Me escribe Elisa, de Madrid. Su hija ha decidido cambiarse de colegio porque está en uno muy exigente; una amiga le habla de lo fácil que es su instituto: “sin hacer nada, los profes te aprueban”. La hija de Elisa insiste e insiste, y con 17 años siente que no puede más y que no va a ser capaz.
Quiero empezar diciéndole a Elisa que es muy cansado decir no a un hijo, que con la vida que llevamos a veces no tenemos energía, pero que es muy importante hacerlo: si tu hija ha llegado a segundo de bachillerato, quiere decir que tiene capacidad.
Cada día vemos más en los centros cómo los padres sucumben al deseo de sus propios hijos, sin darse cuenta de que lo que dicen no es lo que necesitan. Cuando un hijo flaquea y siente que es demasiado, los adultos debemos sostener el momento, que quiere decir no fusionarnos con ellos, sino transmitir confianza.
Me gustaría decirte, Elisa, que confíes en la fortaleza de tu hija.
Vivimos en una época en la que los padres tenemos muchísimo miedo al rechazo de nuestros propios hijos. Nos cuesta ver y nos cuesta sostener sus momentos de incertidumbre, sus vacíos, esas dosis de sufrimiento que requiere la exigencia académica y que en segundo de bachillerato se presenta de una forma evidente. Pero tiene diecisiete años, una edad ya lo suficientemente madura como para soportar las exigencias que vengan: es un previo a lo que será. Porque después de esto llega a la universidad, donde caminará sola.
La educación es un proceso donde también nos vamos enfrentando a esas pequeñas dosis de sufrimiento, mezcladas con muchas dosis de ganas y de aprendizajes vividos y experimentados, donde los maestros poco a poco han ido sabiendo ajustar los tiempos y los ritmos a esas exigencias. Y el alumno ha ido construyendo en carne propia esos recursos para salir adelante.
No queremos alumnos de seis años haciendo exámenes con estrés y con tareas para casa, pero sí queremos que, poco a poco, a medida que los alumnos crecen, la exigencia y el compromiso crezcan con ellos; de esa manera, el alumno irá incorporando recursos propios que le permitan afrontar lo que venga. En el momento en que la experiencia va creciendo, el alumno es capaz de asumir un reto mayor, y esto le dará la seguridad y la confianza para abordar grandes exigencias como la de segundo de bachillerato.
También eso se aprende.
Quizá una de las cosas que más nos cueste como padres sea precisamente aceptar que nuestros hijos tienen que atravesar algunas dificultades sin que nosotros podamos atravesarlas por ellos. Queremos ahorrarles el dolor, evitarles la frustración, allanarles el camino. Y en ese intento de protegerlos podemos acabar transmitiéndoles, sin querer, una idea peligrosa: que aquello que les ocurre es demasiado grande para ellos.
Lo veo muchas veces: el adulto se contagia del sufrimiento del niño. El hijo llega a casa diciendo “que no puede, que mejor algo más fácil”, y el padre o la madre no pueden tolerar el sufrimiento de su hijo. Consideran que es demasiado para su hijo. Cuando esto sucede, dejamos de acompañar y empezamos a mimetizarnos.
Los adultos también tenemos nuestras propias heridas. Quizá hemos experimentado el fracaso y quizá sabemos demasiado bien lo que significa quedarse fuera. Y cuando el dolor de nuestros hijos toca esas zonas, resulta difícil diferenciar lo que les está pasando a ellos de lo que nos pasó a nosotros. Entonces ya no respondemos solamente al sufrimiento de nuestro hijo: respondemos también al nuestro.
Y un niño necesita algo diferente.
Necesita que alguien pueda decirle: “Sé que esto es difícil, pero puedes hacerlo, no estás solo, tienes al profesorado y tus capacidades para avanzar”. Necesita un adulto que acoja su sufrimiento sin desmoronarse con él. Alguien que pueda sostener el malestar sin convertirlo en una catástrofe.
Porque la fortaleza se entrena.
Se entrena cuando no abandonas. Se entrena cuando trabajas día a día y generas un hábito y un compromiso con la tarea y con el esfuerzo. Se entrena aceptando que no va a ser fácil, pero que si hay dedicación es posible conseguirlo.
Son pequeñas experiencias que, acompañadas de manera adecuada, nos enseñan algo fundamental: que somos capaces.
Eso es construir recursos.
Por eso me preocupa que, ante cualquier experiencia dolorosa, la primera solución sea siempre retirar al chaval de la situación. Sin darnos cuenta, la evitación puede convertirse en una jaula. Porque abandonar puede aliviar el dolor de hoy. Pero si se convierte en la única respuesta, también puede transmitir un mensaje muy poderoso: “No puedes con esto”.
Y un adolescente necesita justamente aprender lo contrario: no se abandona, porque superar el escollo y alcanzar la meta es una experiencia que marca una tendencia vital; la incorpora.
Nuestro papel como adultos no es eliminar todas las dificultades del camino. Es convertirnos en ese recipiente firme capaz de recoger el miedo sin derramarse con él. Decir: “Estoy aquí. Sé que te duele. Vamos a buscar una manera de atravesarlo”.
No se trata de obligar por obligar. Ni de convertir la asistencia al colegio en una batalla. Ni de negar el sufrimiento de una adolescente. Se trata de acompañar, observar, pedir ayuda cuando sea necesario y, sobre todo, no confundir proteger con evitar.
Porque hay una satisfacción profunda en descubrir que uno ha podido con algo que parecía imposible. La de saber que puede atravesar momentos complicados sin quedar definida para siempre por ellos.
Así que, Elisa, confía en tu hija, en su fortaleza, y sostén el momento: son solo siete meses, y en ellos está la posibilidad de incorporar recursos para toda la vida. Ánimo, pueden con esto y mucho más. No le robes, tampoco, la posibilidad de descubrir de qué es capaz. A veces queremos tanto evitarles el dolor que terminamos evitando también el aprendizaje.
Y hay pocas cosas más poderosas para un ser humano que descubrir que aquello que un día pensó que no podría soportar, finalmente lo atravesó. No les robemos todas las dificultades. Enseñémosles que pueden atravesarlas.

