Cuatro hernias, dolor crónico y lesiones en manos, hombro y codo: las secuelas de Mar tras 35 años como camarera de piso

La experiencia de María del Mar Jiménez refleja el desgaste de las kellys . Según CCOO, el 95,9% presenta síntomas de ansiedad y el 71,2% toma medicación

María del Mar Jimenez kelly
María del Mar Jiménez, trabajó como camarera de piso 35 años
Hay mujeres para las que abrir un ojo por la mañana es un suplicio. Profesionales que se toman el café con pastillas para aguantar el día y que, aun así, apenas consiguen aliviar el dolor y la ansiedad. María del Mar Jiménez era una de ellas. A sus 64 años, ha dedicado más de la mitad de su vida a limpiar y recoger lo que otros desordenaban. Es una superviviente de una profesión que funciona casi como una máquina trituradora: la de las camareras de piso.
Mar empezó hace 35 años, en el Meliá Marbella. Participó en la limpieza de obra y después la contrataron. Hace 25 entró en un hotel de lujo de Madrid. Hoy tiene una incapacidad permanente para su profesión habitual: cuatro hernias lumbares, entre las vértebras L1 y L4, tendinitis crónica en el manguito rotador, lesiones en las manos y epicondilitis en el codo. Cobraba 1.400 euros al mes.

Convive con dolor crónico y recibe tratamiento en la unidad del dolor. Explica que le han ofrecido morfina, pero no la toma. Cuando sufre un brote fuerte, sí recurre a Lyrica, un medicamento con pregabalina que se utiliza para tratar el dolor neuropático.

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María del Mar Jimenez, esta semana en Madrid

El caso de Mar no es único. Forma parte de un desgaste que Comisiones Obreras lleva años documentando. Un estudio especializado del sindicato sobre la salud del colectivo relaciona el deterioro físico y mental con las cargas de trabajo y la exposición continuada a riesgos laborales. Los datos son aterradores. El 95,9% de las camareras de piso presenta síntomas clínicos de ansiedad y el 71,2% consume fármacos de forma continuada para combatir el dolor muscular y el estrés. Además, el informe también recoge que el 82% sufre falta constante de energía y que cuatro de cada diez presentan síntomas depresivos.

Cuando le preguntan cómo es trabajar con compañeras que también están agotadas y medicadas, Mar responde que muchas dicen que “no es para tanto”. “Tú, no es para tanto, pero te estás tomando tres pastillas a la hora de comer”, les contesta. El dolor acaba formando parte de la jornada hasta el punto de que a veces ni ellas mismas le dan importancia.

De veinte habitaciones a cuarenta y cinco

Mar recuerda que, cuando trabajaba, la ansiedad empezaba en el desayuno y continuaba en el autobús. Antes de llegar al hotel ya se preguntaba cuántas habitaciones tendría que hacer y cuántas serían salidas. En cuatro horas podían pedirle veinte habitaciones; en una jornada de ocho, hasta 45. Nada que ver con cuando empezó: ella y una compañera hacían veinte en ocho horas. Se repartían las tareas y hacían las camas entre dos. “Ahora vamos solas siempre”: lo que antes hacían dos, dice, ahora lo hace una.

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Mar empezó a trabajar en el Meliá Marbella, hace 35 años

Cuando Mar empezó a trabajar en Madrid, los valets —los camareros de piso que subían y bajaban la ropa y ayudaban con las habitaciones— también trabajaban dentro de ellas. Ellos se ocupaban de la habitación y ellas, de los baños. Ahora, cuenta, esos mismos valets ya no hacen los baños. Y cobran 200 euros más al mes que ellas. Cosas de hombres.

También cambió la forma de recibir el trabajo. Al principio, cuenta Mar, el reparto de las habitaciones se hacía en el despacho. Después empezaron a asignárselas a través de un móvil de empresa. Cada camarera introduce su código y su contraseña y ve en la pantalla las habitaciones que tiene que limpiar. Cuando termina una, la marca como limpia. Si alguna urge, la supervisora avisa: “Necesito la 320 para ayer”.

La pantalla indicaba qué habitación le tocaba, pero no qué iba a encontrar al abrir la puerta. Mar recuerda una con tampones usados pegados al techo y otra con los dos lavabos llenos de vómito. También ha visto excrementos en el suelo y en la cama. Llegó a pasar ocho horas con una compañera limpiando una sola habitación. Por eso pide a quienes se alojan en un hotel que piensen en la persona que tendrá que limpiarlo después.

Ese desgaste también estaba en los gestos que se repetían durante toda la jornada. Para limpiar un baño, Mar usaba cinco bayetas: una para el váter, otra para los espejos, otra para los sanitarios, otra para la encimera y una más para el suelo. Calculó que las retorcía 200 veces al día. Si se multiplica por los 300 días que trabajaba al año, son unas 60.000 veces. “Los movimientos repetitivos te machacan los brazos, las manos”, explica.

Mar también tiene una lesión crónica en el codo. “La epicondilitis se llama codo de tenista, pero cuando yo empecé a trabajar de camarera se llamaba codo de planchadora”, recuerda. Lo sigue llamando así porque, cuenta, era una afección habitual entre quienes trabajaban en las lencerías de los hoteles.

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María del Mar pertenece a las Kellys Union, una asociación sindical de las camareras de piso

Acoso sexual

En las habitaciones también podía encontrarse con situaciones de acoso. Mar tenía 42 años cuando un cliente habitual la dejó entrar para cambiar las toallas. Al volver con las limpias, él estaba desnudo junto al armario y le ofreció pagarle el sueldo de un mes si pasaba la noche con él. “Haga usted el favor de taparse las decencias, que soy una señora casada”, le respondió.

El trabajo tampoco acababa al salir del hotel. Mar volvía a casa y se metía en la cama, agotada. Cuando libraba, no le quedaban fuerzas para hacer planes. “Yo libraba dos días y esos dos días lo que quería era descansar. Estaba muy cansada”, recuerda. El cansancio y el dolor fueron estrechando también su vida con su marido y su hijo. Ahora ha recuperado algunos planes: va al cine y al teatro y sale más. “Mi relación con la familia ha cambiado muchísimo desde que estoy incapacitada.”

Conquistar derechos sin ayuda de los políticos

Mar atribuye los avances laborales a la lucha de las propias camareras, no a los políticos. “Hemos conseguido dos enfermedades laborales, pero porque las hemos llevado nosotras al Supremo”. Según explica, el alto tribunal reconoció como laborales las dolencias del metacarpiano y del manguito rotador. Para Mar, ese recorrido resume una pelea que han tenido que dar ellas. Y solas.

Por eso sigue luchando junto a sus compañeras, organizadas en sindicatos y organizaciones, las Kellys Unión por un trabajo digno y unas condiciones que no les destrocen la salud. Para que ninguna tenga que medicarse para aguantar la jornada y acabar en la unidad del dolor cuando ya no pueda más.

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