Opinión

Hola y adiós

Cristina López Barrios
Actualizado: h
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He caminado esta semana por la calle Melancolía de Joaquín Sabina, aunque fue el lunes pasado — el tiempo es un éxodo de oscuras golondrinas— cuando fui al concierto de su última gira, Hola y adiós, en el Movistar Arena de Madrid. Sentado en silla alta, con chaqueta blanca, sombrero panamá y anillos rock and roll, comenzó la tarde bajándose en Atocha, donde me bajé yo durante todos los años de mi infancia, en ese Antón Martín de línea azul, de Burger King y farmacia de El globo; ya ven, yo me quedo en Madrid, que me vio nacer y Sabina también. El público del Movistar Arena —madrileño de pro, gato, quizá, de pura cepa, amante de este “foro” sin playa donde viven, dicen, los que mandan— brama, aplaude. Sabina es un poeta de ciudad, un héroe de la épica cotidiana, ese reverso tan vulnerable y a la vez tan canalla, tan tierno y tan hostil. Madrid de mis pecados, canta Joaquín, de los suyos y los nuestros, bien lo sabemos nosotros que los cantamos con él. Ese Madrid que olvido porque lo tengo a mano, siempre hay un niño— una niña— que envejece en Madrid. Y es que vamos como el que viaja a bordo de un tren enloquecido, caballo de cartón, estaciones de blancos azulejos y lunares de chicles, de Tribunal a Sol, de Chueca a Chamberí. Y en ese ir y venir castizo por la ciudad de moda, de hoteles de primera y a la última y pisos desbocados con rentas de postín, Sabina nos pregunta por aquel mes del fracaso, por aquel que no es otro, que nuestro mes de abril. Y es que nos lo han robado, a todos, lo cantamos a coro, y el corazón con él.

Pasa la primera hora de concierto y la vida se nos va por los rincones, se nos deshace entre las manos, como peces de hielo en su güisqui on the rocks. Podríamos escucharle si no esos 19 días, sí sus 500 noches, al igual que a su banda, el saxo prodigioso de Josemi Sagaste, enfundado en su falda, o a Marita Barros cantándonos amor. Ese lunes de lluvia, el Movistar Arena es la isla perfecta donde ir a naufragar. Joaquín, el que se parece al Sabina, ese que canta, se cambia de modelo y regresa al escenario con un sombrero tan suyo, su icónico bombín. Así que nos fuimos por los tejados, como gatos sin dueño hasta que nos dieron las diez y las once. Y a las doce, cenicientas urbanas, de vuelta ya a las calles, ligeros de equipaje, el destino nos gasta esa broma macabra y confundimos estrellas con luces de neón.

Hola y adiós. Y entre esas dos palabras, una vida en escena, de guitarra, de bailes, de noches y de sueños; de bulevares rotos y madrugadas frías, de ponchos de Chavela, chaquetas, vaqueros y bombín. Gracias y ojalá que volvamos a vernos. Al fin y al cabo, solo se trata de esto, como nos dice él: pongamos que hablo de vivir.

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