Madrid se convierte estos días en una pequeña capital del mundo. No por la diplomacia ni por la economía, sino por algo más frágil y persistente: el arte. La 45ª edición de ARCO abre sus puertas en IFEMA en un momento de convulsión global —conflictos armados, tensiones comerciales, incertidumbre política— y, sin embargo, la feria parece funcionar como un refugio temporal. Entre los pasillos blancos, el ruido del mundo se filtra en forma de obras, metáforas o gestos simbólicos. El arte no detiene las guerras ni corrige las injusticias, pero sí ofrece un lugar donde pensarlas. Y quizá por eso, mientras fuera se multiplican las crisis, dentro de la feria se produce una extraña sensación de concentración: una mirada colectiva dirigida hacia las imágenes, hacia los cuerpos y hacia las preguntas que esas imágenes suscitan.
ARCO siempre ha sido, ante todo, un mercado. Coleccionistas que buscan piezas, galerías que ajustan sus cuentas, artistas que esperan la oportunidad de una venta decisiva. Pero también ha sido, desde hace años, un termómetro cultural. Cada edición deja entrever cuáles son las preocupaciones que atraviesan el arte contemporáneo. En 2026 esas preocupaciones tienen que ver con la violencia política, la fragilidad de las democracias, las migraciones o la explotación de los recursos naturales. Temas que no se organizan en un discurso único —ARCO nunca ha sido una exposición comisariada—, pero que aparecen de manera recurrente a lo largo del recorrido.

Uno de los stands donde esa dimensión política se hace más explícita es el de la galería ADN, que vuelve a acoger una obra de Eugenio Merino. El artista presenta Petróleo, un bidón de combustible sobre el que ha estampado la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La pieza resume una contradicción que atraviesa la política internacional contemporánea: el petróleo como motor de conflictos y al mismo tiempo como sustento económico de muchos países. El contraste entre el objeto industrial y el texto jurídico convierte la obra en una especie de epitafio irónico: los derechos proclamados por la humanidad grabados sobre el mismo material que alimenta muchas de sus guerras.
La política también aparece en otras formas más indirectas. En la Freijo Gallery se expone Fortaleza Europea, de Ramón Mateos, una bandera de la Unión Europea pintada sobre una manta térmica. Es la misma manta que cubre a los migrantes cuando son rescatados en el Mediterráneo. La imagen es sencilla y devastadora: la bandera azul con sus estrellas doradas flotando sobre un objeto asociado al frío, al naufragio y a la supervivencia. Casi una década después de la crisis migratoria que marcó Europa, la obra adquiere una nueva resonancia. La frontera sigue siendo uno de los grandes dilemas del continente.
El artista ucraniano Sergey Bratkov introduce otra dimensión del conflicto. Sus obras incorporan palabras contundentes —“traición”, “escuela subterránea”— que evocan la experiencia de la guerra. En uno de sus vídeos se ve a unos gatos jugando sobre una bomba que no llegó a explotar en el jardín de su hermano. La escena es inquietante precisamente por su normalidad: la vida doméstica coexistiendo con la amenaza permanente de la violencia.
La orgía lésbica de las políticas
Sin embargo, si hay un conjunto de obras que ha captado la atención del público desde el primer día, es el de la artista afgana Kubra Khademi. Exiliada desde 2015 tras sufrir persecución en su país, Khademi presenta en ARCO la serie Pan, trabajo, libertad, un título que recupera el lema de las protestas feministas en Afganistán. En sus pinturas aparecen desnudas algunas de las mujeres más poderosas de la política internacional: Ursula von der Leyen, Angela Merkel, Kamala Harris, Hillary Clinton o Claudia Sheinbaum.
Las escenas —a menudo íntimas, incluso sexuales— han provocado curiosidad y desconcierto entre los visitantes. No es frecuente ver representadas de esa manera a figuras que suelen aparecer en los medios revestidas de autoridad institucional. Sin embargo, la intención de Khademi no es provocadora en un sentido banal. Al despojar a estas líderes de sus trajes políticos, la artista introduce una reflexión sobre el poder femenino, sobre la vulnerabilidad y sobre la posibilidad de alianzas entre mujeres frente a sistemas de dominación.
Las figuras se entrelazan en composiciones que recuerdan a las pinturas alegóricas del pasado, pero con una energía contemporánea. No hay erotismo complaciente en esas escenas, sino una reivindicación del cuerpo como espacio político. El mensaje es directo: mientras estas mujeres ejercen poder en las democracias occidentales, millones de mujeres en Afganistán siguen privadas de derechos básicos. El título de la serie —pan, trabajo, libertad— recuerda que la lucha feminista continúa siendo, en muchos lugares, una cuestión de supervivencia.
La obra tiene además una historia previa. En 2023 Khademi escribió una carta a varias de esas líderes políticas pidiéndoles que utilizaran su influencia para defender a las mujeres afganas. La carta nunca obtuvo respuesta. Sus pinturas podrían leerse como una continuación visual de esa petición.
La presencia de Khademi no es un caso aislado. En esta edición de ARCO resulta especialmente visible la presencia de artistas mujeres y de discursos centrados en el cuerpo femenino, la memoria y la resistencia. No se trata de una tendencia nueva, pero sí de una consolidación. El sistema artístico internacional lleva años revisando sus jerarquías y ampliando sus narrativas, y esa transformación empieza a reflejarse con mayor claridad en las ferias.
Más mujeres en el sistema del arte
El cuerpo aparece en muchas de estas obras como un campo de batalla simbólico. Un lugar donde se cruzan la historia, la violencia y la identidad. En algunos casos, ese cuerpo es un territorio vulnerable; en otros, una forma de poder. Quizá por eso la sensación que deja esta edición de ARCO no es la de una feria dominada por un tema único, sino la de un mapa de preocupaciones compartidas. La guerra, la migración, la desigualdad, la memoria colonial o la crisis ecológica aparecen en distintas piezas como fragmentos de un mismo relato incompleto.
En medio de ese paisaje, el arte contemporáneo sigue desempeñando una función ambigua. Por un lado, participa del mercado global que lo sostiene. Por otro, conserva la capacidad de formular preguntas incómodas. Esa ambigüedad es, probablemente, su mayor fuerza. Caminar por ARCO es recorrer ese equilibrio precario entre comercio y pensamiento. Entre la obra que se compra y la obra que incomoda. Entre el objeto artístico y la idea que lo atraviesa.
Y este año, entre bidones de petróleo convertidos en manifiestos, mantas térmicas transformadas en banderas y cuerpos femeninos que desafían la autoridad política, la feria deja una impresión clara: en un mundo atravesado por conflictos, el arte sigue siendo uno de los pocos lugares donde las preguntas pueden formularse sin pedir permiso. Y cada vez más, esas preguntas llevan voz de mujer.
Menos de la mitad de las artistas son mujeres
No es solo una impresión. Las cifras lo confirman. En esta edición de ARCO, cerca del 40% de los artistas representados son mujeres, una proporción muy superior a la que dominaba la feria hace apenas una década, cuando el sistema artístico internacional todavía arrastraba una fuerte desigualdad de representación. Hoy la presencia femenina no se limita a una cuota simbólica: muchas de las obras que articulan el recorrido conceptual de la feria están firmadas por artistas mujeres.
La serie de Kubra Khademi es, sin duda, uno de los focos de atención, pero no el único. En distintos pabellones aparecen obras que abordan el cuerpo femenino desde perspectivas radicalmente distintas. Algunas exploran la vulnerabilidad, otras la memoria, otras la potencia política del deseo.
La artista portuguesa Paula Rego, cuya influencia sigue resonando en el arte contemporáneo europeo, aparece representada con dibujos y grabados donde los cuerpos femeninos se tensan entre lo doméstico y lo monstruoso. Sus figuras, casi teatrales, recuerdan que la intimidad también puede ser un territorio de violencia simbólica. En otro stand, la obra de Cristina Lucas introduce una mirada crítica sobre la historia política europea. Sus mapas intervenidos y sus piezas audiovisuales desmontan las narrativas heroicas del poder, revelando las estructuras de violencia que sostienen muchos de los relatos nacionales.
La artista Teresa Solar Abboud, una de las voces más reconocidas del arte español actual, presenta esculturas orgánicas que evocan cuerpos fragmentados o cavidades interiores. Sus formas recuerdan órganos, túneles o membranas, como si la anatomía humana se transformara en paisaje. En sus piezas, el cuerpo no es un objeto representado, sino una arquitectura por la que el espectador puede imaginarse transitando.
También la pintura vuelve a ocupar un lugar destacado en esta edición. En el trabajo de Secundino Hernández, el gesto pictórico dialoga con una tradición abstracta profundamente física. Pero son sobre todo las artistas quienes utilizan la pintura para repensar el cuerpo contemporáneo. Las figuras de Miriam Cahn, por ejemplo, atraviesan la superficie del lienzo con una intensidad casi expresionista. Sus cuerpos —a veces apenas esbozados— parecen atravesados por la historia reciente de Europa, por la guerra y por la violencia estructural.
Otra de las presencias destacadas es la de Kiki Smith, cuyas esculturas y dibujos exploran desde hace décadas la fragilidad del cuerpo humano, especialmente el femenino. Sus figuras, a menudo desnudas o en posiciones vulnerables, no buscan idealizar el cuerpo, sino mostrarlo como un organismo expuesto al paso del tiempo, a la enfermedad y a la transformación.
El recorrido por la feria revela también la diversidad geográfica de estas voces. La artista mexicana Teresa Margolles, conocida por sus trabajos sobre violencia y memoria, introduce en el espacio expositivo materiales cargados de historia: restos urbanos, objetos cotidianos marcados por el crimen o la desaparición. Sus obras recuerdan que el cuerpo femenino sigue siendo, en muchas regiones del mundo, el lugar donde se inscriben las formas más extremas de violencia.
En otro registro, la pintura de Chantal Joffe vuelve a la representación directa de la figura femenina. Sus retratos, a medio camino entre la intimidad y la distorsión, presentan mujeres que miran al espectador sin complacencia. No son musas ni modelos, sino presencias autónomas que ocupan el espacio pictórico con una mezcla de fragilidad y determinación.

Diversidad de enfoques
Esta proliferación de miradas femeninas no implica una estética única ni un discurso homogéneo. Al contrario, lo que se percibe en ARCO es la diversidad de enfoques desde los que las artistas contemporáneas abordan el cuerpo y el poder. Algunas recurren al erotismo como forma de subversión, como ocurre en las pinturas de Khademi; otras exploran la memoria histórica; otras trabajan desde la abstracción o la escultura para repensar la relación entre espacio y anatomía.
En ese sentido, la presencia femenina no constituye simplemente una categoría temática, sino un cambio de perspectiva en la manera de entender el arte contemporáneo. Durante siglos, el cuerpo de la mujer fue uno de los grandes motivos de la historia del arte, pero casi siempre representado desde una mirada masculina. Lo que sucede ahora es distinto: son las propias artistas quienes construyen esa imagen, quienes deciden cómo mostrar la vulnerabilidad, el deseo o la violencia.
La feria se convierte así en un espacio donde esa transformación se hace visible como una evolución sostenida. Las galerías internacionales lo saben y cada vez incorporan más artistas mujeres a sus programas, conscientes de que el mapa del arte contemporáneo se está reconfigurando.
Entre tanto, los visitantes recorren los pabellones con la sensación de estar atravesando múltiples narrativas a la vez. Entre esas narrativas, emergen las voces de artistas que utilizan la pintura, la escultura o la instalación para interrogar el presente. Quizá esa sea la verdadera función de ARCO: no ofrecer respuestas, sino organizar el espacio donde esas preguntas puedan aparecer.
Porque, en un mundo cada vez más saturado de discursos cerrados, el arte conserva todavía una forma de libertad particular. La libertad de insinuar, de incomodar, de abrir grietas en las certezas. Grietas donde se escuchan las voces de las mujeres.
