Patricia Stallings y su marido, David, vivían en Missouri, Estados Unidos, y acababan de tener a su primer hijo, Ryan. Cuando el bebé tenía apenas unos meses, empezó a vomitar, a sufrir espasmos y a respirar con dificultad. Patricia lo llevó al hospital.
El pequeño ingresó en la UCI y su estado empeoró por momentos. Ryan luchaba por vivir. Sus ojos se movían erráticamente y su cuerpo se arqueaba en espasmos que los médicos no lograban comprender. Patricia, con solo 24 años, observaba la escena mientras los facultativos se acercaban al borde de la desesperación.
Los médicos se quedaron de piedra al ver los resultados del análisis de sangre. La muestra de Ryan indicaba una presencia masiva de etilenglicol, el componente principal del anticongelante para coches. Alguien se lo había administrado. El doctor que llevaba el caso, tras interpretar la aparente frialdad de Patricia como una señal inquietante, dio la alarma: “Tenemos un caso de envenenamiento”.
Patricia, que había entrado por la puerta como la madre de un niño gravemente enfermo, se convirtió en la principal sospechosa de haber intentado matar a su hijo. Fue entonces cuando la policía acudió a su casa y, efectivamente, encontró anticongelante. La arrestaron de inmediato. Días después, Ryan falleció. Patricia no pudo asistir al funeral.
El giro del caso llegó mientras Patricia esperaba juicio en prisión. Descubrió que estaba embarazada de nuevo y dio a luz a su segundo hijo, David. El Estado, convencido de su peligrosidad, envió al recién nacido a un hogar de acogida. Pero, a las pocas semanas, David empezó a mostrar los mismos síntomas que su hermano fallecido: letargo, vómitos y dificultad respiratoria.

Patricia tenía entonces 27 años, un hijo muerto, otro enfermo al que no podía cuidar y, además, fue condenada a cadena perpetua por infanticidio.
La situación era dramática, pero de pronto apareció un aliado inesperado: la televisión. En mayo de 1991, el caso fue emitido en el programa “Misterios sin resolver”. Lo vio William Sly, profesor universitario de bioquímica y biología molecular, que conocía bien los trastornos metabólicos hereditarios.
La MMA es un trastorno genético capaz de provocar una acumulación de compuestos anómalos en el organismo. Uno de ellos, el ácido propiónico, podía confundirse con etilenglicol mediante ciertos métodos analíticos. Dicho de otro modo: el cuerpo del bebé estaba produciendo una señal química que algunos laboratorios interpretaron como si fuera anticongelante. No era una madre envenenando a su hijo. Era un error de interpretación forense.

El profesor tuvo el acierto de realizar una prueba sencilla, pero definitiva: analizó el suero de Ryan que aún se conservaba y lo comparó con el de David. El resultado fue un terremoto científico. No había anticongelante. Nunca lo hubo. Lo que los laboratorios habían interpretado como veneno era, en realidad, un subproducto del organismo de los niños al intentar procesar los alimentos. Patricia no era una asesina; era portadora de un gen recesivo que, al combinarse con el de su marido, había desencadenado una cruel lotería biológica.
Finalmente, Patricia fue puesta en libertad. El Estado pidió disculpas públicamente a la familia Stallings y reconoció que no podía deshacer el sufrimiento causado. Ese mismo día, David volvió con sus padres.

Dos años después, la familia alcanzó acuerdos extrajudiciales con el hospital y con el laboratorio implicados en el diagnóstico erróneo. La cuantía no se hizo pública.
Durante un tiempo, las cosas parecieron estabilizarse, pero la tragedia volvió a golpear a la familia. El 17 de septiembre de 2013, David murió con solo 23 años, por una complicación relacionada con su enfermedad. Su padre, que llevaba el mismo nombre, falleció de cáncer tres años después, a los 57.
La historia de Patricia no solo destrozó a una familia: dejó al descubierto hasta qué punto un error científico puede convertirse en una condena irreversible.
