Consultorio

Vértigo de los brazos vacíos y un walkie-talkie colgado

Si nosotros tratamos a un niño de diez años como si fuera un bebé de un año se lo estamos poniendo muy difícil, porque salir del regazo materno cuesta

Este artículo no viene de una pregunta exterior, sino de una reflexión interior. Sin embargo, sí que ha estado en el trasfondo de muchas de las dudas que han llegado a este consultorio a lo largo del curso.

En estos días de vacaciones, paseando por un pueblo y visitando algún lugar turístico, me he encontrado con dos imágenes que me gustaría compartir y que a mí misma me formulan algunas preguntas acerca de la relación que establecemos con nuestros hijos.

Empezaré contando la imagen, para mí sorprendente, de una madre que lleva colgado un walkie-talkie y, a escasos veinte metros, una niña que lleva colgado el otro. En ese momento, la madre se pone a hablar a través del aparato mientras la niña está con sus amigas, e interrumpe el juego para responderle. Enseguida me viene otra imagen en un pueblo suizo: una madre sentada con un niño de unos diez años recostado en su regazo, apoyando su cabeza en ella. El padre está sentado separado de ellos dos y, cuando se levantan, los tres caminan, pero el niño va dando la mano a su madre.

Precisamente recordé un artículo publicado en Suiza que daba la voz de alarma lanzada por pediatras y expertas en desarrollo evolutivo: están observando que cada vez hay más niños con pañal en edades ya muy tardías. En torno a los seis y siete años siguen teniendo pañal niños sin ninguna patología médica o discapacidad que lo justifique.

Estamos asistiendo a un cambio de paradigma en la crianza donde la separación se está convirtiendo en el gran reto para nuestros hijos. Qué difícil separarse cuando el adulto no quiere que eso ocurra; qué difícil para nuestros hijos poder encontrar su deseo de crecer cuando los adultos les transmitimos el mensaje de que no es necesario, porque ya podemos ir haciéndolo todo por ellos. Qué complicado se lo ponemos para poder buscar su propio camino en la dosis adecuada de cada edad.

Resulta que la teoría la tenemos clara: queremos que nuestros hijos sean autónomos. Sin embargo, hay tantos indicadores que nos hacen pensar que algo no estamos haciendo correctamente acerca de la separación…

Este artículo pretende reflexionar sobre los tiempos de separación en la infancia. Muchas preguntas que me habéis hecho a lo largo de este curso tenían que ver de fondo con este tema, probablemente uno de los más complejos en la crianza, porque en la separación el adulto pierde el control sobre el hijo y, al mismo tiempo, el hijo debe empezar a construir su propia visión de la vida separada de mamá y papá.

Si nosotros tratamos a un niño de diez años como si fuera un bebé de un año se lo estamos poniendo muy difícil, porque salir del regazo materno cuesta: es un lugar de seguridad, de confianza, donde parece que nada malo puede pasar. Empujar al mundo conlleva un riesgo; el mundo es un lugar más inseguro y donde uno está más expuesto a la incertidumbre.

Al mismo tiempo, el walkie-talkie funciona como un cordón umbilical tecnológico que calma la angustia del adulto al precio de invadir el territorio sagrado del juego libre. Bajo el paraguas de la protección ejercemos un hipercontrol, y lo que hay detrás es un adulto angustiado. Considero importante no olvidar que interrumpir la autonomía desde la hipervigilancia transmite a nuestros hijos que el mundo, sin la mirada adulta, es un lugar peligroso en el que no pueden confiar en sus propios recursos.

Para poder crecer vamos haciendo pequeños ensayos de separación, de independencia y de autonomía, como empezar a comer solo, manejar el control de esfínteres, ir al colegio, recoger la habitación, hacer la cama o hacerse cargo de sus tareas. Si el adulto constantemente resuelve la papeleta al niño y este no tiene experiencias propias, le resultará muy complicado encontrar su lugar y construir su propio espacio. Le resultará muy difícil ir accediendo poco a poco al mundo, porque la separación no ocurre de forma mágica al llegar a una edad: la vamos haciendo cada día desde el momento en que nuestros hijos vienen al mundo.

Históricamente, los padres acompañaban a los hijos a buscar la independencia, pero hoy el verdadero acto de valentía consiste en que el adulto sea capaz de dar un paso al lado, soportar su propio vértigo y asumir que su papel no es ser el centro perpetuo de la vida de su hijo, sino la plataforma de despegue desde la que pueda saltar a habitar el espacio que se abre entre los dos.