“El infierno se oculta en lo cotidiano”, afirma Greta Alonso con una serenidad desarmante. No lo dice como consigna promocional, sino como una convicción trabajada durante años de lectura, estudio y observación silenciosa. El asesino de invierno (Planeta, 2026) es su tercera novela y la primera que firma sin esconderse. También es la más ambiciosa y compleja: un noir psicológico que parte de una noticia real leída hace más de una década y que desemboca en una reflexión inquietante sobre la psicopatía, la memoria colectiva y los silencios que sostienen el horror.
Durante años, Greta Alonso fue solo un nombre impreso en las cubiertas. Ingeniera de formación, trabajadora en un empleo “normal”, hija de una familia obrera —su padre, pastelero—, la literatura le parecía un territorio casi sagrado, reservado a otros. “De niña leía muchísimo. En casa había libertad absoluta para coger cualquier libro. Stephen King, Pérez-Reverte, A sangre fría, Crimen y castigo… No había límites. Eso te configura”, recuerda. La escritura pertenecía a ese mundo místico, elevado, ajeno a su cotidianidad.
En 2018, cuando le ofrecen comprar los derechos de su primera novela, el vértigo fue absoluto. “Publicar suponía dar un salto hacia algo que yo sentía más alto que mi propia vida. El seudónimo fue un escudo”. A corto plazo, el anonimato le dio calma; a largo plazo, tristeza. Con su segunda novela, La dama y la muerte, la sensación de no poder hablar abiertamente con lectores y prensa le pesó como una renuncia. “Pensé que, cuando fuera mayor, recordaría esta etapa y sentiría que no la había vivido”.

El punto de inflexión fue doméstico y revelador: una compañera de trabajo le recomendó, entusiasmada, su propia novela sin saber que ella era la autora. Greta la siguió por el pasillo y confesó la verdad. La reacción fue de celebración. “Me di cuenta de que ocultaba algo que no tenía nada negativo. Era bonito”. Subir su fotografía a redes sociales fue un acto casi performativo. “Mi vida no cambió. Puedo compaginarlo todo. Estoy feliz”.
¿Fue un miedo relacionado, en cierta parte, con el género? Greta Alonso matiza. Nunca se sintió discriminada por ser mujer; su entorno profesional fue igualitario. Habla, en cambio, de un prejuicio de clase. “Pensaba que el mundo literario estaba copado por escritores mediáticos, por una élite. Yo soy clase media, familia obrera. Ahora veo que hay muchísimos autores que escribimos en ratos libres, sin vivir de la literatura. El campo está democratizado”. El síndrome de la impostora, admite, tenía más que ver con esa distancia simbólica que con la identidad femenina.
El invierno como estado moral
En lo estrictamente literario, El asesino de invierno se articula en torno a una serie de crímenes rituales vinculados a imaginarios paganos del invierno. El inspector Martín Benot —ya conocido por sus lectores— regresa a Tesalia, una ciudad ficticia inspirada en la Cantabria industrial de los años ochenta, tras la muerte de su madre. Allí descubre un cadáver cuyo rostro ha sido cubierto con cortezas, hojas y piedras, como una máscara ancestral.
Tesalia es reconocible y, a la vez, inventada. “Necesitaba un espacio de libertad. Es industrial, sombría, con el trasfondo de la reconversión, las manifestaciones, la heroína en las calles… Yo misma jugaba en el centro de la ciudad y veía jeringuillas. Eso lo he incorporado. También detalles como la bolsa de plástico en la ventana para indicar que había alguien en casa; nosotros vivíamos en una buhardilla sin telefonillo y mis padres la colocaban para que quien viniera a visitarnos no subiera todos los pisos en vano si no estábamos”. La memoria personal se funde con la ficción.

El invierno no es solo clima; es atmósfera moral. Una congelación afectiva que atraviesa a los personajes y a la comunidad. Greta estructura la novela con un giro central: la primera mitad, impregnada de misticismo y mascaradas paganas; la segunda, más científica, obliga a investigadores y lectores a recomponer su mirada. “Mi interés no está tanto en el quién como en el por qué”.
Formada en Psicología, aunque no ejerza, Greta Alonso ha investigado durante años sobre personalidad psicopática. “Entre un 5 y un 6% de la población presenta rasgos psicopáticos. No es una enfermedad; es una configuración innata. No se cura. No todos matan, pero pueden causar mucho dolor. Manipulan, no empatizan, disfrutan del poder sobre el otro”. El mal no siempre es instrumental ni económico; a veces es puro ejercicio de dominación.
El nombre de Jeffrey Epstein aparece como ejemplo contemporáneo de integración social del psicópata. “Él era admirado, estaba integrado. Fingía emociones. Nos sobrecoge pensar que puede haber dos o tres personas así en nuestro entorno”. En la novela, esa sospecha se mezcla con la idea de que muchas veces preferimos no mirar. “La verdad espanta”, dice Benot en un pasaje. Y la anestesia colectiva resulta más cómoda.
Miedo, culpa y exposición
El miedo atraviesa tanto la trama como la biografía de su autora. Greta Alonso lo analiza con precisión clínica: parálisis, huida, evitación. Martín Benot huye de Tesalia por recuerdos dolorosos; al volver, se enfrenta a su propia parálisis. “La terapia de exposición es lo único que funciona. Yo he hecho mi propia exposición al dar la cara”.
La forense Cecilia Flores, otra de las protagonistas de la novela, encarna otra dimensión de la salud mental. Padece un trastorno incurable y, aun así, continúa. “Todo en esta vida es temporal”, repite como mantra. Cecilia sabe que no puede con todo y aprende a renunciar. En esa renuncia, la autora introduce una reflexión sobre la carga mental femenina. “Las mujeres nos exigimos demasiado. Queremos ser perfectas en todo. El descanso también debe ser productivo, y lo convertimos en obligación”. En Cecilia, el autocuidado pasa por restar, no sumar.

¿Existe una manera femenina de escribir novela negra? Greta Alonso responde con cautela. El noir ha sido territorio masculino, pero no siente que entre en él como intrusa. Más que una etiqueta feminista, le interesa mostrar personajes complejos, especialmente mujeres que no se definen por la victimización sino por su capacidad de resiliencia. “En la ficción se descansa”, cita. Leer y escribir son formas de evasión frente a una realidad hiperexigente.
Literatura y comunidad
En El asesino de invierno hay violencia, pero no morbo. La autora insiste en que no busca el espectáculo, sino la comprensión sin justificación. Humanizar no significa absolver. La novela sugiere una culpa compartida: comunidades que, por comodidad o miedo, permiten que el monstruo prospere.
Sin embargo, Greta Alonso no se declara pesimista. “Por cada Epstein habrá cien personas buenas. Lo malo llama más la atención”. Recuerda que su propia trayectoria es fruto de un mérito individual apoyado en estructuras sociales: educación pública, becas, acceso libre a libros. “Si hubiera nacido doscientos años antes, sería analfabeta. Parte del mérito es comunitario”.
La infancia, como determinante de la vida adulta, atraviesa su discurso. Escribe para comprender, pero también para incomodar. No diseña personajes previamente; los descubre mientras avanza. Su thriller mantiene la tensión sin sacrificar profundidad psicológica. “No quería una novela lenta, pero tampoco superficial”.
Hoy, sin máscara, Greta Alonso asegura que esta es su mejor novela. La seguridad contrasta con la inseguridad pasada. “Sé que es buena”, afirma sin arrogancia. Salir del anonimato la ha hecho más libre que vulnerable. Sus tres novelas son independientes, lo que le concede libertad creativa, aunque confiesa el cariño por Martín Benot y otros personajes. Volver a ellos implicaría adaptarlos a nuevas tramas; prefiere dejar que cada historia encuentre sus propios protagonistas.
En Tesalia, el invierno continúa. Y bajo la superficie helada de lo cotidiano, Greta Alonso sigue indagando en esa pregunta que la obsesiona: no quién mata, sino qué silencios permiten que el mal florezca.
