Teatro

‘Violencia’: cuando el teatro obliga a mirar donde preferimos no ver

Cuatro padres se reúnen seis años después de un crimen escolar para intentar comprender lo ocurrido: ‘Violencia’, adaptación de Mass de Fran Kranz dirigida por Diego Garrido Sanz, llega al Centro Dramático Nacional como un intenso drama de duelo, culpa y salud mental juvenil

Escena de 'Violencia', obra de teatro, en el Centro Dramático Nacional
Escena de la obra de teatro 'Violencia', en el Centro Dramático Nacional

Hay obras que nacen para entretener; otras, para conmover; y unas pocas, para recordarnos que el escenario sigue siendo un lugar donde la sociedad se examina a sí misma. Violencia, adaptación de Diego Garrido Sanz del celebrado filme Mass (2021) de Fran Kranz, pertenece sin duda a esta última categoría. Su llegada al Festival de Otoño en 2024 y su regreso ahora, en 2025, al Centro Dramático Nacional, confirma algo más que el éxito de una pieza: señala la plena vigencia de un teatro que se atreve a tensar las fibras más íntimas de un público que, en demasiadas ocasiones, consume ficción sin permitirle interpelarle.

Garrido traslada al escenario un encuentro que es casi una trampa emocional: seis años después de un crimen que destruyó dos familias, los padres del joven asesinado (Beatriz y Martín) aceptan reunirse con los padres del asesino (Ricardo y Amelia). Ninguno está preparado. Todos lo necesitan. Lo que sigue es una conversación incómoda, quebrada, a veces insoportable, que se abre paso entre silencios, matices y explosiones contenidas. Una obra de cámara que podría haberse quedado en un ejercicio intimista, pero que encuentra en la escena española un eco más amplio: la conversación urgente sobre salud mental, desarraigo, duelo y la fractura social que crece como una grieta a la vista de todos.

Una escena de la obra de teatro 'Violencia' en el CDN
Una escena de la obra de teatro ‘Violencia’ en el CDN

El guion de Kranz —que en cine sorprendió por su precisión quirúrgica— encuentra en castellano una respiración nueva. Garrido entiende que Violencia no necesita metáforas ni artificios; basta con la palabra puesta en el lugar adecuado y el cuerpo que la sostiene. La adaptación mantiene ese rigor original, pero lo ancla en un contexto español donde los datos de suicidio entre jóvenes, la precariedad emocional y la disolución de los vínculos comunitarios dotan al material de una dimensión aún más urgente.

El texto avanza como quien abre un cajón que lleva demasiado tiempo cerrado: el acoso escolar del que nadie quiso hablar, la soledad de los adolescentes, la ceguera de los padres, la culpa que devora, la rabia que incapacita. En lugar de buscar explicaciones morales simplistas —no hay monstruos ni santos—, la obra propone una narrativa más incómoda pero más honesta: la violencia no es un fenómeno aislado, sino un síntoma.

La puesta en escena de Garrido sigue la estela de los grandes teatros de diálogo: una mesa, cuatro sillas, cuerpos que apenas se permiten respirar sin tensarse. Pero en esa aparente sobriedad habita la mayor potencia de la obra. La dirección confía completamente en lo que ocurre entre los intérpretes; la tensión se cocina en seco, sin música que alivie ni movimientos que distraigan.

La obra podría haber sido solemne. Podría haber caído en la lágrima fácil. No lo hace. Garrido sitúa la violencia —la real, la emocional, la estructural— en el centro de la conversación, sin edulcorantes. Y logra algo difícil: que el espectador sienta esa violencia incluso cuando nadie grita.

Un reparto que sostiene una verdad insoportable

El elenco está elegido con precisión milimétrica. Cecilia Freire compone a una Beatriz devastada, quebrada por dentro pero firme en un único deseo: entender. Freire evita cualquier tentación de sentimentalismo, y hace de la contención un arma afilada. Frente a ella, Esther Ortega dota a Amelia de una humanidad compleja: una madre que sabe que no basta con pedir perdón, porque nunca será suficiente.

Ignacio Mateos aporta a Martín la rabia fría de quien ha perdido la capacidad de articular su dolor; Jorge Kent construye un Ricardo exhausto, derrotado, incapaz de perdonarse. La escena que ambos personajes comparten en mitad de la obra —un gesto mínimo, casi imperceptible— condensa la tesis del montaje: a veces basta un roce para quebrar seis años de odio.

La presencia de Inés Diego y Abel de la Fuente, en pequeños fragmentos, funciona como recordatorio brutal de todo lo que se ha perdido y todo lo que la sociedad se juega cuando no escucha.

El perdón como territorio político

Violencia no es una obra sobre la reconciliación. Tampoco sobre el castigo. Es una obra sobre la posibilidad —y la imposibilidad— del perdón en un mundo fracturado.
La pregunta que late bajo todo el montaje es sencilla y devastadora: ¿cómo se perdona lo imperdonable?
El gesto final —ese leve tocarse de las manos— no pretende resolver nada. No es redención, no es alivio. Es, en todo caso, una grieta por la que entra una luz mínima, casi frágil, pero que existe. Ese instante basta para que la obra trascienda su trama y se vuelva una reflexión sobre cómo sobrevivimos al dolor cuando ninguna institución sabe ya acompañarlo.

La nota de dirección lo dice sin rodeos: “si los parlamentos se vacían de sentido, nos toca a nosotres, artistas, asumir la responsabilidad”.
Violencia convierte esa declaración en forma escénica. No hay metáfora, no hay alegoría. Solo cuatro personas enfrentadas a lo que la sociedad entera evita: hablar del trauma, reconocer que hemos fallado a nuestros jóvenes, aceptar que el dolor ajeno también nos pertenece.
El resultado es un espectáculo que deja al público en un silencio espeso. No es un silencio incómodo; es el tipo de silencio que solo aparece cuando algo se ha movido de sitio.

Violencia es un montaje honesto y necesario que evita los atajos y abraza la complejidad humana con una madurez cada vez más frecuente en el teatro contemporáneo. No ofrece respuestas —sería irresponsable hacerlo—, pero plantea con crudeza las preguntas que no podemos seguir aplazando y reclama con claridad el valor del diálogo, del cuerpo presente y de la palabra que, dicha frente a otro, sigue siendo la herramienta más antigua y más poderosa para intentar comprendernos.