Opinión

Vamos, Jose

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Cada vez hay más gente a la que me encuentro que dice que le ha dado pena ver entrar a Ábalos en prisión. Son todos conscientes de que es de justicia, que sin duda ha hecho méritos, que de reivindicar la ejemplaridad en la moción de censura a Rajoy pasó a bordar la golfería sacando matrícula de honor. No obstante, hay en la hipocresía de José Luis una cierta tendencia a la ternura y a una empatía irracional. Su corrupción es una corrupción que se reviste de un fenotipo que siempre ha sido la debilidad del español; el del hombre campechano que se pierde por sus instintos más básicos, que acaba enterrado por sus vicios, que no borran, sino que potencian unas virtudes primarias de pícaro que se hace querer como una especie de familiar o amigo sin solución. La benevolencia que posee el valenciano no la gozan ni Santos Cerdán ni Koldo, aunque también sean parte de este guion de serie B.

El exministro José Luis Ábalos entrando al Tribunal Supremo.
EFE

El jueves llegó el día que el ex ministro nunca creería que llegaría. Pese a que sabía que tenía todas las papeletas para entrar en Soto del Real, José Luis nunca llegó a contemplar ese escenario. Él mismo lo comenta en la entrevista que concedió a Okdiario antes de ingresar en prisión. Vive en una situación que se le antojaba irreal. Nunca creyó que esto ocurriría, pero ha ocurrido. De ahí esos avisos que ha ido dando cuando ya ha tenido claro que nada lo libraría de dormir entre rejas. De ahí que el filósofo valenciano sacara las balas de fogueo y confirmase el miércoles la exclusiva de El Español que decía que Sánchez se había reunido en un caserío con Arnaldo Otegui junto a Antxon Alonso, propietario de Servinabar, y Santos Cerdán. De ahí que le pusiera los puntos sobre las íes a Yolanda Díaz para que se tentara la ropa antes de insultarle.

El dardo más interesante

Sin embargo, de todos esos globos sonda que ha lanzado en estas horas previas, el dardo más interesante y certero es el que le concedió a El Mundo cuando señaló a Begoña y puso el acento en sus tejemanejes con Air Europa. Miren, por mucho que ahora quieran borrar el pasado a marchas forzadas, por mucho que nos hablen de manzanas podridas y de cuatro ovejas negras, justo esa cuadrilla de la que hoy reniega el sanchismo fue la que fundó el sanchismo. Y no, hay poca gente que conozca mejor a Pedro Sánchez que José Luis Ábalos, porque lo conoció antes de que llegara al poder, antes de que se revistiera de las mieles de la autoridad. Ábalos ayudó a levantar ese esqueleto y, por lo tanto, conoce a la perfección cuáles son los puntos débiles y los talones de Aquiles de ese hombre que se ha construido una fachada de impenetrable, frío y calculador.

Por eso su disparo a Begoña no se debe tomar como un delirio de un trastornado, sino como el movimiento sibilino de alguien que sabe mucho de comunicación y estrategia, alguien que estuvo en la génesis de este circo y redactó el prólogo de esta tragicomedia que tiene visos de acabar muy mal. Lo he dicho muchas veces, pero es algo básico en este tipo de circunstancias: No se puede matar a quien ya está muerto. Y tanto José Luis como los otros compañeros del Peugeot ya tienen poco que perder.

Furgón policial que ha trasladado a José Luis Ábalos y Koldo García para ingresar en Soto del Real. EFE/Rodrigo Jiménez

Lo que ocurre es que Pedro Sánchez está en las mismas. No tiene otra cosa que su sillón, y tiene claro que es la única trinchera que le queda antes de que llegue el implacable momento de enfrentarse a su legado. Solo quiere resistir, porque prefiere enfrentarse al calvario que les espera desde lo alto de la colina. Pero cada vez es más complicado sostener ese afán, pues no solo le rodea la corrupción política y moral, porque, aunque haya extendido la creencia de que sus cambios de opiniones y sus desbarres posicionales están amortizados, a nadie se le olvida que toda esta legislatura ha estado sustentada en la mentira y la necesidad. Una necesidad que ha acabado desembocando en la nada, en un Gobierno impotente, sin capacidad de legislar, de sacar unos presupuestos adelante, cuya única función consiste en la defensa desaforada de sus propios integrantes y en la gestión demente de los caprichos y los chantajes a los que les someten sus socios.

Salvando las distancias, a Pedro Sánchez le está ocurriendo con sus compañeros de viaje lo que le ha ocurrido a Alberto Núñez Feijóo con Carlos Mazón, que tuvo que esperar a que un año después de la tragedia de la DANA las víctimas lo retrataran en el Homenaje de Estado para dejarlo caer. Sánchez ha dejado que la bola fuese engordando, confiando en que todo menguara, haciendo la del avestruz, silbando y mirando para otro lado. Esta estrategia esta vez no le va a surtir efecto y le acabará explotando en la cara.

Ya lo digo desde una visión meramente estratégica, desde el punto de vista de la comunicación política, no del padre, no del español, no del ciudadano cabreado con la degradación de las instituciones y la vida pública: cuanto más tiempo pase Pedro Sánchez sin poner las urnas, cuanto más dilate esta agonía, será peor para él, porque el descalabro será aún mayor. Podemos seguir jugando a los mundos paralelos, a engrasar las maquinarias de la ficción con el periodismo activista y la sociología fanática, pero cuanto más alargue este sindiós, la caída del presidente será peor, más cruenta y despiadada. Sánchez, que siempre se ha destacado por buscar lo mejor para él y sus intereses, debería saber esto, que lo que mejor le vendría es convocar a los españoles a las urnas a la voz de ya.

El primer guantazo de realidad va a venir en Extremadura, y probablemente la respuesta será parecida a la que dio después de los comicios del 28 de mayo de 2023. Mientras todo esto ocurre, mientras las escaletas de los telediarios dibujan un panorama sucio, abyecto y surrealista, en Soto del Real suena el eco de esa coletilla que repiten los célebres Estopa para introducir sus temas: Vamos, Jose.