Opinión

Cuatro años después: mucho ruido y pocas soluciones para Ucrania

Ucrania
Actualizado: h
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Un día como hoy, hace cuatro años, Vladimir Putin ordenó el arranque de una ofensiva militar a gran escala en Ucrania. Fue a las 6:00 (hora local en Moscú) del 24 de febrero de 2022 cuando el máximo dirigente ruso anunció que era preciso poner en marcha una “operación militar especial” en la zona más oriental de Ucrania. Las razones esgrimidas en aquel momento por el Kremlin giraron, principalmente, en torno a la protección de la población del Donbás (compuesta por los óblast de Donetsk y Lugansk) que –en palabras de su máximo dirigente– había padecido abusos y genocidio; una situación que, según afirmó, exigía la desmilitarización y desnazificación del país vecino.

Vladimir Putin, en Moscú, Rusia
EFE/EPA/MIKHAIL METZEL / SPUTNIK / KREMLIN

A través de dicho mensaje –rápidamente difundido–, se instó al pueblo ucraniano a deponer las armas y a regresar a sus casas, subrayando que el derramamiento de sangre recaería sobre el gobierno ucraniano. Horas después, Kiev confirmaba que los ataques ya habían comenzado. Desde entonces, las operaciones bélicas se han prolongado –desgraciadamente– hasta hoy. Durante este periodo, el balance de muertos resulta estremecedor. Se estima que más de 15.000 civiles ucranianos han fallecido (entre ellos, más de 700 menores) y más de 40.000 han resultado heridos (entre ellos, más de 2.500 menores). Asimismo, se estima que son más de 200.000 soldados de ambos bandos los que habrían caído en combate. Estos son los datos que se manejan, si bien es cierto que la cifra exacta sigue sin conocerse.

Las fuerzas rusas apenas avanzan desde 2024

Con respecto a los avances acaecidos en el frente, debe indicarse que Moscú controla –en estos momentos– en torno al 20% del territorio enemigo; un porcentaje que apenas ha variado en los últimos dos años. La zona en la que el Kremlin ejerce su control se circunscribe a Crimea y a Lugansk, así como a una parte considerable de Jersón y Zaporiyia, donde –por cierto– se encuentra una importante central nuclear. Además, domina alrededor del 80% de la región oriental de Donetsk. Ante estas maniobras de escasa contundencia, se advierte un fuerte desgaste militar para ambas partes. Así puede concluirse cuando se constata que las fuerzas rusas apenas avanzan –desde 2024– entre 15 y 70 metros al día. Más allá de los limitados progresos geográficos registrados, resulta llamativa la tecnología empleada en el campo de batalla. De hecho, el terreno en el que se está desarrollando el escenario bélico en cuestión ha sido tildado como una suerte de “Silicon Valley”. Ello revela hasta qué punto el conflicto se ha convertido en un laboratorio de innovación militar en tiempo real, cuyos efectos se proyectarán –con toda seguridad– sobre los enfrentamientos de las próximas décadas.

En cualquier caso, para comprender mejor las implicaciones y el desarrollo de este conflicto, hay que señalar una idea principal: su origen se remonta a muchos años atrás. Concretamente, hay que retroceder a finales de 2013; un momento particularmente convulso para la población ucraniana que mostró su descontento para con su gobierno que había decidido suspender el Acuerdo de Asociación con la Unión Europea. Estas movilizaciones –conocidas como el Euromaidán– provocaron, finalmente, la huida del líder prorruso Víktor Yanukóvich. Poco tiempo después, se formó un nuevo gobierno que no contaba con la aquiescencia de Moscú. En aquel momento, las autoridades rusas –conscientes, posiblemente, de que su capacidad de influencia quedaba seriamente amenazada– propiciaron la celebración de un referéndum sobre el estatus político de Crimea. El resultado fue tan controvertido como demoledor: más de un 96% de la población ubicada en el referido enclave abogó por la opción de ser anexada a Rusia. Y así sucedió el 18 de marzo de 2014, a pesar del rechazo de Ucrania y de una parte significativa de la comunidad internacional que –por medio de la resolución 68/262 de 27 de marzo de la Asamblea General de Naciones Unidas– instó a seguir reconociendo Crimea como parte de Ucrania.

¿Dónde está Sánchez?
Mark Rutte, Mette Frederiksen, Ursula von der Leyen, Dick Schoof, Ulf Kristersson, Emmanuel Macron, Friedrich Merz y Volodimir Zelenski
Efe

A continuación, comenzó a desarrollarse la guerra entre el ejército ucraniano y las fuerzas separatistas prorrusas de la región del Donbás que contaban –según los primeros– con el apoyo del Kremlin. Este conflicto armado ha pasado, como es lógico, por distintas fases hasta eclosionar en la invasión rusa de febrero de 2022. Fue precisamente la maniobra de hace justo cuatro años la que intensificó de forma decisiva el enfrentamiento, provocando una crisis de refugiados sin precedentes en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, 3,7 millones de ucranianos se han visto obligados a desplazarse internamente y casi seis millones de ciudadanos han tenido que huir de su país. Alrededor del 13% de las viviendas han sido destruidas o se encuentran dañadas. Asimismo, cerca de 10 millones de habitantes dependen actualmente de la ayuda humanitaria. Se trata, sin duda, de una situación catastrófica que no hace sino agudizarse, especialmente tras constatar que el pasado año dejó el balance más mortífero del conflicto.

Moscú ha violado la integridad territorial ucraniana

En este contexto, debe ponerse de relieve que Rusia, en su condición de Estado invasor, ha incumplido la normativa en materia de derechos humanos de manera reiterada y constante. Pese a todo, Vladimir Putin intentó justificar el inicio de la guerra invocando el principio de legítima defensa contenido en el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas. Sin embargo, la aplicación de este precepto legal no procede, ya que no se dan las circunstancias que la norma exige. Así pues, Moscú ha violado la integridad territorial ucraniana y, por tanto, habría perpetrado el delito de agresión consagrado en el artículo 8 bis del Estatuto de Roma. En paralelo, han trascendido episodios en los que se han apreciado presuntas violaciones del Derecho Internacional Humanitario; es decir: de la normativa internacional aplicable a los conflictos armados. En este sentido, la Corte Penal Internacional ha iniciado el proceso judicial correspondiente para esclarecer ciertos hechos, lo que le ha llevado a emitir una orden de arresto contra, entre otros, Vladimir Putin.

Para completar la radiografía del conflicto en curso, conviene detenerse en alguno de los esfuerzos diplomáticos desplegados con la intención de poner fin a las hostilidades existentes en el extremo oriental europeo. Así, cabe destacar el encuentro que tuvo lugar el pasado agosto en Alaska. En dicho emplazamiento, Donald Trump y Vladimir Putin tuvieron la posibilidad de intercambiar impresiones de cerca. Además, esta cumbre generó un profundo malestar al obviar la perspectiva de la otra parte afectada: Ucrania.

Vladimir Putin y el presidente estadounidense, Donald Trump

La polémica hoja de ruta de Trump

La actuación del mandatario norteamericano fue incluso más allá cuando, meses después, confeccionó –sin mostrar ningún tipo de escrúpulo por el respeto a la soberanía ucraniana– un plan de paz de –originalmente– 28 puntos para Ucrania en cuya cláusula 21 se estipulaba que Crimea, Lugansk y Donetsk debían ser reconocidos como territorios rusos. Además, en aquella hoja de ruta se estableció que las fuerzas armadas ucranianas no debían superar los 600.000 efectivos y que el país invadido debía aceptar no ingresar en la Organización del Tratado Atlántico. Estas eran algunas de las “perlas” del esquema planteado por Donald Trump en virtud del cual subyace la idea de que, creyéndose ungido de una superioridad que ni siquiera quiso maquillar, pretendía solventar un conflicto internacional a costa de la soberanía y la integridad territorial de otros.

Trump
El presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, ha elegido un dos piezas negro, con camisa negra, para su reunión en la Casa Blanca
Efe

Las conversaciones recientemente mantenidas en Ginebra no revelan mejoras significativas en este triángulo imposible de actores: Estados Unidos (que, en teoría, actúa como mediador) y las dos partes beligerantes: Rusia y Ucrania. En este contexto, los negociadores reconocen que el diálogo de hace unos días fue intenso y difícil, si bien es cierto que hubo avances en los procedimientos de verificación ante un posible alto el fuego. En todo caso, el planteamiento principal de las partes implicadas no ha variado. El eje sobre el que pivotan las exigencias rusas para la paz pasa necesariamente por el control de la totalidad del Donbás; una región que –tras cuatro años de guerra– no logra monitorizar plenamente. Esta es la condición que exige Moscú para deponer las armas. Ucrania, por su parte, pide garantías de seguridad para evitar nuevos ataques y, en todo caso, descarta cualquier cesión territorial.

Volodímir Zelenski.
EFE

Mientras tanto, en esta sangrienta partida, Estados Unidos toma inexplicablemente partido a favor de Rusia, su jugador favorito, al abogar por una paz a cambio de unos territorios que satisfagan a este último. Esta fórmula no parece ser, por el momento, una opción para Kiev, pero la población ucraniana comienza a mostrar su hartazgo ante una guerra que no vislumbra una salida clara. Este extraño triángulo lleva ya un tiempo convertido en un circo de tres pistas en el que dos de los actores ejecutan su número sin escuchar la “música” de quien ha sido abiertamente agraviado: Ucrania. Hay mucho ruido diplomático, pero la salida del conflicto sigue sin aparecer en el horizonte. Y todo parece apuntar a que, si emergiera una posible solución, crece el temor de que se haga en detrimento de quien no debería –en modo alguno– resultar perjudicado: Ucrania.