La crítica despiadada

¿Sigue siendo Sexo en Nueva York una serie feminista?

La serie que revolucionó la televisión con su franqueza sexual y su retrato de la soltería femenina muestra, más de 20 años después, sus contradicciones y limitaciones

Decir que algo del pasado fue producto de su tiempo a menudo significa que ha envejecido mal. Y, si hablamos de series, Sexo en Nueva York es un producto de su tiempo paradigmático pese a que, eso sí, sigue siendo mucho más tolerable a día de hoy que tanto las dos infames películas basadas en ella que vieron la luz a finales de los 00 como el terrible spin-off And Just Like That…, cuya tercera y última temporada ha llegado recientemente a su fin, por fin. 

Centrada en un grupo de amigas de entre 30 y 40 años -más o menos- que viven en la ciudad de Nueva York desde finales de los años 90, hoy en día la serie es valorada sobre todo por cómo exploró con franqueza las zozobras que conlleva estar soltera, mostró a mujeres que cometen errores y los superan y, al mismo tiempo, presentó conversaciones sobre asuntos sexuales de los que, en la época en que fue emitida originalmente -entre 1998 y 2004- no se hablaba en televisión, como el sexo oral y anal, la masturbación, las enfermedades de transmisión sexual, el aborto, las infidelidades o el intercambio de parejas.

La mítica serie noventera, “Sexo en Nueva York”

Sin embargo, sentarse frente a la serie en la actualidad causa la misma sensación que echar un trago de leche rancia; especialmente al observar a su personaje protagonista, Carrie Bradshaw (Sarah Jessica Parker), una columnista freelance que vive en una zona acomodada de Manhattan, tiene un armario lleno de Manolo Blahniks y se pasa la vida cenando en restaurantes caros, trasegando cócteles Cosmopolitan en lujosas soirées y gastando sumas exorbitantes de dinero en ropa. Si tal tren de vida era viable para una redactora pagada a tanto la pieza en los años 90, sin duda hoy no lo es.

En su momento, Carrie fue inicialmente celebrada como un triunfo del feminismo, una mujer independiente, sexualmente empoderada y decidida a lograr la autorrealización tanto profesional como sentimental. Además, fue un personaje femenino pionero en su época, porque por entonces la televisión y el cine no se atrevían a mostrar a mujeres irresponsables y en ocasiones desagradables, que tienen defectos, toman malas decisiones y hasta pueden llegar a ser crueles.

Carrie Bradshaw, su personaje icónico de ‘Sexo en Nueva York’

Diluida esa faceta con el paso del tiempo, sin embargo, contemplar hoy a Carrie es ver a una mujer cada vez más narcisista y egoísta a pesar de que Sarah Jessica Parker se esfuerza por presentarla como una heroína carismática e irresistible; una persona prejuiciosa, que pide pero no da, que critica pero no acepta críticas, que exige ser escuchada pero no se molesta en escuchar a los demás, y trata las preocupaciones ajenas como si fueran trivialidades mientras espera apoyo y empatía incondicionales de los demás; una mujer victimista y propensa a culpar a otros por sus propias decisiones o sus fracasos, que no duda en maltratar al único hombre decente que se ha interesado por ella y permanece enganchada a un tipo que la trata como basura.

Alguien que se define a sí misma como una columnista sexual pero no usa sus artículos para cuestionar tabúes y convenciones sobre el asunto sino para delatarse como una persona mojigata y retrógrada. En uno de los episodios de la serie, por ejemplo, desprecia la bisexualidad calificándola como “una parada técnica hacia Gaylandia”. Aceptar la relevancia social que el personaje tuvo en su día no es incompatible con considerarlo francamente insoportable en la actualidad.

Collage de la serie 'Sexo en Nueva York'
Collage de la serie ‘Sexo en Nueva York’

En realidad, la serie en su conjunto da muestras de sexismo y clasismo. Casi todos los hombres heterosexuales que aparecen en ella encarnan meros estereotipos negativos, y los homosexuales -según Carrie y compañía, los únicos aceptables como verdaderos amigos- son caricaturizados. Unos y otros son gente con dinero, porque estas cuatro mujeres no se relacionan con gente que no lo tenga, porque lo contrario sería incompatible con su tendencia a promocionar su propio privilegio de la forma más descarada posible. 

Pero quizá la característica de Sexo en Nueva York que hoy resulta más irritante es su tendencia a hacer repetir a sus protagonistas que las mujeres pueden tener éxito y ser independientes y no necesitar a los hombres mientras, por otro lado, sus acciones dejan claro una y otra vez cuánto falta les hace un hombre que las complete, y que las salve a bordo de un coche de alta gama -y, en el caso de Carrie, que la financie, la inspire, cocine para ella y le lleve la contabilidad-; cuando su última temporada llega a su fin, la cuatro están metidas en relaciones serias, que además son presentadas como una recompensa para ellas. En 2025, una serie como esta no puede ser un ejemplo de empoderamiento femenino porque, si lo es, entonces el patriarcado no tiene nada de qué preocuparse.

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