Imaginemos una pareja cualquiera. Durante once meses del año apenas coinciden. Uno llega cuando el otro ya está acostando a los niños; entre reuniones, colegios, compras, trabajo y obligaciones apenas queda tiempo para preguntarse cómo están. Entonces llega agosto. Dos maletas. Un apartamento frente al mar. Quince días por delante. Sobre el papel, las vacaciones deberían arreglarlo todo.
Pero también pueden hacer justo lo contrario: quitar de golpe todas las capas de rutina que durante el año mantienen una relación en funcionamiento. Ya no hay reuniones que sirvan de excusa, ni horarios que separen a dos personas que llevan tiempo hablando cada vez menos. Solo quedan ellos, los hijos, el cansancio, el dinero gastado, las expectativas y aquello que durante meses se ha ido dejando para después. Y entonces llega septiembre.
La llamada del colegio, la vuelta al trabajo, las facturas y, para algunas parejas, una decisión que llevaba tiempo rondando: separarse.
El llamado “efecto septiembre” se ha convertido en un fenómeno recurrente en España y distintos análisis sitúan este mes como uno de los momentos de mayor concentración de solicitudes de divorcio. Hay, además, una explicación práctica: agosto reduce la actividad judicial y muchas decisiones tomadas durante el verano terminan materializándose cuando vuelve la actividad ordinaria.
Eso no significa que unas vacaciones sean capaces de romper por sí solas un matrimonio. Más bien pueden funcionar como un espejo: enseñan con mayor claridad aquello que la rutina permitía esquivar.
Más de 80.000 divorcios en un solo año
La fotografía más reciente permite dimensionar el fenómeno. En 2025 se produjeron en España 80.785 divorcios, un 2,7% menos que en 2024. Si se suman divorcios, separaciones y nulidades, fueron 83.683 procesos de disolución matrimonial. En 2024, en cambio, se habían registrado 82.991 divorcios, un 8,2% más que el año anterior.
No son solo números. Detrás de cada expediente hay una casa que cambia, dos personas que dejan de ser pareja, cuentas que deben reorganizarse y, en muchos casos, niños que tienen que aprender a vivir entre dos hogares.
De hecho, en 2025 la custodia compartida fue otorgada en el 50,8% de los divorcios de parejas con hijos, frente al 49,7% de 2024. La duración media de los matrimonios que terminaron en divorcio se situó en 16,4 años.
Por eso, quizá la pregunta ya no debería ser únicamente cómo divorciarse, sino cómo hacerlo sin destruir todo lo que queda después del matrimonio.
No es solo un divorcio: es aprender a vivir de otra manera
Ahí entra una figura todavía poco conocida en España: la divorce planner. Elena Martín, abogada y primera profesional española especializada en esta planificación, resume la diferencia de una manera sencilla: “Una abogada tramita un divorcio; una divorce planner ayuda a planificar la vida después de él”.
Su trabajo parte de una idea que cambia completamente el enfoque: antes de lanzarse a discutir quién se queda con qué, hay que saber qué vida quiere construir cada persona después de la ruptura.
“Muchas parejas llegan sin saber siquiera si quieren divorciarse; lo que necesitan primero es claridad. Mi trabajo no es convencerlas de que se separen, sino ayudarles a tomar una decisión consciente”, explica Martín.
Y esa pausa puede ser fundamental. Porque un divorcio iniciado desde la rabia puede acabar convirtiéndose en una sucesión de decisiones tomadas para hacer daño al otro: quién se queda con la vivienda, cuánto dinero recibe cada uno, cuándo puede ver a los hijos o quién paga determinadas facturas. Lo que empieza como una ruptura sentimental puede terminar convertido en una batalla por cada centímetro de la vida compartida.
La regla de oro: no decidir con la rabia
Martín insiste en algo que parece sencillo, pero que en mitad de una ruptura puede resultar dificilísimo: no improvisar. Antes de comunicar la decisión, recomienda conocer la situación económica, jurídica y familiar y regular las emociones para evitar actuar desde el miedo o la rabia. “Un divorcio bien planificado evita muchos conflictos posteriores y permite tomar decisiones pensando en el largo plazo, especialmente cuando hay hijos”, señala.
La planificación implica poner sobre la mesa cuestiones que muchas parejas prefieren no mirar hasta que ya están dentro del procedimiento: vivienda, cuentas, patrimonio, dependencia económica, custodia, organización familiar y relación futura entre los progenitores.
No se trata de convertir una ruptura en una fría hoja de Excel. Al contrario. Se trata de impedir que una situación emocional termine tomando decisiones que después tendrán consecuencias durante años. “El objetivo no es ganar un juicio, sino sentar las bases para que la familia pueda reorganizarse con el menor daño posible”, apunta Martín.
Y entonces están ellos: los hijos
Hay una escena especialmente delicada. Dos adultos acaban de decidir que dejan de ser pareja y tienen que sentarse delante de sus hijos para contárselo. Aquí no hay abogados que valgan. Ni contratos. Ni sentencias. Solo dos padres intentando explicar que algo ha cambiado sin hacer creer a sus hijos que la familia también ha desaparecido.
Martín es tajante: “Los hijos no necesitan padres perfectos; necesitan adultos capaces de protegerlos del conflicto”. Nunca deberían convertirse en mensajeros, jueces o confidentes de la ruptura. Tampoco cargar con la responsabilidad de elegir entre uno y otro.
La recomendación es hablarles con honestidad, explicarles que no son responsables de la separación y preservar, siempre que sea posible y seguro, el vínculo con ambos progenitores. Porque divorciarse de una pareja no significa divorciarse de la paternidad o la maternidad.
Romper no tiene por qué significar destruir
Quizá ahí esté la diferencia entre un divorcio y una guerra. Siempre que no existan situaciones de violencia y las circunstancias permitan una relación mínimamente saludable, Martín defiende una idea poco habitual cuando se habla de rupturas: una pareja puede terminar sin que desaparezca la familia. “Dejamos de ser pareja, pero nunca dejamos de ser los padres de nuestros hijos”, afirma.
Eso puede significar compartir un cumpleaños, acudir juntos a una función del colegio o sentarse en la misma mesa en una celebración familiar. No porque haya que fingir que nada ha ocurrido, sino porque los hijos no deberían pagar el precio de una relación que ya terminó.
Y ahí vuelve la historia del principio. Quizá aquella pareja que llegó a agosto pensando que unas vacaciones salvarían su matrimonio descubra que no hay nada que salvar. Quizá septiembre confirme una decisión que llevaba meses madurando. Pero incluso entonces existe una última elección.
“Muchas personas no necesitan únicamente un procedimiento judicial; necesitan una hoja de ruta para reconstruir su vida”, resume Martín. Porque, al final, separarse no consiste únicamente en decidir cómo dejar de vivir juntos. Consiste en aprender a vivir por separado sin convertir el pasado en una guerra interminable.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

