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Miedo a la separación: cuando el verano amplifica el conflicto

Para un niño, una situación de pelea o de discusión acalorada es una amenaza directa a su seguridad

“Este verano me han preguntado mis hijas si nos vamos a separar. Trato de explicar que son solo discusiones, pero el miedo está presente. ¿Cómo consideras que debo actuar?”

Lucía nos ha escrito desde un pueblo de Burgos y le agradezco muchísimo esta pregunta. Lucía, no sé cuántos años tienes, pero recuerdo un anuncio de Coca-Cola en el que, durante una discusión de pareja, los hijos iban de un padre al otro cambiando astutamente el mensaje que les daban para intentar reconciliarlos. He de confesar que en varias ocasiones de pequeña hice exacto eso entre mis padres, mucho antes de ver el anuncio en la televisión. Aún conservo nítida esa sensación y recuerdo perfectamente esa inseguridad que se instala en el cuerpo al ver a tus padres discutir.

Recuerdo que esto ocurría con más frecuencia en verano: más horas de convivencia, tensiones de pareja acumuladas… El conflicto se amplificaba y la presencia constante de los hijos también intensificaba la relación. Qué difícil se pone la convivencia familiar en esta época; parece que la estructura de la casa entera se pone a prueba.

Para un niño, una situación de pelea o de discusión acalorada es una amenaza directa a su seguridad. Despierta de inmediato la culpa: piensa que es por su causa y puede llegar a sentir un miedo tremendo al abandono o al divorcio. Necesita que le aclaremos que los mayores discuten no por su responsabilidad, sino porque el desacuerdo está presente, pero que el amor en la pareja no desaparece por una discusión. En este sentido, Lucía, sería importante darles esa seguridad: ellas no son responsables de lo que pasa entre los adultos.

Fotograma de la película ‘Verano 1993’

No podemos fingir una armonía irreal donde los padres nunca discuten. Las diferencias forman parte de las relaciones humanas y, sin perder el respeto, la discusión forma parte de nuestra vida. Por tanto, también van a presenciar la reconciliación, la resolución del conflicto, cómo surge el diálogo e incluso el perdón entre la pareja: aprendizajes valiosos para seguir avanzando. Desde ahí, los niños verán que una discusión no es el fin del mundo y podrán asimilar, sin miedo a la separación, los conflictos de los adultos, comprobando cómo después de la tempestad aparece la calma y las cosas vuelven a su sitio.

Es fundamental no usar a los hijos en la discusión, nunca como moneda de cambio, y dejar muy claro que son cosas de adultos en las que ellos no están en juego. Trasladar que son asuntos de pareja ayuda a que entiendan que hay varios roles que conviven —el de padres y el de pareja—, dándoles la total seguridad de que el rol de padre y madre es inquebrantable. El amor hacia ellos nunca está en juego, por muchas discusiones o enfados que ocurran.

Desde una mirada más profunda, sabemos que para las hijas de Lucía el impacto de la discusión no es solo el ruido de la pelea, sino el tropiezo con el enigma del mundo adulto. Si sus padres se chillan, la fantasía de una niña es que sus propios impulsos, enfados o pensamientos han roto la armonía; por tanto, ahí debemos ser muy claros y liberar esa culpa. Además, el verano les recuerda que los padres no son solo “papá y mamá” dedicados en exclusiva a ellas, sino hombres y mujeres que se enfrentan a sus propios límites e imperfecciones. Asustarse es, en realidad, enfrentarse a la certeza de que los adultos no lo controlan todo. Por eso les devolvemos la tranquilidad con un límite claro: “Lo que ocurre aquí es entre nosotros como pareja; vosotras no tenéis nada que ver ni nada que arreglar”. Liberar a los niños de la responsabilidad sobre el deseo o la frustración de los adultos es, en definitiva, el mayor regalo de salud mental que podemos ofrecerles.

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