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¿Deberes con seis años?

El principal deber de un niño es crear hábitos y aprender a desenvolverse en su vida cotidiana. Jugar. Ir al parque... Todo eso también educa

Nos ha escrito Luis. Su hijo ha empezado Primaria y no entiende muy bien qué ha pasado con aquel colegio que conoció en Infantil. “Ahora cada día tiene un montón de deberes, va con libros de texto y me pregunta si esto es necesario en primero de Primaria. No sé qué me espera en los próximos años si un niño de seis años tiene ya deberes. Estoy muy preocupado porque realmente no sé si tengo tiempo y, sobre todo, ni siquiera sé si tengo los conocimientos necesarios. Me veo dando clase a mi hijo. ¿Es normal? ¿Deben tener deberes los niños?”.

Luis, honestamente: no debería ser normal que un niño de seis años pase dos horas en casa haciendo deberes después de haber pasado buena parte del día en el colegio. Y digo “debería” porque el debate sobre los deberes no puede reducirse a un sí o un no. Desde hace muchos años, cada vez que presento la propuesta pedagógica de nuestro centro, hay una pregunta que aparece una y otra vez: “¿Pero vosotros ponéis deberes?”.

Y siempre respondo lo mismo: depende. Depende de la edad, del alumno, de lo que se haya trabajado en el aula y, sobre todo, de cuál sea el objetivo de esa tarea. Porque los deberes no deberían convertirse en una prolongación de la jornada escolar ni en una segunda clase en casa. Y mucho menos en una prueba para los padres.

A los seis años, el principal deber de un niño debería ser construir hábitos y aprender a desenvolverse en su vida cotidiana. Jugar. Ir al parque. Montar en bicicleta. Hacer una pequeña compra con mamá o papá. Recoger sus cosas. Preparar la mochila. Poner la mesa. Ayudar en casa. Asumir pequeñas responsabilidades. Todo eso también educa.

Y hay otro hábito que, a mi juicio, sí deberíamos cuidar desde el primer día: la lectura. Un niño de seis años todavía está aprendiendo a leer y no necesariamente tiene que hacerlo perfectamente. Pero podemos sentarnos con él y leer juntos una página de un cuento, un pequeño relato antes de dormir, leerle nosotros mientras él sigue las palabras, turnarnos las páginas. No se trata de convertir la lectura en otra obligación. Se trata de conseguir que forme parte de nuestra vida. Ese es, probablemente, uno de los mejores deberes que podemos regalarles. Después, poco a poco, el hábito de trabajo irá creciendo con ellos.

A partir de los ocho años podemos empezar a incorporar un pequeño tiempo diario de tarea autónoma. Quince minutos de lunes a jueves pueden ser suficientes para practicar una operación, consolidar un concepto matemático, trabajar la escritura o repasar aquello que se ha aprendido en clase. A los diez años podremos aumentar ese tiempo, quizá hasta media hora, siempre con la misma idea: consolidar, practicar y aprender a trabajar solos.

Y cuando lleguen a Secundaria, ese tiempo irá creciendo de acuerdo con las necesidades de cada alumno. Para algunos será más y para otros menos. Porque tampoco podemos pretender que todos los niños necesiten exactamente el mismo tiempo para hacer exactamente la misma tarea. Hay alumnos que necesitan practicar más. Otros que con lo trabajado en el aula tienen suficiente. Por eso, el objetivo no debería ser llenar la tarde de ejercicios, sino crear un hábito que les permita enfrentarse progresivamente al estudio sin depender de nosotros.

Porque llegará un momento en el que lo que han hecho en clase ya no será suficiente. En Secundaria y, especialmente, en Bachillerato, tendrán que sentarse solos, organizarse, estudiar, repetir, equivocarse y volver a intentarlo. Y eso no se improvisa a los 16 años. Se empieza mucho antes.

Las técnicas de estudio también son importantes, pero casi todo empieza de una manera mucho más sencilla: sentarse, abrir el cuaderno, coger el lápiz, el borrador o el bolígrafo, enfrentarse a una hoja y ponerse a trabajar. La autonomía se entrena. Y aquí los padres tenemos un papel, pero no el de profesores particulares.

Nuestra tarea debería ser pequeña: supervisar, preguntar cómo ha ido, comprobar que ha hecho lo que tenía que hacer, resolver alguna duda puntual y, especialmente durante los primeros años, ayudarle a adquirir ese hábito.

Pero hay una línea que no deberíamos cruzar: hacer nosotros los deberes de nuestros hijos, explicarles durante una hora aquello que deberían poder resolver solos o convertir cada tarde en una batalla familiar. Si para completar una tarea de seis años necesitamos sentarnos dos horas con él, quizá el problema no esté en el niño. Por eso, Luis, no me parece estéril el debate sobre los deberes. Al contrario. Creo que tenemos que hacernos preguntas. ¿Qué queremos conseguir con esa tarea? ¿Es adecuada para su edad? ¿Puede hacerla solo? ¿Sirve para consolidar lo aprendido o simplemente estamos llenando tiempo? ¿Qué espacio estamos dejando para jugar, descansar, leer, conversar y vivir?

Porque un niño también necesita una tarde que no esté programada de principio a fin. Y, sobre todo, necesita aprender que trabajar forma parte de la vida, pero que aprender no significa estar haciendo fichas todo el tiempo. Habrá niños que necesiten más práctica. Habrá otros que necesiten más acompañamiento. Y habrá alumnos que necesiten menos tarea porque con lo trabajado en el aula sea suficiente. Para eso están los maestros, los tutores y los equipos de orientación: para conocer a cada alumno y ajustar la respuesta a sus necesidades.

Así que, Luis, si tu hijo tiene seis años y te encuentras cada tarde dando una clase particular en casa, yo me haría una pregunta muy sencilla: ¿qué está aprendiendo él con esta tarea y qué estamos aprendiendo nosotros como familia?

Porque el objetivo no debería ser que un niño de seis años haga muchos deberes. El objetivo debería ser que, poco a poco, aprenda a trabajar solo, disfrute aprendiendo y llegue el día en que ya no necesite que nadie se siente a su lado para hacerlo. Ese sí es un deber que merece la pena enseñar.

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