Gafas violetas

‘Emily in Paris’: cuando el empoderamiento consiste en gustar mucho y molestar poco

La serie de Netflix se presenta como fantasía de independencia femenina, pero normaliza la autoexplotación, la validación constante y un feminismo reducido a estética y marca personal

'Emily in Paris': cuando el empoderamiento consiste en gustar mucho y molestar poco
'Emily in Paris': cuando el empoderamiento consiste en gustar mucho y molestar poco
Montaje: kiloycuarto

Desde su estreno, Emily in Paris se ha defendido como una comedia ligera sin pretensiones: una joven estadounidense que llega a París, viste bien, trabaja en marketing y vive aventuras sentimentales mientras aprende a “encontrarse a sí misma”. Sin embargo, vista con las gafas violetas del feminismo —y en pleno 2025—, la serie funciona como un manual involuntario de un modelo muy concreto de empoderamiento: el que no cuestiona estructuras, solo se adapta a ellas con una sonrisa.

Emily encarna una figura reconocible para toda una generación: mujer joven, ambiciosa, independiente, aparentemente libre. Tiene trabajo, vive sola y toma decisiones. Pero esa autonomía está siempre condicionada a la aprobación externa. Su éxito profesional no depende de transformar el entorno laboral, sino de gustar: a sus jefes, a sus compañeros, a sus seguidores en redes y, por supuesto, a los hombres que orbitan a su alrededor. El talento se mide en engagement, y la creatividad, en impacto inmediato.

La cuarta temporada de la serie 'Emily in Paris'
La cuarta temporada de la serie ‘Emily in Paris’ es uno de los estrenos más esperados del verano

Uno de los aspectos más problemáticos de la serie es la romantización de la autoexplotación. Emily trabaja sin horarios, convierte su vida privada en contenido y acepta la precariedad emocional y laboral como parte natural del camino al éxito. Todo se presenta como entusiasmo y pasión, cuando en realidad responde a una lógica profundamente neoliberal: si te esfuerzas lo suficiente, si sonríes lo bastante, el sistema te recompensará. El conflicto nunca es estructural; siempre es personal.

La serie también plantea una sororidad más estética que real. Las mujeres compiten entre sí por atención, reconocimiento o deseo masculino, y cuando hay alianzas, suelen ser frágiles o funcionales. No hay una red femenina sólida que sostenga a la protagonista fuera del trabajo o del romance. Emily está sola, y esa soledad se vende como independencia, cuando en realidad refuerza la idea de que el éxito es individual y no colectivo.

La cuarta temporada de la serie 'Emily in Paris', protagonizada por Lily Collins
La cuarta temporada de la serie ‘Emily in Paris’, protagonizada por Lily Collins

¿Pasa Emily in Paris el Test de Bechdel? Sí, sin dificultad. Las mujeres hablan entre ellas de trabajo, moda, campañas y conflictos profesionales. Pero, de nuevo, el test se queda corto. La pregunta no es si hablan, sino desde qué lugar. El relato no pone en cuestión la cultura empresarial que exige disponibilidad total, ni el uso del cuerpo y la imagen femenina como capital simbólico. Todo eso se acepta como el precio natural del triunfo.

El feminismo que propone Emily in Paris no es explícito, pero sí muy influyente: uno donde la libertad se confunde con elección individual, donde el éxito consiste en encajar sin incomodar y donde el poder femenino se ejerce siempre dentro de los márgenes permitidos. Emily no rompe el sistema; aprende a navegarlo mejor que nadie.

Por eso la serie resulta tan interesante para cerrar el año con las gafas violetas puestas. No porque sea “mala” (que también), sino porque refleja con precisión una pregunta muy actual: ¿qué tipo de empoderamiento estamos celebrando cuando el éxito femenino sigue dependiendo de agradar, rendir y exponerse sin descanso?

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