En un momento histórico donde se consideran heroicidades tantas tonterías sólo porque las hace una mujer transgresora no rendimos los honores más elementales a las verdaderas heroínas. La escritora tal fue “pionera” porque abandonó su aburrida vida familiar con hijos y marido y se lanzó a la vida bohemia. La aristócrata no sé qué se “adelantó a su época” porque tuvo infinidad de amantes y coqueteó con las drogas. Son el tipo de hazañas femeninas que vemos en periódicos y revistas. Por favor. Si buscamos en Google, una heroína sería “una persona admirada por sus hazañas extraordinarias, virtudes, valentía o acciones abnegadas en beneficio de una causa noble, superando grandes peligros”. Y eso, amigos, lo hacen pocos y pocas.
Ángela Murillo Bordallo falleció este 13 de febrero en Madrid, a los 73 años. Muchos españoles debiéramos haber sentido que se iba una página incómoda de nuestra reciente historia. Pero no hubo minutos de silencio en el Congreso, ni grandes esquelas institucionales, ni fue tema en los debates televisivos. Solo noticias sobrias y algún tuit de asociaciones de víctimas. Un relativo silencio. Y digo “debiéramos” porque yo misma he tenido que repasar la hemeroteca al saber de su deceso. ¿Por qué no la tuve más presente anteriormente?
Nacida en Almendralejo en 1952, Murillo llegó a la judicatura en 1980 con 25 años. Su primer destino fue un pequeño juzgado de Sevilla. En 1993 entró en la Audiencia Nacional como la primera mujer de su Sala de lo Penal. No fue un ascenso simbólico: fue una conquista. Pronto le tocó la ponencia de la Operación Nécora, el gran golpe al narcotráfico gallego de los Charlines. Ya entonces se notaba su estilo: meticulosa, directa, sin florituras. Pero su huella más profunda está en la lucha contra ETA. Presidió el macrojuicio EKIN de 2007, con 56 acusados y 47 condenados. Aquella sentencia no solo castigó a los militantes de la funesta banda: dibujó jurídicamente, en palabras de la sentencia, “el corazón y las entrañas” de ETA: sus finanzas, su aparato político y su red internacional. Murillo y sus compañeros de la judicatura lograron lo que los comandos de la Guardia Civil y la Ertzaintza no podían solos: desmantelar la estructura que permitía a ETA seguir existiendo aunque matara, digamos, menos.

En 1997 su nombre apareció en una lista de objetivos de la banda. No se achantó. Siguió firmando autos y presidiendo vistas. Su momento más viral llegó en el caso Bateragune. Frente a Arnaldo Otegi, le preguntó sin rodeos: “¿Condena usted la violencia de ETA?”. Sólo resonó el silencio. Murillo, a micrófono abierto, repuso: “Ya sabía yo que no me iba a contestar”. Otro día, cuando la defensa pidió agua para Otegi en huelga de hambre, respondió: “A mí como si bebe vino”. La frase dio la vuelta a España. El Supremo la apartó del caso por “falta de imparcialidad aparente” y el TEDH acabó condenando a España. Para unos fue un exceso; para otros, la prueba de que no se arrugaba ante nadie. Murillo no era perfecta. A veces la vergüenza ajena le impelía a proferir exabruptos (en una vista llamó “cabrones” a varios acusados creyendo que el micrófono estaba apagado). Pero desde luego era mucho muchísimo más justa y compasiva que aquellos inhumanos. Vamos, la humana era ella. Super humana. Durante el juicio EKIN perdió a su pareja por enfermedad y siguió presidiendo sesiones como si nada. Su naturalidad sin artificios contrastaba con la solemnidad de los altos tribunales.
Su trayectoria incluyó además Al Qaeda, Bankia, tarjetas black o al inefable Villarejo. Pero el público la recordará siempre por ETA. Porque en los 90, cuando la banda mataba cada pocas semanas, jueces como ella eran dianas vivientes. Y no pidieron protección extra ni bajaron el ritmo. Así que honremos a las auténticas mujeres valientes, porque las hay de verdad, y son muchas. Hoy, en Italia, Ilda Boccassini sigue siendo “la pesadilla” de la mafia y de Berlusconi por el mismo motivo: no se calló. En Nueva York, Eunice Carter pasó a la historia por meter en prisión a Lucky Luciano cuando ser jueza y negra era casi imposible.

Murillo pertenece a ese club selecto de magistradas que eligieron el lado difícil de la trinchera. Su muerte, con tan poco ruido, dice más de nosotros que de ella. En una España que aún discute si Otegi es víctima o verdugo, recordar a quien le plantó cara sin complejos resulta incómodo. Pero la historia judicial es clara: sin jueces como Ángela Murillo, ETA no habría sido derrotada en los tribunales. Descansa en paz, magistrada. Las sentencias que escribiste a mano siguen ahí, firmes como el día que las rubricaste. Y eso, en este país de memoria frágil, ya es mucho.
