Emily in Paris llegará a su fin. Después de seis temporadas, Netflix ha confirmado que la serie creada por Darren Star cerrará definitivamente la historia de Emily Cooper, la ejecutiva de marketing estadounidense que aterrizó en París en pleno 2020 convertida en objeto simultáneo de fascinación, burla y consumo masivo.
Pocas series recientes han generado una reacción tan contradictoria. Durante años, Emily in Paris fue utilizada como ejemplo de frivolidad audiovisual, turismo aspiracional y fantasía algorítmica. También como síntoma de una industria cultural obsesionada con producir contenido rápido, luminoso y fácilmente compartible en redes sociales. Y, sin embargo, mientras la crítica la despreciaba, millones de espectadores seguían viéndola.
La serie entendió algo que parte del audiovisual contemporáneo parecía haber olvidado: el entretenimiento también cumple una función emocional. En un contexto dominado por ficciones oscuras, distópicas o obsesionadas con la trascendencia, Emily in Paris recuperó una idea casi anticuada de la comedia romántica ligera. Moda imposible, triángulos amorosos, restaurantes parisinos, oficinas llenas de tensión sexual y una protagonista que parecía vivir permanentemente dentro de una campaña de Instagram.

Eso no significa que la serie escapara de problemas evidentes. Más bien al contrario. Emily in Paris ha sido una de las ficciones más contradictorias de la era post #MeToo. Quería hablar de independencia femenina y deseo contemporáneo, pero muchas veces seguía atrapada en estructuras profundamente conservadoras. Emily era presentada como una mujer profesionalmente brillante, aunque gran parte de la narrativa continuara girando alrededor de su validación romántica y de la mirada masculina.
La serie tampoco terminó de resolver nunca su relación con el feminismo. Uno de sus momentos más recordados llegaba precisamente cuando Emily calificaba de “sexista” una campaña publicitaria protagonizada por una mujer desnuda caminando entre hombres trajeados, mientras su jefa Sylvie respondía: “Soy mujer, no feminista”. La escena resumía bastante bien el tono ambiguo de la ficción: interesada en debates contemporáneos sobre consentimiento, poder o representación femenina, aunque siempre desde una superficie cómoda y comercial.
Y aun así, había algo interesante en esa contradicción. La serie mostraba una generación de mujeres que ya no discute si tiene derecho al placer, al deseo o a la ambición profesional. Emily se masturbaba en pantalla, hablaba de sexo con naturalidad y se movía por la ciudad sin cargar con la culpa moral que históricamente acompañaba a muchos personajes femeninos en televisión. Ese aspecto, aparentemente banal, también era político.

Más problemática fue su relación con el trabajo y la autoexplotación. Emily encarnaba perfectamente la fantasía neoliberal de la mujer hiperproductiva: siempre disponible, siempre sonriente, siempre conectada, siempre capaz de transformar cualquier experiencia personal en contenido profesionalizable. La serie convertía el agotamiento millennial en estética aspiracional.
También París funcionaba más como decorado que como ciudad real. Darren Star construyó una capital francesa llena de clichés turísticos, cafés perfectos y franceses caricaturescos que provocaron incluso cierto enfado en Francia. Pero precisamente ahí estaba parte de su éxito: Emily in Paris nunca quiso ser realista. Era una fantasía pop consciente de sí misma.
Con el tiempo, la serie terminó ocupando un lugar curioso dentro de la cultura popular. Algo parecido a lo que ocurrió con Sexo en Nueva York años antes. Primero fue despreciada como producto superficial; después comenzó una reevaluación cultural más compleja. Porque, aunque sus personajes estuvieran construidos desde la fantasía, la serie sí captó algunas tensiones muy contemporáneas: la obsesión por la imagen, el branding constante de la identidad, la presión sobre las mujeres para resultar deseables y exitosas al mismo tiempo o la confusión entre autenticidad y rendimiento digital.

También entendió muy bien algo que el audiovisual actual a veces rechaza admitir: las mujeres pueden disfrutar de productos frívolos sin que eso invalide su inteligencia política o cultural. Parte del desprecio hacia Emily in Paris tenía más que ver con el viejo miedo a la cultura considerada “femenina” que con la calidad real de la serie.
Quizá por eso su despedida deja una sensación agridulce. Emily in Paris nunca fue una gran serie feminista. Tampoco una revolución televisiva. Pero sí un retrato bastante preciso de una década obsesionada con convertir la vida en escaparate, con romantizar el trabajo y con seguir buscando fantasías sentimentales incluso después del cinismo colectivo de los últimos años.
Emily se marcha de París dejando detrás tacones imposibles, cafés fotogénicos y muchas decisiones sentimentales cuestionables. También una serie que, pese a todos sus clichés, entendió mejor que muchas otras cómo se construye hoy el deseo contemporáneo.

