Opinión

La maldad de las mujeres consiste en trasgredir el rol de género

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Hace unos años un grupo de amigas comentábamos lo pesada que resulta la losa de tener ser “buenas” todo el tiempo. Una característica asociada a la construcción de la feminidad, tanto como lo es llevar el pelo largo, pintarnos las uñas o ser cuidadoras. De nosotras siempre se espera la bondad. Pero, ¿qué es ser buena? No sabíamos definirlo bien, así que decidimos analizar en qué consiste la maldad. ¿Podéis compartir un momento en el que hayáis sido perversas? preguntó una de nosotras. El resto nos quedamos en silencio. Sorprendentemente nos costaba encontrar ejemplos y, las pocas situaciones que salieron a la luz, también nos dejaron desconcertadas. Eran acciones tan sumamente triviales que nadie las calificaría como malvadas: contestar de manera borde, una travesura cuando éramos niñas, negarnos a algo… Se hizo otro largo silencio mezclado con una sensación de amargo desengaño.

Para las mujeres, ser malas no tiene nada que ver con hacer daño a alguien de manera deliberada, tampoco con ser cruel ni realizar actos destructivos. Ser malas en nosotras significa no cumplir con lo que espera la cultura patriarcal: la docilidad, la generosidad, la maternidad, la seducción, la disponibilidad, la juventud, el sacrificio… Lo que pocas veces identificamos es que, cuando una mujer es tildada como mala, probablemente esté haciendo algo por supervivencia, defensa o hartazgo.

Durante estos meses, la sala Teatro del Barrio de Madrid, tiene una obra que se titula precisamente así: Malas. Está creada por La Lavadora Laboratorio Teatral y dirigida por Beatriz Santiago. Lo llaman teatro comunitario porque está interpretado por actrices profesionales y no profesionales que ponen al servicio de la obra, y del público, sus testimonios personales. En todas y cada una de las historias las mujeres podemos vernos reflejadas.

El elenco de actrices ya es toda una declaración de intenciones, la mayoría pasan de los cincuenta y lucen sus canas, algo que ya de por sí las convierte en malas. En nuestro imaginario las mujeres mayores siempre han estado asociadas a las brujas: Úrsula, Cruella de Vil, Maléfica, La Reina de Corazones… Además, todas visten de negro menos una, que es la única a la que aún le preocupa ser buena. En estos días en los que el color blanco se ha vuelto a poner de moda con la estética ‘clean look” que nos retrotrae a la mujer pura, santa e infantil, cabe preguntarnos qué implicaciones tiene cultural y conceptualmente. Desde luego todo lo contrario a ser una mujer independiente, poderosa y rebelde que, curiosamente, suele coincidir con la que ya no tiene la regla, pero sí dinero y experiencia.

En la obra de teatro Malas os encontraréis de frente a mujeres que han decidido tomar sus propias decisiones: desde no ser madres hasta tener amantes, pasando por desobedecer al jefe y también a su propio padre. Los testimonios van cambiando porque hay mujeres que entran y salen del grupo en cada función. Y también sucede algo revelador: es tal el grado de identificación por parte del público que al finalizar la obra se levantan mujeres de manera espontánea a contar sus propias experiencias. En esos relatos no hay maltrato ni agresión, tan solo declaraciones de independencia.

Quizás ser malas tenga que ver con empezar a mirarnos a nosotras mismas, a cuidarnos y perseguir nuestros sueños antes de desaparecer exhaustas cumpliendo los deseos de los demás. Si es así, prefiero mil veces ser la bruja mala del cuento, independiente y viva, que interpretar el papel de La Princesa Sometida.

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