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¿Qué aporta la psicomotricidad al desarrollo de nuestros hijos?

El movimiento y el juego, es el verdadero idioma de la infancia, es universal. Esta conciencia corporal es clave para construir identidad y autonomía, encontrando en ellos la fortaleza para superarse

A raíz del último artículo, muchas y muchos me habéis preguntado cómo ayuda la psicomotricidad a los niños y qué impacto tiene en su desarrollo. La respuesta va mucho más allá de “les hace moverse”. La psicomotricidad es el espacio donde se encuentran el cuerpo y mente. El lugar donde los niños aprenden a conocerse, a relacionarse y a expresarse. Y todo esto ocurre a través del juego y del movimiento espontáneo.

El movimiento y el juego, es el verdadero idioma de la infancia, es universal. Imaginad una sala con módulos de espuma, rampas, colchonetas de distintos tamaños, zonas de salto, zonas para correr, telas para esconderse. Un espacio donde los niños encuentran un entorno seguro y delimitado, ideal para explorar y experimentar sin miedo a ser juzgados. Cada rincón está pensado para permitir la acción, el movimiento y el juego libre en un espacio seguro.

Un niño puede lanzarse desde lo más alto de la espaldera, rodar por un túnel acolchado, balancearse sobre un banco o trepar por una escalera sin riesgo, mientras mide su fuerza, su equilibrio, jugando con sus límites. Cada movimiento se convierte en una oportunidad para transformar sus emociones e impulsos, canalizandolos a través de la expresión motriz, por este motivo el movimiento es tan importante y necesario en la infancia.

La figura del psicomotricista es fundamental. No corrige ni impone: acompaña, observa y refleja emociones. Si un niño se frustra al no conseguir saltar un obstáculo, el psicomotricista valida su esfuerzo y le anima a intentarlo de nuevo, mostrando que los errores forman parte del aprendizaje. Al mismo tiempo, ayuda a los demás a respetar turnos y espacios de juego, fomentando la empatía y la cooperación. De esta manera, la sala se convierte en un lugar donde cada movimiento y cada emoción tienen valor, y donde equivocarse no es un fallo, sino una oportunidad para crecer.

Moverse, saltar, trepar o rodar son oportunidades para conectar con el propio cuerpo y entender cómo nos relacionamos con el mundo. Un niño que logra subir a la cima de un módulo alto por primera vez siente satisfacción física y un profundo sentimiento de logro, que se refleja en cómo enfrenta otras situaciones, como hablar ante sus compañeros o participar en un proyecto escolar.

Estas experiencias también enseñan a conocer límites y capacidades. Comprender que puedo trepar una rampa pero no saltar un hueco demasiado grande ayuda a los niños a respetar su cuerpo y reconocer emociones como miedo, entusiasmo o curiosidad. Esta conciencia corporal es clave para construir identidad y autonomía, encontrando en ellos la fortaleza para superarse.

Equilibrio entre “yo” y “los otros”

La psicomotricidad ayuda a mirar más allá de uno mismo. Este proceso, llamado descentración, permite a los niños reconocer sus propios deseos y necesidades mientras respetan los de los demás. Compartir una colchoneta grande, decidir quién usa primero un túnel o construir juntos un puente con bloques son ejemplos cotidianos de cómo aprenden a negociar, resolver conflictos y practicar empatía.

Estas dinámicas aparentemente simples entrenan habilidades sociales esenciales. Aprender a esperar turnos, a pedir ayuda y a colaborar fortalece relaciones dentro y fuera de la sala, y ayuda a encontrar un equilibrio entre expresarse y adaptarse, entre la individualidad y la pertenencia al grupo.

El juego psicomotriz también permite dar forma a lo que no se puede decir con palabras. Miedos, emociones o deseos se transforman en gestos, movimientos o acciones simbólicas. Por ejemplo, un niño que teme separarse de sus padres puede trepar con cuidado sobre un puente inestable y volver a tierra firme; otro puede dramatizar con un compañero un conflicto vivido, proyectando emociones difíciles de verbalizar.

Esta capacidad de simbolización es fundamental para el desarrollo cognitivo y emocional. Permite construir pensamiento abstracto, proyectarse más allá del presente y experimentar distintas perspectivas. La sala de psicomotricidad se convierte así en un laboratorio de emociones y creatividad, donde los niños aprenden a entenderse y expresarse.

Un refugio para toda la infancia

En nuestro colegio, la psicomotricidad no se limita a los más pequeños. Desde Infantil hasta Secundaria, trabajamos dinámicas de grupo sanas, equilibradas y respetuosas, adaptadas a cada edad y necesidad. La falta de espacios de juego libres y la falta de juegos corporales donde el movimiento moviliza las pulsiones, un lugar privilegiado para los niños y niñas que necesitan alargarlo ya que fuera no encuentran espacios tan transformadores a medida que van creciendo la sala de psico se convierte en la representación de las dinámicas grupales y como estas también se transforman en grupo.

Acostumbrados a crecer bajo miradas adultas, expectativas y evaluaciones, la sala de psicomotricidad se convierte en su refugio. Es el lugar donde explorar, equivocarse, aprender y, sobre todo, jugar. Aquí, el cuerpo y las emociones tienen voz propia, los errores se celebran como aprendizaje y cada movimiento es la oportunidad de “pasar del placer de jugar y moverse al placer de pensar”.

*Si tienes alguna duda sobre la educación de tus hijas e hijos, puedes enviar tus preguntas a evamartin@reggio.es . Cada semana, Eva Martín responderá a una de las cuestiones planteadas por nuestros lectores.