intentamos tranquilizarlo, explicarle por qué no debería tener miedo o convencerlo de que aquello que teme no va a suceder.
Pero escuchar es, en primer lugar, dejar que nos cuente qué le pasa.
Podemos preguntarle qué es lo que le preocupa exactamente, qué ha entendido de lo que ha escuchado o qué cree que podría suceder. A veces descubriremos que su miedo no tiene que ver con la noticia en sí, sino con algo mucho más cercano: que sus padres no estén, que su familia tenga que marcharse o que su vida cambie.
No siempre tendremos una respuesta inmediata. Y no pasa nada.
Podemos decirles: «Es una buena pregunta. Déjame pensarlo». O preguntarles: «¿Tú qué piensas?». De esta manera, les permitimos expresar sus ideas y les ayudamos a ordenar aquello que les inquieta.
También podemos pensar juntos qué haríamos si estuviera en nuestras manos cambiar una situación. Qué soluciones se nos ocurren, cómo podríamos ayudar o qué medidas tomaríamos si fuéramos nosotros quienes tuviéramos que decidir.
No se trata de hacerles responsables de resolver los problemas del mundo. Se trata de ayudarles a descubrir que pueden pensar, imaginar alternativas y encontrar recursos para enfrentarse a aquello que les asusta.
El miedo se hace más pequeño cuando sentimos que tenemos alguna posibilidad de actuar frente a él.
Los cuentos también ayudan a entender el mundo
No podemos explicar de la misma manera la guerra o la muerte a un niño de Infantil que a uno que termina Primaria o a un adolescente. La edad cambia la forma de comprender lo que sucede y también las herramientas que cada uno tiene para elaborarlo.
Por eso es importante no quedarnos atrapados en la literalidad de las palabras. Los cuentos, los mitos y la literatura infantil llevan mucho tiempo ayudando a los niños a comprender situaciones difíciles a través de símbolos.
El lobo representa el peligro. El bosque, aquello que desconocemos. El monstruo, ese miedo que parece invencible hasta que alguien encuentra la manera de enfrentarse a él.
A través de estas historias, los niños pueden dar forma a sus temores y encontrar maneras de superarlos. No se trata de engañarlos ni de disfrazar la realidad, sino de ofrecerles un lenguaje que les permita comprenderla desde su propio mundo.
Con los adolescentes podemos incorporar más contexto histórico, explicarles que los acontecimientos tienen antecedentes y consecuencias y ayudarles a distinguir la información contrastada de las imágenes o los mensajes que buscan provocar una reacción inmediata.
En todas las edades, la clave es la misma: no basta con transmitir información. Tenemos que ayudarles a comprenderla.
¿Y si empiezan a tener más miedo o cambian su comportamiento?
En momentos de incertidumbre, es normal que algunos niños necesiten más compañía, se muestren más irritables, tengan dificultades para dormir o vuelvan a pedir ayuda en situaciones en las que antes eran autónomos.
No siempre sabrán explicar qué les ocurre. Por eso es importante mantener las rutinas: los horarios, las comidas, el cuento antes de dormir, el camino al colegio o esos pequeños rituales que se repiten cada día.
La rutina les ayuda a reconocer que, aunque fuera sucedan cosas difíciles, hay una parte de su mundo que permanece.
Y, sobre todo, debemos dejarles jugar.
Los niños no elaboran las experiencias únicamente a través de las palabras. El juego es una de las herramientas más importantes que tienen para transformar aquello que les preocupa. Pueden representar situaciones, inventar historias, cambiar los finales y encontrar soluciones que les permitan sentirse más capaces frente a aquello que les asusta.
Por eso, después de escuchar sus preguntas y responderlas, no tenemos que seguir hablando necesariamente. Quizá necesiten correr, dibujar, construir algo o inventarse una historia. Quizá necesiten volver a sus juguetes y dejar que sea el juego el que continúe ese proceso.
Los adultos tendemos a pensar que, para comprender algo, tenemos que hablar de ello. Pero los niños también necesitan pasar a la acción, experimentar y transformar sus miedos a través de otros lenguajes.
Así que, cuando nos preguntemos cómo podemos protegerlos de un mundo que a veces resulta difícil de entender, recordemos tres cosas: no necesitan toda la información, necesitan adultos que les transmitan seguridad y necesitan tiempo para elaborar aquello que les sucede.
No podemos evitar que conozcan las dificultades del mundo. Pero sí podemos cuidar cómo se acercan a ellas.
Porque, en la era de la información, la infancia sigue necesitando algo tan sencillo y tan importante como jugar.

