El flamenco nació en lo popular, en lo colectivo, en lo que no siempre tenía nombre ni prestigio. Creció en patios, en ventas, en márgenes. Y, como toda expresión cultural profundamente ligada a una sociedad, heredó también sus jerarquías, sus silencios y sus desigualdades. Hablar hoy del papel de la mujer en el flamenco implica mirar atrás, pero también observar con atención un presente en transformación.
Ana Morales lo dice desde el principio: “Lo que me planteas es muy amplio, tendríamos una conversación larguísima para hablar del rol de la mujer en el flamenco, y más desde sus inicios”. Para ella, no se puede separar el arte del contexto que lo sostiene. “El flamenco crece en un ámbito popular y evoluciona conforme la sociedad, al fin y al cabo, es una expresión del pueblo y va completamente relacionado con la cultura de nuestro país y la manera en la que evoluciona todo”.
Ese recorrido histórico no ha sido neutro. “Es obvio que ha sido, y todavía hay un punto machista muy grande dentro del flamenco, porque el hombre ha tenido una importancia muy grande”. Morales no habla desde la queja, sino desde la observación de un sistema que se repite. “Exactamente igual que en las épocas anteriores”, añade, aunque reconoce que algo se ha movido: “Ahora la mujer se ha ido empoderando, ha ido encontrando su sitio y liberándose de muchas ataduras”.
Durante décadas, la libertad artística femenina tuvo límites claros. “La mayoría de mujeres, tanto en el ámbito del cante como en el del baile, cuando se casaban ya no podían realizarse como artistas”. No era una excepción, era la norma. “Incluso las mujeres que querían bailar, sus madres las tenían que acompañar, porque era un mundo que daba mucho miedo”. El arte, para una mujer, estaba cargado de sospecha. “El mundo del baile estaba muy mal visto”.
De esa base nacen inercias que aún persisten. “Partiendo de esa base, te puedes imaginar todos esos resquicios que después siguen escondidos”. Morales no habla de un machismo evidente, sino de uno transformado. “De alguna forma están ahí, transformados y convertidos en otra cosa”. El flamenco ha sido “un ámbito muy duro para la mujer”, dice, “y a la vez maravilloso también”, porque muchas lograron abrirse paso pese a todo.

Las cifras cuentan otra parte de la historia. “Estadísticamente, siempre ha habido muchas más mujeres que hombres”, explica, pero el poder no se repartía igual. “Los cargos importantes, los cargos directivos, la mayoría de cargos siempre han sido de hombres”. Morales pone ejemplos concretos: “La Compañía Nacional de España o la Compañía Nacional de Danza”. Aunque bailan menos hombres que mujeres, “los cargos directivos casi siempre los ocupaban ellos”.
Ese desequilibrio empieza a corregirse, aunque no sin resistencia. “Sabemos que estamos en un momento en el que todo ha ido cambiando”, afirma. “La mujer está mucho más empoderada”. Hoy existen “mujeres maravillosas, creadoras, que ahora podemos desarrollarnos de una manera mucho más natural y mucho más fructífera”. Aun así, Morales no idealiza el presente. “Igualitario, pues luchamos para que sea igualitario, pero fácil no ha sido”.
La mirada sigue pesando. “La mujer siempre tiene este punto, y más cuando danza, cuando hace arte, cuando está en un ámbito en el que se tiene que sentir libre”. Una libertad que históricamente ha incomodado. “Siempre ha sido una mirada del hombre a la mujer muy restrictiva”.
En lo personal, Ana Morales atraviesa un momento de plenitud. “Estoy viviendo un momento maravilloso, un momento de madurez”. Habla de disfrute y de seguridad. “Estoy disfrutando mucho de mis piezas, de mis obras, y con mucha más libertad de mí hacia mí”. El flamenco, para ella, ha sido algo más que una profesión. “He utilizado el arte como vehículo absoluto de mis necesidades y de mi expresión emocional”.

Ese camino ha sido formativo en todos los sentidos. “Me ha servido para crecer y para intelectualizarme a través del flamenco, absolutamente como persona”. No duda al afirmarlo: “Este ha sido mi vehículo y mi vía de escape”. De ahí su agradecimiento: “Estoy absolutamente agradecida al flamenco y al arte por dejarme expresar a través de él”.
Pero el machismo no es un concepto abstracto. “Claro que he tenido experiencias a lo largo de mi carrera”, reconoce. Muchas de ellas normalizadas. “Se naturalizan cosas que al final una tiene que atravesar”. La diferencia aparece en cómo se percibe la fuerza. “Cuando una mujer se expresa de manera natural o tiene esa energía, no se ve igual que en el hombre”.
Ese juicio sigue operando. “Siempre tenemos que estar cambiando esa mirada de la mujer que quiere expresarse al mismo nivel”. Y aunque haya avances, Morales es clara: “Todavía queda muchísimo por hacer en mirar a una mujer con carácter exactamente igual que a un hombre con carácter”.
La desigualdad también aparece en la gestión. “Cuando eres empresaria, cuando llevas tu propia compañía”, explica, “tienes que estar enfrentándote a temas políticos, a vender tu pieza”. Y ahí surge la fricción. “Casi siempre hombres que están en puestos de funcionariado”. La sensación se repite: “Muchas veces sientes que tienes que estar convenciendo todo el rato”.
No es una batalla diaria, pero tampoco ha desaparecido. “Eso todavía está ahí, en pequeñas dosis, gracias a Dios”. El flamenco avanza, pero arrastra su historia. Como la sociedad de la que nace. Y en ese movimiento, mujeres como Ana Morales siguen bailando, creando y ocupando un espacio que durante demasiado tiempo les fue negado.
