Ana María Matute tenía 83 años cuando publicó Paraíso inhabitado, pero para escribir aquella novela regresó a un territorio que nunca había abandonado del todo: la infancia. En sus páginas dejó una de esas frases capaces de condensar una obra entera: “Tal vez la infancia es más larga que la vida”.
No se refería, naturalmente, al tiempo. Ana María Matute hablaba de memoria. De esos años aparentemente breves que pueden determinar durante décadas la forma en la que una persona entiende el miedo, el amor, la soledad, la injusticia o la imaginación. Para ella, crecer nunca significó dejar completamente atrás al niño que una vez fuimos.
La frase de Ana María Matute que resume toda una literatura
La reflexión aparece en Paraíso inhabitado, publicada en 2008. La novela está narrada por Adriana, una mujer adulta que reconstruye una infancia vivida en los años anteriores a la Guerra Civil española. La protagonista crece dentro de una familia acomodada, pero se siente profundamente sola ante unos adultos que parecen incapaces de comprender su mundo.
Para protegerse, Adriana construye otra realidad. La fantasía, los cuentos, los objetos de la casa y determinados lugares adquieren para ella una dimensión distinta. Ana María Matute transforma así la imaginación infantil en un refugio frente a lo que la protagonista percibe como el territorio incomprensible de los mayores.
La novela tiene evidentes conexiones con la experiencia de la propia escritora. Matute recordó en numerosas ocasiones el llamado “cuarto oscuro” de su infancia, un espacio donde la encerraban como castigo y que, paradójicamente, terminó convirtiéndose para ella en un lugar de libertad. Allí podía quedarse sola, imaginar historias y escapar durante unas horas de las normas de los adultos.
Por qué la infancia puede durar más que una vida
Años después de publicar la novela, Ana María Matute explicó qué quería expresar con aquella idea. En una conversación recogida por El País poco antes de su muerte, sostuvo que la infancia “marca para siempre”. Los acontecimientos que impresionan profundamente durante esos años, decía, continúan acompañándonos mucho después de haber crecido.
La frase adquiere entonces un significado menos nostálgico de lo que parece. Matute no idealizaba necesariamente la niñez. Sus niños sufren, descubren la injusticia, sienten miedo y comprueban demasiado pronto que el mundo adulto puede ser hostil.
La infancia es larga porque sus consecuencias lo son. Una pérdida, una humillación, una amistad, un descubrimiento o una imagen aparentemente trivial pueden seguir reapareciendo cuando ya han pasado cuarenta, cincuenta o sesenta años.
Eso explica por qué Ana María Matute volvió tantas veces a personajes infantiles. Para ella, los niños no eran adultos incompletos, sino personas capaces de experimentar emociones extraordinariamente complejas y de observar aspectos de la realidad que los mayores habían aprendido a ignorar.
La Guerra Civil rompió su propio mundo infantil
La biografía de Ana María Matute ayuda a comprender esa obsesión. Nació en Barcelona el 26 de julio de 1925 y tenía apenas diez años cuando comenzó la Guerra Civil. La violencia del conflicto irrumpió así en un momento decisivo de su vida.
Ella misma denominó posteriormente “jóvenes asombrados” a la generación de escritores cuya infancia estuvo atravesada por la guerra. En sus libros, esa experiencia aparece una y otra vez como una ruptura entre la mirada inocente del niño y una realidad mucho más cruel.
Primera memoria, Los niños tontos, Los hijos muertos o Paraíso inhabitado exploran desde perspectivas distintas esa frontera. Los personajes infantiles de Ana María Matute imaginan, juegan y construyen sus propios universos, pero alrededor de ellos siempre existe un mundo adulto capaz de destruirlos.
Una de las grandes escritoras españolas del siglo XX
Matute empezó a escribir desde niña. A los 17 años terminó Pequeño teatro, aunque la novela no apareció hasta 1954, cuando recibió el Premio Planeta. Antes, Los Abel había quedado finalista del Nadal en 1947.
Su carrera terminó acumulando prácticamente todos los grandes reconocimientos de las letras españolas. Primera memoria obtuvo el Premio Nadal en 1959, recibió el Premio Nacional de las Letras Españolas en 2007 y en 2010 consiguió el Premio Cervantes.
Ana María Matute fue elegida miembro de la Real Academia Española en 1996 y tomó posesión del sillón K en 1998 con un discurso titulado En el bosque. Fue la tercera mujer elegida académica en tres siglos de historia de la institución.
Murió en Barcelona el 25 de junio de 2014, a los 88 años. Tres meses después apareció Demonios familiares, su novela póstuma.
La niña que permanece cuando todo lo demás cambia
Quizá por eso la frase de Ana María Matute continúa funcionando tantos años después. No habla únicamente de recordar la infancia. Habla de reconocer que una parte esencial de la identidad se construyó entonces y permanece incluso cuando casi todo lo demás ha cambiado.
Las casas desaparecen, las personas envejecen y las ciudades se transforman. Pero algunos miedos, lugares, voces y momentos conservan una extraña capacidad para regresar intactos.
Cuando Matute escribió que “tal vez la infancia es más larga que la vida”, no estaba recurriendo simplemente a una hermosa paradoja literaria. Estaba resumiendo una convicción que había recorrido buena parte de su obra: dejamos de ser niños mucho antes de que nuestra infancia deje de formar parte de nosotros.

