Opinión

Fotografías

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No cesan los nombres, no para de aumentar la lista de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas. La cifra crece con esa cadencia seca (una cada tres días, cada dos días, cada cinco días) que ya no sorprende a nadie y que, sin embargo, debería paralizarnos. La repetición, quizás porque no sea totalmente regular, se integra en el paisaje informativo entre una crisis política, las últimas declaraciones de un autócrata y una polémica deportiva. Un titular breve, una edad, un barrio, si había o no denuncia previa. A veces una fotografía de archivo: el portal, la cinta policial, vecinos que miran. Seguimos. Pasamos al siguiente contenido.

Hace años Julio Cortázar comparaba el cuento con una fotografía, mientras que la novela —decía— se parecía más a una película. El relato, como la foto, debía capturar un instante decisivo; la novela, en cambio, desplegaba una duración, un proceso, un mundo entero. Pienso en esa comparación cada vez que leo una noticia de violencia machista. Lo que recibimos es apenas una instantánea: una mujer de 37 años, una orden de alejamiento, un domicilio en tal distrito. Un encuadre mínimo, inmóvil, que pretende contener lo incontenible.

No hay tiempo para la novela entera. Una vida extensa y contradictoria. Una mujer que recordaba su infancia, amistades, trabajos precarios o vocaciones secretas. Que se enamoró alguna vez, que quizá dudó antes de iniciar esa relación, que soportó violencias pequeñas antes de que llegara la definitiva. Que también conoció destellos de euforia: un viaje improvisado, una carcajada compartida, una tarde de verano, la risa de su hija.

Del agresor, todavía menos. Solo parece interesar si es español o no. Nombre, edad, antecedentes. La información sobre él se diluye en una abstracción casi burocrática: “se entregó”, “no constaban denuncias previas”. El foco narrativo, paradójicamente, tampoco se detiene ahí. El crimen, más que explicarse, se consigna, y así lo que debería exigir una mirada prolongada se convierte en una instantánea más.

Hace tiempo que comenzamos a consumir estos asesinatos como cualquier otro contenido. Nos indignamos, escribimos un mensaje, compartimos un enlace, comentamos durante unos minutos. Pero la lógica de la atención manda. Hay demasiadas imágenes compitiendo por nosotros. El algoritmo no distingue entre un vídeo humorístico y la crónica de un feminicidio; ambos son piezas que pugnan por unos segundos de permanencia en pantalla. Y nosotros, entrenados en esa economía de la distracción, respondemos con la misma intensidad fugaz y el mismo desapego inmediato.

Este deslizamiento constante convierte la violencia en espectáculo. Más allá del sentido clásico de algo escenificado para entretener, se transforma en algo más inquietante: algo que se muestra, se exhibe, se ofrece a la mirada colectiva como un episodio más en un flujo continuo. La espectacularización no necesita música dramática ni reconstrucciones morbosas, aunque a veces también las incluya. Basta con la repetición y la velocidad. Basta con que el crimen se inserte en la cadena interminable de estímulos.

El resultado es una doble amputación. Por un lado, se recorta la vida de la mujer asesinada hasta convertirla en un pie de foto. Por otro, se recorta nuestra capacidad de detenernos. La fotografía ¿recuerdan? sobre la película. No hay tiempo para reconstruir la trama, para preguntarnos qué falló en los sistemas de protección, en el entorno, en las señales que quizá fueron ignoradas. No hay tiempo para preguntarnos qué tipo de cultura tolera que la amenaza sea cotidiana. Eso no interesa ni a quien pueden remediarlo ni a quien no tienen la intención de hacerlo.

La violencia machista siempre ha tenido algo de espectáculo público. Durante siglos fue un asunto meramente doméstico, pero también generaba rumores, comentarios, venganzas, obras de teatro, romances. Hoy el escenario es digital y masivo. Cada crimen se convierte en tendencia, en un gráfico actualizado, en un cifra que se suma a la anterior. La visibilidad que ha permitido nombrarla y denunciarla corre también el riesgo de banalizarla, de convertirla en un hecho intercambiable con otro.

No es que no sintamos nada. Sentimos a ráfagas, con una emoción breve que no alcanza a transformar nada si no se traduce en exigencia política, en revisión cultural, en incomodidad sostenida. La fotografía conmueve; la película obliga a pensar en un proceso, en sus causas, en las responsabilidades que no se agotan en un titular.

Cada asesinato es una historia truncada que merecería la duración respeto a su complejidad, pero una vez más, las mujeres y nuestras vidas quedamos reducidas a segundos en las vidas de los otros. A un momento de atención antes de que llegue la siguiente notificación. A un caso que se superpone a otro, y luego a otro, hasta formar un mosaico indistinguible.