Opinión

¿Separarse es de “modernas”? Va a ser que no

Divorcios
El divorcio en España se legalizó formalmente en 1981, y actualmente, tras la reforma de la Ley 15/2005, se permite el "divorcio exprés"
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En España sigue muy extendida la idea de que las mujeres de clase alta o con mayor nivel educativo y profesional son más liberales en su matrimonio y se separan o se divorcian con mayor facilidad. Se las considera más “modernas”, más “avanzadas” en comparación con las parejas de clase media o baja, descendientes de padres y abuelos de origen humilde, que permanecían juntos por motivos religiosos o por costumbres hoy vistas como obsoletas. Esta percepción choca con la realidad que muestran los datos, especialmente si miramos a Estados Unidos: allí esas clases altas y más formadas (también llamadas “élites”) se casan más y mantienen matrimonios más estables.

Lisa Britton, en su artículo The Girlboss Lie That’s Breaking Working-Class Women’s Hearts, explica cómo la “girlboss” ideal, con independencia absoluta, hombres opcionales y familia postergable, se vende como empoderamiento femenino, pero en realidad genera consecuencias muy distintas según la clase social. Las élites, con mejores ingresos, redes y capacidad para retrasar la maternidad, pueden absorber mejor los costes. Para las mujeres de clase trabajadora, el resultado suele ser mayor una soledad, inestabilidad económica y arrepentimiento cuando el arroz se pasa (la biología no espera). Esa actitud es un claro ejemplo de “creencia lujosa”: una idea que suena liberada y asumible en círculos privilegiados pero que causa estragos en los niveles inferiores.

Vamos a ver datos en España que muestran cómo la tendencia cambia. En cohortes antiguas (matrimonios anteriores a 1981), las mujeres más educadas tenían mayor riesgo de divorcio. Sin embargo, en las casadas después de esa fecha, la relación entre nivel educativo y probabilidad de ruptura desaparece o se atenúa significativamente. Los datos recientes del INE muestran un volumen elevado de divorcios (alrededor de 86.000-90.000 anuales en los últimos años), pero la inestabilidad se ha extendido especialmente entre clases medias y bajas, donde también abundan las rupturas de parejas de hecho, más frágiles. En Estados Unidos, como hemos hablado arriba, la brecha de clase es aún más clara: las mujeres con estudios universitarios se casan más y se divorcian menos (tasas de divorcio cercanas al 26-30% frente al 40% o más en niveles educativos inferiores). Europa sigue un patrón similar: la estabilidad matrimonial se concentra cada vez más entre los más formados y con mayor renta.

Las clases altas valoran y preservan más la estabilidad porque conocen sus beneficios para los hijos: mejor rendimiento escolar, menor riesgo de pobreza y mayor probabilidad de ascenso social. En el caso de los niños de clase baja, ellos son más golpeados por las rupturas, perpetuando los ciclos de desigualdad. En España, como en EEUU., la pobreza infantil y la vulnerabilidad son notablemente mayores en hogares monoparentales. Por eso hablamos de “creencias lujosas”: las élites progres predican el mensaje de la independencia radical y pero pueden mitigarlo con recursos; las clases trabajadoras lo sufren en soledad, con alquileres altos y fertilidad declinante. El retraso de la maternidad y la dificultad para formar parejas estables en entornos urbanos cada vez más caros están contribuyendo a esa baja natalidad que ya preocupa en todo el país.
El mito de la mujer “moderna” que rompe con las tradiciones surgió con fuerza tras la legalización del divorcio en 1981 y la masiva incorporación femenina al mercado laboral. Tuvo sentido en su momento como reacción a ciertas rigideces del pasado, pero hoy necesita actualización. La verdadera madurez no está en despreciar el compromiso, sino en combinar las nuevas oportunidades con realismo sobre lo que realmente sostiene a las personas y a las sociedades: relaciones estables, esfuerzo mutuo y conciencia del calendario biológico. España, como otras naciones occidentales, se enfrenta a una baja nupcialidad, a un envejecimiento poblacional y a una creciente desigualdad familiar. Pensar que se deberían promover matrimonios más estables no significa volver al pasado ni idealizarlo, sino reconocer que el apego y la resiliencia que aportaban muchas de esas “costumbres obsoletas” siguen teniendo valor. El único “avance” consiste en integrar la libertad individual con la responsabilidad y el sentido común.

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